Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 27 de febrero de 2026

¡CÓMO ESTÁ EL PATIO!

Enciendo el móvil y no paro de ver desde hace varias semanas las dos mismas caras en esas noticias sueltas de Google. Un joven con boina o gorra de las que se le desborda una abundante pelambrera y un señor mayor que luce un buen rapado capilar, enzarzados ambos en réplicas y contrarréplicas a cuenta de no sé qué jornadas sobre la eterna Guerra Civil. El joven no es otro que David Uclés, la sensación editorial del pasado año con su novela ‘La península de las casas vacías’ (Siruela con esta y con ‘El infinito en un junco’ ha dado dos sonoros pelotazos), y debo reconocer el poco interés que tengo en leerla, pues a estas alturas de la vida para encararme con novelas de más de cuatrocientas páginas, prefiero releer a los grandes conocidos que a éxitos del momento, más cuando estamos ante un epígono de una corriente literaria que gozó de su esplendor y hoy ya desgastada de tanto usarla. Y el señor mayor, ya se pueden suponer, es Arturo Pérez Reverte, otro rey Midas de la editorial Alfaguara, pues desde hace muchos años todo lo que ha escrito lo ha convertido en éxito, en especial aquellas novelas en conmemoración de efemérides. Y también debo reconocer que tampoco me he mostrado especialmente interesado en su literatura, aunque leí en su momento sus primeras novelas. Pero este artículo no iba de confesiones de lector vergonzante, sino de la polémica suscitada por esas jornadas sobre la Guerra Civil: que si para uno terminó en el 39 y, en cambio, para el otro en el 75… cuando doctores tiene la Guerra mucho más autorizados que cualquier jornada al efecto. Y esta coyuntura la han aprovechado muchos para disparar (valga la metáfora) a todo lo que se menea. Y así, la que fuera la gran novela del año pasado, ahora se ha convertido en un relato farragoso al que le sobran páginas (¿a qué novela de más de cuatrocientas no le sobran?), y ya que estamos en faena su buen repaso se está llevando la que ha obtenido el premio Nadal, por no hablar de las críticas recibidas por el propio Uclés (cambio de Siruela a Planeta, los escrúpulos ideológicos que de pronto se olvidan cuando de dinero se trata…). Pero tampoco Pérez Reverte se ha ido de rositas y le han llovido las críticas ya no tanto por su currículum literario, sino también por sus posiciones ideológicas. Lo cierto de toda esta trifulca alimentada en las redes (ya saben: bulos, fango, mentiras…), es que el patio literario, como le es consustancial, está a la primera que salta para criticar, despellejar y llevarse por delante a nuevos y veteranos. Lo último, afirmar que ‘La ciudad de las luces muertas’ (el premio Nadal) es peor que las novelas de Juan del Val. ¡Qué maldad! ¡Qué insulto! ¿para quién? José López Romero.

                                                    

viernes, 13 de febrero de 2026

EL ALGORITMO ASESINO

Su género favorito desde que tenía uso de lectura era, sin duda, la novela negra o policiaca o de suspense, como gusta llamarles a sus obras la gran Claudia Piñeiro. Había leído a los clásicos norteamericanos, a los ingleses y franceses; y llevaba ya unos años leyendo con avidez las excelentes novelas europeas e hispanoamericanas del género. Sin olvidar a los asiáticos (japoneses y chinos). Y le dio por querer escribir una. Se sabía como pocos los resortes, el engranaje y las piezas que debía reunir una novela: el policía o detective maduro; un muerto o incluso varios, el misterioso asesino, la trama o el motivo del crimen… Y un día al ver una noticia en los informativos, se le encendió la luz: ¡el algoritmo asesino! Y se documentó. ¿Qué era un algoritmo? ¿Cómo podía matar lo que, según la IA, es una “secuencia ordenada, finita y bien definida de pasos o instrucciones para resolver un problema, realizar un cálculo o ejecutar una tarea específica”? Y en la misma definición estaba la respuesta: algún oscuro personaje (quizá un tecnoligarca de moda) sería el que “realizaría los cálculos” para que una máquina “ejecutara una tarea específica”: ¡matar! Y no se le ocurrió otra que un móvil. A través del sonido lanzaría una onda asesina por la que les reventaría la cabeza a las víctimas sin dejar huella. Al cabo de varias semanas lo tenía casi todo bien organizado. Pero faltaba el sexo (“en toda novela debe haber alguna escena de cama”), y surgió la pregunta ¿con quién podría acostarse un algoritmo? Y la respuesta no pudo ser otra: con una ecuación de segundo grado, y así el policía podría despejar la “X”. José López Romero.

