Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

sábado, 8 de octubre de 2011

GAUDEAMUS IGITUR

“No hay nada tan desnudo como los ojos de los seres humanos”, dice un personaje de “La flecha del tiempo” de Martin Amis (¡cómo se empeñan algunos escritores y sus novelas en complicarle la vida al sufrido lector!), frase que en modo alguno se refiere, aunque alguna relación tiene con ese aparatito (“no más grande que un receptor de radio”) que nos describe Arturo Roa Bastos en su obra “El fiscal”, uno de los más eficaces y sofisticados artilugios de tortura utilizado por la Técnica, policía secreta en la dictadura paraguaya del general Stroessner, el “tiranosaurio”, “se trataba de un proyector de enceguecedores rayos blancos e infrarrojos que queman las retinas y produce atroces dolores y perturbaciones en el cerebro al mismo tiempo que una parálisis completa del cuerpo y del sistema respiratorio”. Pero una cosa es la indefensión de nuestros ojos ante cualquier ataque o, peor aún, cruel tortura, y otra muy distinta es esa mirada limpia que sólo los niños tienen, aunque cada vez la van perdiendo a edad más temprana. Una variante adulta es la expresión “creía haberlo visto todo ya, pero…” con la que expresamos nuestra infinita capacidad de sorpresa o asombro, porque este mundo nos depara nuevos acontecimientos que despiertan ese fondo inocente que creíamos ya agotado. Les pongo en situación. Acto solemne de despedida de una promoción de universitarios que acaban de terminar sus carreras. Impresionante auditorio lleno hasta la bandera de jóvenes felices y no menos felices familias; como impresionante era el escenario en el que se ubicaba la mesa presidencial, donde se codeaban, literalmente, autoridades políticas (¿qué hacían allí?), académicas y profesores. Y el comienzo no pudo ser más ilustrativo de lo que le esperaba al paciente e ingenuo público: el discurso del representante de los alumnos, por cuya edad ya le habría dado tiempo a terminar dos licenciaturas y un doctorado, fue un acabado prodigio de retórica en el que lo más refinado fue el “¿cómo están ustedes?” inicial, en consonancia con su atuendo de progre indignado contra el protocolo y el buen gusto. Pero el postre fue el señor decano. Bajo la apariencia de figurante en el banquete nupcial de los Corleone o de cantante de verbena estival napolitana, repartió mieles a una autoridad en avanzado estado de descomposición política y hieles reivindicativas a la representante  del gobierno municipal; ni las mieles ni las hieles venían a cuento. Lo mejor, los discursos de los propios alumnos; unos, con mucha gracia, otros, ajustados al academicismo del acto, y sobre todo, el homenaje sincero y cariñoso de los universitarios a una profesora que se jubilaba. Lo demás, para olvidar. Una tortura para los ojos (y que me perdone Roa Bastos), un insulto a la inteligencia y un desprecio supino al decoro que exigía la solemnidad del acto y que se debían exigir a sí mismas aquellas autoridades por las instituciones que representaban. Una universidad que hace cateta esta banda de patanes. Natalio Benítez Ragel.

viernes, 24 de junio de 2011

FOUCHÉ

A los fieles lectores (que Dios se lo pague) de esta página no se les escapará que la estampita del gran escritor austríaco Stefan Zweig es una de las que ocupan uno de los lugares de honor en mi mesita de noche. Y no sólo por sus libros, sino porque su compromiso personal con el tiempo que le tocó vivir traspasa los límites del magnífico escritor, para convertirlo en un ejemplo de vida. Un compromiso que se deja notar con más fuerza en las biografías que fue escribiendo de célebres personajes, ésos que se mueven entre las luces y las sombras de las páginas de una historia de la que quisieron, y algunos lo lograron, ser protagonistas. Entre ellos, hay un personaje de los biografiados por Zweig que se puso hace unos meses de actualidad. Cuando don Alfredo Pérez Rubalcaba se postuló por aquellos días como sucesor a la corona de Zapatero (de espinas para los españoles), algunos periodistas ingeniosos subtitularon a Alfredo (como ahora quiere que se le llame) “el genio tenebroso”, a la manera en que Zweig calificó a José Fouché, aquel ministro de Napoleón que supo como nadie desde los primeros años de la Revolución francesa hasta el reinado de Luis XVIII ir dejando cadáveres de enemigos a su alrededor sin apenas mancharse la ropa; caso de Robespierre. Son ejemplos del político por el que pasan legislaturas, crisis de partido, derrumbes económicos, sociedades empobrecidas, generaciones sin futuro, y ellos siguen, impasible el ademán, como si su chaqueta fuera una coraza que lo protege de cualquiera de estas contingencias, ésas que a los demás nos hunden todos los días y cada vez más en la miseria. Son personajes que impregnan las páginas de la historia con el olor inmundo de las cloacas del poder, en las que cualquier honestidad o lealtad es pura coincidencia o un accidente tan involuntario como imperdonable. La magnífica biografía de Zweig insiste en esas sombras, en la oscuridad de un hombre hecho para la intriga y la falta de escrúpulos. De tanto Fouché, líbranos Señor. José López Romero.

