Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 19 de junio de 2026

JEREZ EN TRES SAGAS POLICÍACAS

    Desde siempre la novela policíaca ha gozado del favor popular. Ya desde sus lejanos orígenes en las páginas de la prensa decimonónica o en los folletines impresos en papel barato, logró ser una vía de escape y ocio para un creciente número de lectores. Lo cierto es que desde Poe y su genial invención de Auguste Dupin, considerado el primer detective de la historia de la literatura, hasta la novela enigma inglesa, en la que Agatha Christie, Conan Doyle o Chesterton dejaron profunda huella, la novela policíaca fue adaptándose a la sociedad del momento y transformándose con esta, para seguir por encima de modas y costumbres atrayendo a un cada vez mayor número de adeptos. Luego llegaría la novela negra, un giro que Dashiell Hammett, Raymond Chandler y otros escritores norteamericanos le dan a lo policíaco al final del primer tercio del siglo XX, y que viene a demostrar que este subgénero literario ha ido mutando a lo largo de los años hasta el momento presente, aunque manteniendo algunas señas de identidad irrenunciables como un protagonista carismático, un misterio por resolver y un trasfondo social que siempre influye en el devenir de la trama. Sin embargo, este subgénero ha arrastrado una fama de menor, y eso que algunos de los autores y autoras hasta aquí mencionados desdicen esa asentada opinión a la vez que otros siguen prestigiando el género como Benjamín Black, Henning Mankel, Petros Markaris, Patricia Highsmith, entre otros muchos. Quizás esa poca valoración de las historias policíacas haya sido más evidente en nuestro país que en Europa o Norteamérica, donde solo hasta bien entrado el siglo pasado algunos escritores y escritoras de renombre sintieron la tentación de navegar por el género, y nos referimos en este caso a  Emilia Pardo Bazán con su detective Selva  o Wenceslao Fernández Flórez con el excéntrico inspector  Ring.

Luego vendrían García Pavón, Vázquez Montalbán, Tomás Salvador, Francisco González Ledesma, Alicia Jiménez Bartlett, Lorenzo Silva y tantos otros. Lo cierto es que hoy la eclosión de lo policíaco en el universo literario es evidente y pocos autores se resisten a aventurarse por sus claves y entresijos.

    En la provincia de Cádiz, sobre todo en la capital, este subgénero  también ha ido desde hace unos años incorporando autores que van  acaparando la atención de los lectores, como es el caso de Benito Olmo con su saga gaditana protagonizada por el detective Bianquetti o el malogrado Rasero Balón con su genial Benito Bran, quizás los más representativos entre un numeroso elenco. ¿Pero y en Jerez?

    Aunque pueda sorprender existen tres sagas literarias escritas por autores de esta ciudad y que teniendo a Jerez como escenario, desde hace unos años vienen captando un número nada despreciable de seguidores.

La primera, cronológicamente, surge de una manera inesperada cuando el profesor José López Romero y el bibliotecario municipal Ramón Clavijo Provencio, con una larga bibliografía a sus espaldas en el campo de la investigación histórica, deciden colaborar pero esta vez en el campo de la ficción, para hurgar en un hecho histórico que aún levanta gran interés en la ciudad como es la primera Campaña de Excavaciones en  Asta Regia en busca de Tartessos, por parte del arqueólogo Manuel Esteve Guerrero en 1942. Fue entonces cuando decidieron que su novela, aparte del componente histórico debería seguir las pautas del género policíaco, y en 2013 se publicaba  ‘Asta Regia’, en la que el protagonista principal es el arqueólogo mencionado aunque en el libro aparece otro personaje, el inspector Castilla, que adquiere especial relevancia. El éxito de esta novela que tiene desde su aparición tres ediciones y numerosas reimpresiones, hizo que los autores decidieran continuar, ya en forma de saga, con una serie de novelas protagonizadas por dicho inspector  y que  seguirían las mismas pautas de la primera: un hecho luctuoso y violento en el Jerez de la posguerra dará pie a una investigación policíaca que trascurre paralela a unos hechos históricos no solo relevantes a nivel local, sino nacional. Y a partir de ahí la serie “Inspector Castilla” (Primero publicada por el sello Canto y Cuento y luego por Luna Nueva Libros), la integran ya cinco libros (‘La ciudad que no sueña’, ‘Operación estraperlo’, ‘Juego de marionetas’ y ‘¡Vigilad a Fleming!’ ), el último publicado en abril de 2025, y sigue acumulando lectores y críticas favorables en medios tan reputados como la revista nacional especializada en el género ‘Solo Novela Negra’ (Barcelona) o  en catálogos como el   del Grupo de Investigación Bibliográfica de AMESDE (Madrid) sobre Narrativa sobre la Guerra Civil y el franquismo.

