Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 11 de marzo de 2011

ESCRITOS GASTRONÓMICOS

Al Doctor Thebussem, seudónimo tras el que se escondía el hidalgo asidonense Mariano Pardo de Figueroa (1828-1918), debemos, amén de una profusa colección de artículos que encendieron la mecha del cervantismo en España, del inicio en nuestro país de los estudios sobre historia postal, filatelia y exlibrismo, la dignificación de la gastronomía como tema literario. Siempre provocador, en 1876 dirigió una carta pública titulada “Jigote de lengua” al Jefe de las Cocinas Reales censurando el formato y redacción de las listas de comida de Su Majestad, y sugiriendo la necesidad de que apareciera en ellas un plato nacional. El asunto, considerado baladí por muchos e interpretado por otros como una grave falta de cortesía hacia el rey Alfonso, agradó sin embargo a éste, que pidió a su amigo José de Castro y Serrano (“Un cocinero de Su Majestad”) que invitara a Thebussem a iniciar una polémica en la prensa para su deleite personal y para mayor aprovechamiento de todos. Las epístolas cruzadas entre Castro y Thebussem marcaron el referente del buen gusto en la mesa y la cocina del momento. Refugiándose en su fingida nacionalidad alemana, el Doctor aprovechó para analizar la relación de los españoles con la comida (desconocimiento de la verdadera alimentación, falta de higiene en las cocinas, malos hábitos…) y para celebrar la calidad de los productos y la variedad de guisados existentes. Castro le animó a dirigir una campaña para promover una “cocina nacional”, previa recopilación de las recetas más significativas y catalogación de los manjares más característicos, asunto que atraía al asidonense pero que consideraba casi irrealizable. Cuando Thebussem viajó a Madrid en el invierno de 1887 para preparar la edición de La mesa moderna, que reuniría los comentados artículos y algún otro –como “Los alfajores de Medina Sidonia”, por el que había sido nombrado miembro de la Sociedad de Gastrónomos y Cocineros de Londres–, las mejores mesas y casas de la Corte se disputaron su presencia, y se le premió con el título de Presidente de la Sociedad del Arte Culinario de Madrid. En el libro que presentamos (editorial Renacimiento, 2011), Jesús Romero Valiente, natural también de Medina Sidonia, doctor en Filología y desde hace muchos años profesor de Latín en el I.E.S. Padre Luis Coloma y conspicuo investigador de variados asuntos de su pueblo, nos ofrece una selección de otros escritos gastronómicos de Thebussem, menos conocidos pero no por ello menos jugosos. “Montiño y Gouffé”, “Cocinero y santo”,  “Juan de la Mata”… son más que reseñas bibliográficas; en “Ajilimójili” se funden Gastronomía y Lingüística; respuestas a consultas sobre recetas, usos culinarios, etiqueta en la mesa o historia de la cocina son “Pelitriques”, “Arrepápalo”, “Con dos dedos”… “Leyes y cañas” se refiere al modo de tomar la manzanilla, y “Los Gippinis”, a un pleito que enfrentó al pastelero gaditano Domenico Gippini con el Ayuntamiento de Jerez. Dotado de finísimo humor, Thebussem ilustra sus escritos con chascarrillos y anécdotas, y a veces lo culinario se convierte en pretexto para desarrollar sabrosos cuentos, como “Pastel de bonijo” o “Sopas de ajo”. José López Romero.

sábado, 5 de marzo de 2011

CITAS

Cada vez que se ponía a leer, no le faltaba a mano un lápiz con el que iba subrayando algunas frases. Había quien ya llegaba a pensar que sólo leía para subrayar esos breves fragmentos que después pasaba con escrupulosidad oriental a su ordenador portátil. Tenía en el escritorio varias carpetas abiertas cuyos nombres respondían a otros tantos temas, algunos tan universales como el amor, el dinero, la muerte, la amistad; pero otros eran más intrascendentes, asuntos de actualidad, de pervivencia efímera. Pero a la tecnología, añadía procedimientos más artesanales, y siempre se acompañaba de una libretita en la que tenía anotadas las frases más felices, las clásicas y las universales, las conocidas por todos pero también las más originales; en definitiva, aquellas perlas que le garantizaban el éxito social fuera la situación que fuera, ni importaba el contexto para decirlas ni falta que hacía. Y cuando las lecturas no lo abastecían de las citas necesarias, de inmediato se conectaba a Internet, ponía en su buscador el tema o los autores de cabecera y en sus páginas encontraba, seguro, ese buen ramillete de frases que perseguía. Antes de una comida con amigos o de empresa, o de una fiesta, mientras su mujer terminaba de arreglarse, él encendía el ordenador, ponía encima de la mesa la libreta e iba memorizando las veinte frases de la noche que, de una manera u otra, largaría a sus interlocutores. Pero antes de aquel ceremonial, se había informado con todo detalle de la lista de invitados y había hecho previamente una buena selección de citas, con las que al tiempo que quería agradar, lo importante era quedar elegante. Por su cabeza paseaban Óscar Wilde (un verdadero clásico en esto de citar), Montesquieu, algún que otro filósofo ocurrente (entre su repertorio no faltaba algo de Pascal o de Descartes), algunos escritores alemanes (Goethe era siempre un seguro de éxito) y últimamente había incorporado a Coetzee, cuyo premio Nobel lo avalaba, y entre los hispanos Borges no tenía todavía igual. Notaba que de un tiempo a esta parte los clásicos grecolatinos, Shakespeare y los escritores áureos empalagaban un poco a su auditorio; alguna mueca de hastío había observado en la última cena cuando citó dos versos del “Othelo” que se había aprendido un poco antes de salir de su casa. Pero aquella noche, cuando el matrimonio se preparaba para otra cena en casa de unos amigos, el ordenador no le encendía y no encontraba la libreta, entonces se fue para la cocina y se tomó una cerveza y una ginebra doble porque esa mezcla era el recurso recomendado por Dickens -¡huy, otra cita!- a quienes están a punto de suicidarse. José López Romero.