sábado, 18 de junio de 2011

PURO TEATRO

“Mercurio” es una de esas revistas de literatura que se reparten de forma gratuita y no por ello habría que sospechar de su calidad, sino todo lo contrario, en sus páginas cualquier curioso puede ver colmadas sus inquietudes si lo que busca es buena y rigurosa información sobre literatura o simplemente sugerencias. Casos extraños de gratuidad en estos tiempos en los que nadie da nada por nada. Estaba leyendo hace unas semanas el número que dedicaba al teatro (nº 131, “Teatro, palabra en acción”) y no pude por menos darle la razón a José Ramón Fernández cuando terminaba su artículo con estas palabras: “Dos apostillas sin ánimo de tocar las narices… la segunda es que las va a pasar usted canutas para encontrar muchos textos (se refería a textos de autores actuales). De la edición y distribución de textos teatrales en España habría que hablar largo y tendido”. Más razón que un santo. En el siguiente artículo, Javier Ors nos indicaba dos editoriales (Fundamentos y ediciones Irreverentes) y recogía las opiniones de sus respectivos responsables sobre la fortuna editorial de las obras de escritores actuales españoles, y cuando hablamos de “actuales” no nos estamos refiriendo a la última hornada, sino a dos y a tres generaciones anteriores. Y aunque el responsable de la editorial Fundamentos es bastante optimista, de acuerdo con los niveles de publicación de su editorial, no cabe duda de que en las librerías la sección de teatro brilla normalmente por su ausencia, de que te las ves y te las deseas para encontrar ediciones de autores actuales, y de que algunas editoriales como la guipuzcoana Iru pone precios realmente desorbitados a textos plagados de erratas (ver “Muerte accidental de un anarquista” de Darío Fo, a 13’30 €). Y de la distribución, ni hablamos, mejor lloramos. En cambio, los clásicos no tienen derecho a removerse en sus tumbas por falta de atención, disfrutan de excelentes y numerosas ediciones. Y es que la edad ha sido siempre un grado. José López Romero.

