Cuando asistía a cócteles y fiestas siempre terminaba enganchada a un grupo en el que alguien hacía algún comentario sobre el último libro que había leído, y la conversación entonces giraba hacia libros y lecturas. “No. No son mejores por ser lectores”, se decía para sí aquella joven que se desconectaba de la conversación a poco de empezar. Ella no era lectora y le aburría e incluso le molestaba ese afán de amigos y conocidos por intercambiar opiniones sobre autores y novelas. “Se sienten superiores a los que no leemos. ¡Panda de engreídos!”, pensaba con cierto rencor. Tras el cristal de su copa en aquellos saraos a los que asistía, como si de una ventana indiscreta se tratara, observaba y lanzaba su mirada desdeñosa a aquel círculo de presuntuosos que, en su opinión, se creían mejores que el resto de la humanidad: aquel insoportable y petulante, que no hacía más que elogiar la última novela, “una obra maestra” sentenciaba, cuando ella sabía que solo era lector de contraportadas; o aquel otro que incluso se las daba de escritor, cuando a sus espaldas sus propios amigos le llamaban “el juntaletras”. Ellos no eran mejores personas por ser lectores. La lectura no era un factor fundamental para determinar las virtudes de una persona. Ella estaba segura de que la lectura no estaba en sus genes, pero no por ello era peor persona. En su fuero interno, aunque no quería reconocérselo, no era realmente esa sensación de superioridad o de sentirse mejores lo que creía percibir y le molestaba de la gente que leía, sino un inconfesable y vergonzante complejo de inferioridad. José López Romero
Julio Cortázar
"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)
viernes, 24 de abril de 2026
viernes, 10 de abril de 2026
EL LADO CORRECTO
“Padre, una preguntita (mi hijo cuando utiliza el diminutivo, malo). ¿Tú te consideras en el lado correcto de la literatura?” “Eso, father”, le oigo de lejos a mi hija (cuando los dos están de acuerdo, peor). “Buena pregunta” (leo en la cara de mis hijos una sonrisa de condescendiente satisfacción). Buena pregunta -repito- si supiera cuáles son los lados de la literatura. “¡Pero los de la Historia parece que están muy claros!”, me replican. Sí, para el que se cree que está en el correcto. Y precisamente es la propia Historia la que nos da la lección de que no ha habido gobernante por muy sanguinario que este fuera que no se considerase en el lado correcto de su historia. Los grandes genocidas del siglo XX, Hitler aún lamenta (resucitado por Timur Vermes en su libro ‘Él ha vuelto’) no haber acabado su labor de la “solución final” para exterminar a todos los judíos sobre la faz de Europa. De la misma manera se creería Neville Chamberlain en el lado correcto de la historia cuando se mostró complaciente con el mismo Hitler en sus planes de expansión de los Sudetes. Y así, todos los que han ejercido el poder con la arbitrariedad de la violencia, la represión y la inoperancia. Pero yo no sé qué lados tiene la Literatura, por lo que no podría considerarme en el correcto ni en su contrario. Si como manifestación artística el lado correcto es la belleza, el buen gusto, el estilo elegante y depurado, yo diría que me gusta ese lado; si, por otro, convenimos en el compromiso de los autores para denunciar los problemas y abusos de la sociedad y del tiempo en el que viven a través de sus obras, debo confesar que también estoy muy de acuerdo con este otro lado, porque la literatura es al fin y al cabo fruto de la época en la que se produce y, por ello, debería tener también la función ética de hacernos a los lectores tomar conciencia y, en lo posible, proponer soluciones. Y si unimos los dos lados, entonces no podría estar más de acuerdo que ese sería el correcto de la Literatura. ¿Ejemplos? Vayamos a conocidos. Autores como Fernando Aramburu y sus novelas sobre el terrorismo de ETA; Rafael Chirbes y el desencanto de la transición española (no de las grandes decisiones, sino de las alcantarillas y sumideros de los políticos rastreros y mezquinos); o para irnos más lejos, las obras de Chinua Achebe y de Chimamanda Ngozi Adichie sobre la Nigeria pre y poscolonial; o también ‘Tengo miedo, torero’ de Pedro Lemebel, una novela extraordinaria en todos sus lados. La buena literatura, en definitiva, no tiene lados ni correctos ni incorrectos. Es buena en sí misma y en su todo. ¿La Historia? Como la feria. Mis hijos ya habían huido hacía tiempo. Y en un alarde de atrevimiento se me ocurrió preguntarle a mi mujer ¿y cuál es mi lado correcto de la cama? el sofá. ¡Cuánta ingratitud! José López Romero.
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