viernes, 30 de enero de 2026

MIEDO

Pasado ya un tiempo, bueno es siempre reflexionar sobre aquellos grandes hombres que antes que nosotros aquí estuvieron y que son ahora ejemplo de la vanidad de la vida. Uno de ellos, por su pérdida tan próxima es, sin duda,  el difunto Mario Vargas Llosa, como hombre inteligente que era y excepcional escritor que es (pues vive en sus obras), más de una vez se le pasaría por la cabeza en esos últimos momentos de su vida, cuando ya se sabía con los dos pies en el otro estribo, si la fama que había ido adquiriendo y amasando a cada golpe de novela, lo haría inmortal o, por el contrario, cuando ya pasara el tiempo que todo lo destruye, no sería más que otro cadáver en ese montón tirado en la cuneta de la historia de la literatura, que a veces no tiene piedad con sus mejores criaturas. La duda no es baladí pues, conocedor como era de nuestro pasado literario, no sería ajeno a casos y a torres, si no más altas, a una altura lo suficientemente considerable para creerse a salvo del tiempo y sus agravios. A don Mario le asaltarían en la memoria los nombres de autores que en su siglo gozaron de éxito y prestigio y que ahora duermen el sueño del olvido, carne de cañón de nota al pie de enciclopedias que ya nadie quiere. Y seguramente que entonaría, ya en su lecho de muerte, aquel Ubi sunt? al recordar qué fue de aquellos poetas y dramaturgos que dieron brillo a nuestra edad dorada; qué de los grandes escritores de novelones que hacían llorar a las porteras, las mismas que en las postrimerías del siglo decimonónico se peleaban por adquirir la última entrega; qué de los finos y sentimentales escritores de relatos cortos que tanto esplendor dieron a este género en los inicios del siglo pasado, qué, sin ir muy lejos, de aquellos autores de novela rosa  que copaban las listas de éxitos en los años más grises de nuestro siglo XX… Y por su cabeza irían desfilando nombres y más nombres, premios y más premios, fama al fin y al cabo efímera, simple vanidad. Y como un personaje de tragicomedia clásica se preguntaría para qué escribió tanto, para qué edificó historias y construyó sueños, para qué, en definitiva, adquirió fortuna tanta con tantos desvelos. Y ya a punto de expirar reconocería que nadie, ni los más grandes como él tienen la inmortalidad garantizada, ni pueden estar a salvo de la impiedad de un mundo que ha perdido el control y sus referentes, en el que la lectura, por la que tanto luchó, es una actividad anticuada y reducida a grupos de personas que oponen una cada vez más débil resistencia a los embates de un tiempo tan adverso como inoportuno. Don Mario murió en olor de santidad literaria, lo que no garantiza la “eterna-unción”. José López Romero.  