sábado, 11 de junio de 2011

ORWELL

La edición que manejo de la insuperable novela “Rebelión en la granja” de George Orwell (y lo de “insuperable” no es ninguna exageración, aunque estemos hablando del autor de “1984”), incluye en sus preliminares una especie de prólogo del propio escritor titulado “La libertad de prensa” y, si me permiten decirlo, tan bueno es este pequeño ensayo como la narración que le sigue, es decir, “insuperable”. Quien lea o haya leído ambos textos estará seguramente de acuerdo con lo que digo. En este prólogo, que permaneció ignorado hasta su descubrimiento en 1971, y que fue incorporado con posterioridad a las ediciones de la novela, Orwell denuncia la censura que se ejerce no sólo desde las alturas del poder político, sino desde las mismas fuentes de creación o información, de ahí que no solo afecte esta forma de autocensura al periodismo, sino al cine, al teatro, a la radio, etc., es decir, a toda manifestación que puede generar opinión. Es, en definitiva, lo que hoy llamamos “lo políticamente correcto”. La ortodoxia de aquellos años de la posguerra mundial prohibía, según Orwell, cualquier crítica, del tipo que fuera, al régimen soviético, aunque se supiera y se tuviese plena constancia de los horrores de los gulags, de las limpiezas étnicas, de la indefensión de los ciudadanos ante la terrible tiranía de Stalin. Y así, el stalinismo campó por sus respetos con el silencio cómplice de todas las potencias que años antes se habían unido para destruir a otro depravado, Adolf Hitler. “Desde luego que era posible publicar libros antirrusos – explica Orwell- pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes. Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello “no debía” hacerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de “inoportuno” y “al servicio de” intereses reaccionarios”. Como digo, el prólogo no tiene desperdicio y, aunque escrito en unos años que nos parecen ya muy lejos de esta sociedad de la sacrosanta libertad de expresión, no ha perdido vigencia ni rabiosa actualidad. Y para no desmentirme ahí están los últimos acontecimientos producidos en los países árabes y las distintas reacciones de Occidente. Y sin salir de nuestro país, a nadie con dos dedos de frente se le escapa el modelo que los intelectuales progres han intentado inculcar a la ciudadanía a través de medios de comunicación asquerosamente serviles, y en esto me acojo a la definición que hace Orwell ya al final de su prólogo de la libertad: “Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír”. No otra cosa han hecho a lo largo de los siglos los grandes escritores: ponernos por delante lo que nos negamos a ver, enfrentarnos con una realidad que nos negamos a asumir. Orwell y su “Rebelión en la granja” nos ponen ante la verdad; otros, en cambio, quieren que nos creamos sus mentiras. José López Romero.





sábado, 28 de mayo de 2011

DIOS, BORGES Y EL FÚTBOL

En el cuento “El espejo y la máscara”, incluido en “El libro de arena”, Jorge Luis Borges nos relata la historia del rey que una vez “librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego”, le encarga a un poeta el canto de todas sus grandes hazañas, a la manera de los bardos épicos. Pasado el año, plazo concedido por el rey para que el poeta escribiera su oda, éste la declama ante la corte y el pueblo. “Acepto tu labor –dice el rey-. Es otra victoria”. Toda la retórica, todos los giros, todo los estilos estaban comprendidos en la obra de aquel trovador. Pero… el rey le reprocha: “Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre, Las manos no han buscado los arcos… Nadie profirió un grito de batalla…” Como premio, el rey le regala un espejo de plata, pero lo emplaza para dentro de un año, en que deberá presentar otra loa. Cumplido el plazo, el poeta vuelve a la presencia del rey. Esta vez lee su composición con inseguridad, “la página era extraña. No era la descripción de la batalla, era la batalla”. El rey queda sorprendido por la nueva oda: supera lo anterior y también lo aniquila, dice, y como prueba de su aprobación le regala al poeta una máscara de oro. Y que Dios y Borges me perdonen por utilizar el cuento del escritor argentino para establecer la comparación con el fútbol. Toda la retórica, todos los estilos, el más depurado fútbol no cabe duda de que lo interpreta a la perfección el F.C. Barcelona; Guardiola, como el poeta de la primera oda, ha hecho de su equipo el acabado compendio de la mejor tradición balompédica. Y como exclamaría el rey: “Es otra victoria”, y Guardiola seguro que se mira todos los días en su espejo de plata. Y Mourinho es ese poeta inseguro, que lee a trompicones y en desorden su última composición. No cabe duda de que el Madrid no está para retóricas, sino para batallas; es más, y como dice el cuento, no es la imagen de la batalla, es la batalla misma, espíritu que representan Sergio Ramos, Carvalho o Pepe. Con su máscara de oro acude Mourinho a las ruedas de prensa. Pero una tercera redacción le pide el rey al poeta que haga. Al cabo de otro año, vuelve éste por tercera vez ante el rey. El poema era una sola línea, que aquél susurra al oído de éste. “En el alba –dijo el poeta- me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu”. “El que ahora compartimos los dos – el rey musitó-. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres”. A los que nos gusta el fútbol sabemos que la Belleza también está en un verso convertido en el remate o los controles de Zidane, en una jugada de Messi, en el taconazo de Fernando Redondo, en el gol de Maradona. No sé cómo quedará la final de mañana,  pero sí sé cómo termina el cuento. Les recomiendo (que Dios también me perdone) que se lo lean. José López Romero.