viernes, 25 de febrero de 2011

PROPIEDAD

“¿Qué le parecería al terrateniente que a los setenta años de su muerte sus tierras pasaran a ser “del dominio público” y ya no pudieran seguir heredándolas de generación en generación sus descendientes?... ¿Qué al panadero que ese fuera el destino de su panadería, al empresario el de sus empresas, al propietario de inmuebles el de sus casas, … el de sus objetos al coleccionista?... La pregunta es retórica: les parecería una expropiación póstuma, una confiscación, una requisa, un atropello a los muertos… Lo que no me parece bien es que las cosas no sean así en general, y sí lo sean, en cambio, para los escritores y músicos.” Argumenta Javier Marías en su artículo “El escritor como estorbo”, que recojo de su volumen “Literatura y fantasma” (Debolsillo, 2007). Y aunque el texto es de 1999, supongo que ya por esas fechas habría empezado o estaría en pleno fragor la guerra de las copias, la piratería audiovisual y, en consecuencia, el ínclito Teddy Bautista erigido en azote de bodas, bautizos y verbenas populares, en su libidinoso afán recaudatorio. Y todo para que él se permita vivir en un chalet principesco, disfrute de un sueldo y una posterior pensión de yo no sé cuanto miles de euros, según hemos sabido hace poco por los medios de comunicación. Pero vayamos a los argumentos y reivindicaciones de Javier Marías. Puestos a comparar, en apariencia no le falta razón al excelente novelista; pero hay en sus quejas un punto grueso de sofistiquería. Porque todo bien mueble o inmueble que no está en venta, sigue perteneciendo a su propietario, pero si éste decide venderlo, percibe un precio por él y deja de pertenecerle. ¿O es que el terrateniente si vendiese sus tierras seguiría disfrutando de su propiedad?, y lo mismo el panadero, o el empresario, o el coleccionista, si ponemos los mismos ejemplos que aduce Marías. ¿Qué hace un escritor o un músico si no es vender sus creaciones? Y no sólo recibe parte de la recaudación de sus ventas, sino que antes muchos de ellos ya han percibido una cantidad previa por el libro o por el disco, más los setenta años de derechos de autor que la ley les garantiza. ¿Mal negocio que el libro o la canción no les pertenezca de por vida e incluso puedan vivir de ellos hasta sus nietos? Pues no los venda; que sus descendientes sigan disfrutando con la lectura o con los acordes de sus creaciones, como hace el pintor con sus cuadros o el coleccionista con sus objetos, si no los pueden vender. Pero una vez vendidos, a éstos ni siquiera les queda el consuelo de las reediciones o los setenta años de derechos de autor. Que la piratería, las descargas masivas, etc., son uno de los grandes males que sufren la música, el cine y otras manifestaciones artísticas es indudable, y que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, pero mucho me extraña que con tanto dinero en juego las grandes empresas no haya inventado programas o filtros contra las descargas. ¿No les interesa o prefieren pagar bien a perros de presa como Teddy Bautista para que pongan multas en las fiestas? Y ya de camino que mire si hay alguien fumando. José López Romero.