Cuando en 2014 se falla el V Premio de abogados de Novela 2014, auspiciado por el Consejo General de la Abogacía, la Mutualidad de la Abogacía y la editorial Martínez Roca, tampoco entonces el autor de la novela galardonada, el abogado jerezano Juan Pedro Cosano Alarcón, tenía claro que su novela fuera a ser el principio de una saga literaria. Cosano por entonces ya había publicado otra novela, en este caso histórica, que tuvo cierta repercusión, ‘Hispania’, pero qué duda cabe que el premio mencionado a su libro ‘El abogado de pobres’ de tintes histórico policíaco judicial, le dio a la mencionada novela una proyección mediática enorme.

 La buena respuesta del público lector y de la crítica sobre las andanzas del abogado Pedro de Alemán y Camacho en el Jerez dieciochesco (la trama se sitúa en 1752), y la imagen de la ciudad captada de manera brillante fruto de un arduo trabajo de documentación, hasta el punto de que se convierte en otro protagonista de la novela, sin duda influirían en la decisión de Cosano en seguir con las andanzas de su afortunado personaje. Lo cierto es que dos nuevas novelas se editaron en los siguientes años: ‘Llamé al cielo y no me oyó’ (2015) y ‘Las monedas de los 24’ (2017) todas publicadas por el sello del Grupo Planeta ‘Ediciones Martínez Roca’. Sobre la continuidad de las aventuras de este abogado y , hasta cierto punto, detective en el siglo XVIII jerezano, no se tienen noticias pero de lo que no tenemos dudas es de que serían muy bien recibidas.

 

En octubre de 2021 un nuevo escritor se incorporaba a la hasta ese momento corta relación de autores locales que transitan por la novela policíaca en sus múltiples variantes, era Antonio Rojo Corrales que bajo el sello del editor José Mateos, y dentro su colección “La novela jerezana”, publica ‘Un Rocio sangriento’. Esta novela no tiene el fuerte componente histórico de las anteriores series mencionadas de López/Clavijo y Cosano, pues la acción se desarrolla en el Jerez contemporáneo, pero inaugura una saga que tiene la particularidad de situar la resolución de un hecho violento en momentos temporales tan singulares de la ciudad como los que corresponde a su ciclo festivo. En esa primera novela Rojo da a conocer a los principales protagonistas de su serie que seguirán en entregas posteriores; el inspector Santi Álvarez y la jueza Isa Montesinos.  Si en esta primera novela la trama se articulaba en torno a la romería del Rocio, las siguientes (ya bajo el sello de la editorial de La Luna Nueva Libros) siguen la misma pauta: una serie de sangrientos sucesos alteran la vida ciudadana en plena efervescencia festiva (‘Zambomba’ 2022 y ‘Aires de Feria’ 2025), por lo que el equipo del inspector Santi Álvarez debe intervenir antes de que estos grandes eventos se vean seriamente salpicados y se desate el pánico colectivo.

Tres series policíacas de autores de aquí, y que reflejan Jerez desde distintas perspectivas convirtiendo la ciudad en una protagonista más: el vital Jerez dieciochesco de Pedro Alemán, la oscura ciudad de la posguerra del inspector Castilla o ese Jerez contemporáneo festivo y singular en el que el policía Santi Álvarez debe intervenir.