viernes, 16 de enero de 2026

UNA DE TÓPICOS

“Ya sé que estamos siempre solos… / que la felicidad se desvanece… / que la vida carece de sentido… / que quienes andan por la calle / son solo muertos con unos días / de permiso. Lo sé. Sé todos los tópicos. / Y sé que son verdad…”, dice José Luis García Martín en uno de sus poemas. Tan excelente poeta como crítico literario (ver su blog “crisisdepapel.blogspot.com”). Y a todos estos tópicos que Gª Martín va desgranando en sus versos, podríamos añadir otro que también sabemos todos y que, sin embargo, de vez en cuando, nos hace llevarnos las manos a la cabeza: “casi todos los premios literarios en este país están ya dados de antemano” (¡cuidado!: “casi todos”), y si no, que se lo pregunten a García Montero o a Andrés Trapiello, quien tendrá muchas anécdotas que contar al respecto. Por eso, no entiendo, sabiendo como lo sabemos, que haya levantado tanto escándalo la concesión del Planeta. Antes se intentaba premiar a un primera figura, que midiese su dignidad literaria en euros, caso de Cela, con escándalo de plagio incluido, o de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, no se dejó embaucar por la dotación del premio Miguel Delibes, cuya dignidad literaria estaba muy por encima del saldo de su cuenta corriente. Que se premie a una mujer o a un hombre de la casa, y si el personaje despierta cierta polémica no es más que la prueba de que la literatura o, mejor dicho, los premios, como el Planeta, no son más que un negocio, y que la empresa además de recuperar el gasto quiere obtener beneficios, cuanto más, mejor. Y como diría Gª Martín: “Ya sé que somos polvo y sombra/ pero mientras el polvo dura / el mundo está bien hecho”. Pues eso. José López Romero.  

viernes, 12 de diciembre de 2025

DE DIOSES Y DIOSAS

De todos es sabido que el ser humano siempre ha tenido entre sus aficiones más caras crear dioses con el fin de entretener a la masa, a la que es necesario dirigir, educar y amedrentar. Algunos que no han creído en esos dioses convencionales, les han dado forma a los suyos propios, a su imagen y semejanza, dioses que se veneran en grupos, a los que llamamos sectas o partidos. Y ya que estaban en faena, ¿por qué no dioses literarios? De esto todas las ideologías, tanto de derechas como de izquierdas, saben mucho. Sin embargo, a veces se pasan y elevan a los altares a escritores y escritoras cuyo currículum cuando en ellos se escarba dejan las vergüenzas inconfesables al aire. La penúltima, Simone de Beauvoir. Llevada a la santidad por aquella izquierda intelectual y feminista, pero tan sectaria, estaba además avalada por otro de los grandes dioses del Olimpo literario y filosófico: su marido, Jean Paul Sartre. No hace mucho saltaba a los medios de comunicación la revisión que lleva años haciéndose de las aficiones pedófilas de la Beauvoir, de su colaboración en la radio nazi de Vichy y la relación con sus ex alumnas (“Tenemos un problema con Simone de Beauvoir”, El Mundo, 1 de abril de 2025). Y en Internet se puede consultar en el Diario feminista cómo el artículo “Presenting Beauvoir as a Feminist Neglectingher Defense and Accusations of Pedophilia”, publicado en la revista HSE Social and Education History, denuncia “que, a pesar de que es público que Beauvoir defendió públicamente la despenalización de la pederastia, y de que fue condenada y apartada de la enseñanza por un caso de abusos a una estudiante menor de edad, ha sido presentada en muchos artículos científicos como un ejemplo de la lucha por la libertad sexual y contra el acoso.” (29 de marzo de 2022). Y ahora lo que toca es derribar altares y efigies y hasta anatematizar su memoria. Plegar velas y buscar otros santones. Y para ello nada mejor que las efemérides y las muertes prematuras, magníficos caldos de cultivo de esta elevación a los altares a la que tan aficionados somos. Clubes de lectura que les rinden culto, nombre de puentes o de bocas de metro y, en breve hasta estampitas, porque ya se encargan las editoriales de promover sus obras, que compran religiosamente (y nunca mejor dicho) sus fieles. El negocio es el negocio. Y así, todo es poco para estos dioses cuyas vidas nada tuvieron que ver con la ideología que supuestamente representan y que, sin embargo, los hagiógrafos, que ya proliferan (todo sea por la prebenda de algún premio), se empeñan en propagar para entretener a la masa, que tanto gusta (otro divertimiento) hacer revisión permanente de la Historia. Pero que sea de toda la Historia, no de la que les conviene. José López Romero.