sábado, 12 de febrero de 2011

VENENOSO

Últimamente suelo, antes de escribir estos artículos, coger un frasquito de cicuta que tengo guardado en uno de los cajones de mi mesa y, con la solemnidad de una ceremonia religiosa, me embadurno las yemas de los dedos con el veneno, como otros se pintarían las uñas. Una vez realizada la operación, me dispongo a aporrear el teclado de mi sufrido ordenador. Así me salen los dichosos articulitos. A veces creo notar, cuando el tono empieza a agriarse, como una resistencia en las teclas y las letras tardan más en salir en la pantalla, como si este aparato me estuviese avisando de que quizá me haya pasado en la dosis; pero también a medida que me voy calentando, noto que mis dedos son más rápidos y percuten en las teclas con más vigor, como si quisieran más que proyectar las palabras, grabarlas en negro sobre blanco. Sin duda que el veneno es un complemento perfecto para ciertas labores, una especie de motivador que desentumece cuerpo y mente, un a modo de bebida que en lugar de dar alas, genera en tu interior una sobredosis de mala leche. No hace ni dos minutos que me he sentado en la silla, delante del ordenador e iba a proceder a la ceremonia, iba a sacar el botecito y a extenderme una buena capa en los dedos ya dispuestos a la tarea. Hoy tenía ganas de escribir sobre algunos historiadores de Jerez, pero no merecen ni una gota de mi cicuta, o sobre política (ya noto cómo mis dedos van adquiriendo más velocidad), o sobre viejas instituciones culturales ancladas en un siglo que ya nadie recuerda, o de las mentiras y  de los mentirosos, o sobre la literatura de usar y tirar. Pero quizá tenga el día tonto y he cambiado de idea. No me interesa gastar mis pequeñas dosis de veneno en temas que ni me interesan ni merecen la pena que nos interesemos por ellos, no son tan importantes. Prefiero ponerme a leer “Respiración artificial” de Ricardo Piglia, o echarle un vistazo a algunos capítulos de “La biblioteca de noche”, de Alberto Manguel, cuya lectura tanto me gustó, o leer algunos poemas de Quevedo. Pero nunca me he mojado el dedo en la boca para pasar las páginas de un libro (buena lección la que aprendimos de “El nombre de la rosa”). Que hoy no me apetezca escribir, no quiere decir que me chupe el dedo. José López Romero.

sábado, 5 de febrero de 2011

EL CALLEJÓN DEL GATO

Si a algún amigo o conocido, en un acto de temeridad, se le ocurriera pedirme que le sugiriera una novela que recree la Roma imperial y la figura de Julio César, yo no dudaría (con permiso de mi amigo Juan Cienfuegos) en aconsejarle “Los idus de marzo” de Thornton Wilder. Novela que, además, tiene como interés añadido su estructura epistolar; cartas por las que vamos conociendo la psicología de los personajes, sus preocupaciones, deseos, sentimientos, etc., y entre los que destaca el poeta Catulo. Pero si ese amigo o conocido, en un ataque de imprudencia manifiesta, persistiera con terquedad en más sugerencias, le aconsejaría el drama de Shakespeare “Julio César” y, en especial, el discurso de Marco Antonio ante la plebe de Roma (magnífico Marlon Brandon en la película de Joseph L. Mankiewicz), o el capítulo dedicado a Cicerón en “Momentos estelares de la humanidad”, de Stefan Zweig. O incluso, si sólo se trata de entrar en contacto con los héroes clásicos el “Coriolano” del mismo Shakespeare. Porque de eso tratan las grandes obras que hemos señalado, de héroes, de hombres grandes que supieron estar más allá de la altura a la que su tiempo les exigía. Y no otra intención tuvieron Wilder, Shakespeare, Zweig y tantos otros escritores, sino poner de relieve, ante la admiración de los lectores, la grandeza de aquellos hombres convertidos en héroes. Como son, por otra parte, el Ulises de la “Odisea”, o el Eneas de Virgilio. Pero ya Valle-Inclán se encargó a principios del siglo pasado de transformar heroicidad en mezquindad, grandeza en miseria. Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato dan el esperpento: visión degradada de la realidad, transformada con matemática perfecta de espejo cóncavo, cuyos héroes son fantoches y peleles, como don Latino de Hispalis. ¿Cómo, si no es a través de los espejos cóncavos, pudimos leer las entrevistas realizadas a cargos provinciales y nacionales y publicadas en este mismo Diario (véanse domingo 16 de enero y sábado 29 de enero)? Se palpaba en las respuestas de ambos personajes el desprecio por los más básicos principios de democracia, justicia y honradez propios de políticos resabiados y reservones que se refugian en tablas, agachan la cabeza y escarban en los asuntos tenebrosos, no para destaparlos, sino para echarles más tierra encima. Hace ya demasiado tiempo que algunos políticos, lejos de ser héroes, no están ni siquiera a la altura que les exigen los tiempos y los ciudadanos; hace ya demasiado tiempo que la realidad política de nuestra tierra ha pasado por los espejos cóncavos del callejón del Gato, y sólo refleja seres mezquinos y degradados. Yo, como aquel que se acercó a César, les advertiría “guárdense de los “idus de mayo”. José López Romero.