Sin duda tres buenas sagas policíacas que desde Jerez enriquecen también   este exitoso subgénero literario.

viernes, 5 de junio de 2026

LAS ARMAS CONTRA LAS LETRAS

“Los ejemplos nos enseñan…que el estudio de las ciencias reblandece y afemina los ánimos en lugar de afirmarlos y aguerrirlos.  El más fuerte Estado que aparece en este momento en el mundo es el de los turcos, pueblos igualmente adiestrados en el aprecio de las armas y el desdén de las letras… Las naciones más belicosas de nuestros días son las más toscas e ignorantes.” Así afirma Michel de Montaigne en su Libro I, capítulo XXIV de sus ‘Ensayos’ (Acantilado). Compagnon (quien hace además el prólogo a esta edición) comenta en su magnífico librito ‘Un verano con Montaigne’ (reseñado en esta misma página) que “no busquemos en Montaigne ninguna complacencia excesiva por las letras, sino la defensa aristocrática de la superioridad de las armas, de «la ciencia de obedecer y mandar». El arte de la paz no es la retórica sino la fuerza, que disuade más que persuade.” Después de tantas guerras que a lo largo de la historia de la humanidad el hombre ha sido capaz de librar en su afán de autodestrucción, el mundo de hoy no ha aprendido la lección y seguimos abriendo frentes y matándonos los unos a los otros con total impunidad. Aunque familiarizado con Erasmo, como argumenta Compagnon, el gran humanista que creía en la superioridad de la pluma sobre la espada (‘Querella pacis’), Montaigne no era del parecer ni compartía las esperanzas ilusorias del roterodamés. Hoy, la fuerza de las armas se impone a sangre y fuego y sin contemplaciones a la diplomacia. De nada sirven los esfuerzos de la pluma, las capacidades de los negociadores para acabar con conflictos que destruyen ciudades y vidas de inocentes. A estas alturas identificar nación fuerte con aquella que está adiestrada en el aprecio de las armas y desdeña las letras no creo que tenga mucho sentido. No creo que Rusia, por ejemplo, cuya historia (hasta la más reciente del siglo XX) está marcada por los rigores y las terribles consecuencias de las guerras, sea una nación amante de la fuerza que menosprecia su enorme y rica cultura. Como tampoco lo puedo pensar de los EE.UU. Son sus líderes, sus gobernantes los que imponen la política del enfrentamiento con el único fin de aniquilar al enemigo. Son personajes como Putin, Trump o Netanyahu, los que deciden por sus ciudadanos que más vale la disuasión de una bomba que el diálogo y las conversaciones de paz. Sin embargo, una de las grandes y más famosas sentencias clásicas reza: si vis pacem para bellum (“si quieres la paz, prepara la guerra”), toda una advertencia de nuestros clásicos que deberíamos aplicar a los malos e inquietantes tiempos que se nos avecinan. ¿Tendrá razón Montaigne? Quiero creer que no, pero… José López Romero.

viernes, 22 de mayo de 2026

A BAJO PRECIO

“¡Ya no le doy más oportunidades a este autor!”, me decía el otro día un amigo lector sin remedio. Y en el fragor del cabreo, añadía en ese monólogo que todos hemos entonado alguna vez cuando leemos gato por liebre: “¡Y es que no escarmiento! Y caemos en ese prestigio del escritor consagrado… Pero esta última novela que he leído está llena de pequeños trucos narrativos, esas fullerías de estilo que delatan no precisamente el buen profesional, sino al marrullero. Que si unas largas enumeraciones sin sentido, que si unos cambios temporales un tanto pretenciosos… Y lo peor, las opiniones que se leen en blogs y las críticas de supuestos especialistas: “una novela intimista… en la que el autor desnuda su infancia…” y otras sandeces de la misma especie. Nada. Autor a la agenda de los proscritos”, sentenció finalmente. Pero se había calentado. Le había tomado gusto al bombardeo y prosiguió en su soliloquio enrabietado: “¡¿Y qué me dices de esa literatura salida de talleres de creación, como si fueran de repostería?! Muy bonito todo, muy reivindicativo, pero nos quieren hacer pasar por literatura para adultos lo que no dejan de ser novelas para adolescentes. Me podrás decir que las editoriales tienen que vender y los críticos tienen que comer todos los días, pero están haciendo nuevos lectores poco exigentes, acomodados a narraciones esquemáticas, llenas de tópicos y muy superficiales...”. Aproveché que le daba un buen sorbo al refresco que tenía delante, para meter baza. “Y si esta es la literatura de ahora, ¿qué vas a hacer?”. “Pues refugiarme en los clásicos. Nunca defraudan”. José López Romero.

viernes, 8 de mayo de 2026

FRAUDE

La lista de fraudes, engaños y supercherías en la historia de la literatura no es para contarla por no inacabable. Si ya en pleno siglo XVI fray Antonio de Guevara consiguió fama de inventarse citas que atribuía a autores clásicos para así dotar de mayor prestigio a sus escritos, no menor superchería resultó ser el opúsculo ‘El buscapié’ que el ingenioso historiador gaditano Adolfo de Castro se inventó y que atribuyó al mismísimo don Miguel de Cervantes, quien supuestamente lo escribió a modo de defensa de la primera parte de su obra inmortal. La primera edición de esta obrita se publicó en 1848 (en la Imprenta, librería y litografía de la Revista Médica, a cargo de D. Juan B. de Gaona, Plaza de la Constitución. 11 de Cádiz), profusamente, hasta el cansancio, anotada por el supuesto descubridor, con el vanidoso afán de mostrar y demostrar su erudición a aquellos círculos literarios gaditanos y españoles, en general, algunos de los cuales se tragaron el fraude de Castro con todos sus engañosos y aparatosos avíos. Y en pleno siglo XVIII, como ya se ha encargado de estudiar Joaquín Álvarez Barrientos, en su artículo “Apuntes sobre falsificación y plagio en la República Literaria española del siglo XVIII”, un escritor como Cándido Mª Trigueros se sacó de la manga un tal Melchor Díaz de Toledo, cuya supuesta obra poética se encargó de editar como contribución al canon clásico que debía imperar en la República de las Letras patrias. Una superchería que bien supo descubrir el poeta Meléndez Valdés que denunció los errores léxicos cometidos por Trigueros en su fallido intento de “anticuar” la lengua al uso del XVI. Fraudes y engaños que ocultaban una intención que trascendía la anécdota literaria: la imposición de un canon para “apoyar el modelo estético gubernamental”, es decir, “al servicio de una ideología”. ¿Les suena? El ayer del siglo XVIII no es más fraudulento que el hoy. Quizá no tengan que inventarse escritores para configurar e imponer el canon, para eso ya se encargan de dar premios, subvenciones y otras regalías a los que están en ejercicio, pero está claro que las editoriales y, sobre todo, los medios de comunicación al servicio de las distintas ideologías, van imponiendo una serie de autores y unos gustos literarios que nada tienen que ver con la cultura como ámbito de libertad e independencia. Álvarez Barrientos señala: “Las famosas «dos Españas» tienen su origen aquí… Y a los dos «bandos» se les adjudicó además conductas, valores, gustos e indumentaria que los caracterizaba e identificaba. De manera que el canon literario-cultural… se ramificaba y completaba en otros ámbitos, que lo justificaban desde la política, como aval necesario para tener vigencia y legitimidad”. ¡A que les suena! José López Romero. 

viernes, 24 de abril de 2026

MEJORES

Cuando asistía a cócteles y fiestas siempre terminaba enganchada a un grupo en el que alguien hacía algún comentario sobre el último libro que había leído, y la conversación entonces giraba hacia libros y lecturas. “No. No son mejores por ser lectores”, se decía para sí aquella joven que se desconectaba de la conversación a poco de empezar. Ella no era lectora y le aburría e incluso le molestaba ese afán de amigos y conocidos por intercambiar opiniones sobre autores y novelas. “Se sienten superiores a los que no leemos. ¡Panda de engreídos!”, pensaba con cierto rencor. Tras el cristal de su copa en aquellos saraos a los que asistía, como si de una ventana indiscreta se tratara, observaba y lanzaba su mirada desdeñosa a aquel círculo de presuntuosos que, en su opinión, se creían mejores que el resto de la humanidad: aquel insoportable y petulante, que no hacía más que elogiar la última novela, “una obra maestra” sentenciaba, cuando ella sabía que solo era lector de contraportadas; o aquel otro que incluso se las daba de escritor, cuando a sus espaldas sus propios amigos le llamaban “el juntaletras”. Ellos no eran mejores personas por ser lectores. La lectura no era un factor fundamental para determinar las virtudes de una persona. Ella estaba segura de que la lectura no estaba en sus genes, pero no por ello era peor persona. En su fuero interno, aunque no quería reconocérselo, no era realmente esa sensación de superioridad o de sentirse mejores lo que creía percibir y le molestaba de la gente que leía, sino un inconfesable y vergonzante complejo de inferioridad. José López Romero