Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 18 de mayo de 2012

EL MÉTODO


Federico Zandomeneghi
Era tal su admiración por Paul Auster desde que cayeron en sus manos las primeras novelas del escritor norteamericano, que para él era como un ritual la lectura de sus nuevas publicaciones, las mismas que se apresuraba a comprar en cuanto aparecían en los escaparates de las librerías. Con devoción casi mística se sumergía en las páginas de aquellas “obras de arte” sin que problema externo lograra distraerlo o lo sacara de su arrobo. Y allá por los años finales de la década de los noventa leyó o devoró “Leviatán”, que años antes había obtenido el premio Médicis. Pero el personaje que más le fascinó de aquella novela fue María Turner, aquella fotógrafa que perseguía durante todo un día a la primera persona que se cruzaba por la calle por la mañana, y le iba haciendo fotos clandestinas para después imaginarse su vida; en verdad, aquella María Turner era todo un personaje lleno de posibilidades literarias. Y aquel era, lo tenía decidido, el método que necesitaba para convertirse él también en escritor, como lo eran el complejo Sachs y Peter Aaron, los protagonistas del relato de Auster. Y durante años se dedicó a perseguir a personas por la calle, anotar sus movimientos, sus conversaciones, hacer fotos sin ser visto por sus observados, y de ellos fue sacando toda la información que después convertía en novelas, pequeños relatos y hasta ensayos del comportamiento humano. El método funcionaba a la perfección y la materia de trabajo era sin duda inacabable; en realidad no había encontrado un método sino un filón inagotable, sólo tenía que sentarse en la terraza de un bar observar y escuchar, y la novela se escribía sola. Y cuando ya disfrutaba de una más que holgada posición económica y un cierto prestigio en los círculos intelectuales del país, le dio por disfrazarse (no quería correr el riesgo de que lo reconocieran) y empezar a perseguir a sus lectores. Quería saber no la opinión que de sus escritos podían tener, no le interesaba lo más mínimo, sino más bien en qué casas vivían y cómo estaban decoradas, qué coches o amistades tenían; sus familias, especialmente sus cónyuges, o incluso qué les gustaba comer y beber. Para su observación, se trasladaba a una ciudad cercana, entraba en una librería o gran superficie y esperaba con la paciencia de los santos a que alguien eligiera una de sus obras. De inmediato, pasaba a la persecución discreta, en la que ya era un consumado maestro, e iba anotando y tomando fotos de vida, costumbres y hasta vicios ocultos de sus lectores. Se dio de plazo un año de investigaciones, y una vez cumplido decidió hacer balance de sus pesquisas. Comparó sus conclusiones con esas estadísticas de lecturas y lectores que publican libreros y editores y en verdad poca diferencia había entre ambas: las mujeres superaban con creces a los hombres; el nivel cultural era de medio a alto, se leía más pasados los cuarenta, etc. Nada nuevo. Sin embargo, sí le sorprendió una nota que podía diferenciar a sus lectores del resto: después de leer sus libros, inevitablemente leían a Paul Auster. José López Romero.   

sábado, 5 de mayo de 2012

PASIONES TRISTES


Uno de los libros más inteligentes de los que he leído en los últimos tiempos es, sin duda, “Enemigos públicos”, una colección de cartas que se intercambian Michel Houellebecq, muy conocido y transitado por esta página de libros, y el filósofo también francés Bernard-Henri Lévy. Un intercambio epistolar en el que se tocan todos los temas y preocupaciones que hoy día deben hacernos reflexionar, al menos a los que sentimos como propios un mundo y una civilización que hemos y estamos ayudando a destruir, cada uno con su modesta aportación diaria. En una de estas cartas, el lamento de Houellebecq sobre la voracidad con que muchos periodistas, aves de rapiña, suelen atacar a ciertos escritores, entre ellos él mismo, cuando se airea algún lado oscuro o intimidad (el caso de sus relaciones con su madre), y los escasos medios de defensa que contra la infamia se pueden esgrimir, provoca la respuesta de B-H Lévy en la que intenta demostrarle a su interlocutor que esa “jauría” no merece la menor consideración por tres rasgos que la caracterizan: tiene miedo, es débil y es idiota. Pero lo que más me ha interesado de la argumentación de Lévy es la teoría que recoge del filósofo holandés Baruch de Spinoza sobre las pasiones tristes. Hay personas, pocas aunque más de las que quisiéramos y creemos, y lo peor, más cerca de lo que pensamos, cuyas vidas no se mueven más que por “la envidia, la burla, el resentimiento, el odio, el rencor, la maldad, la cólera, la crueldad, el escarnio, el desprecio”, éstas son las pasiones tristes de las que habla Spinoza que no dan fuerza, sino debilidad e impotencia. Mala gente, envenenada por dentro, que manifiesta a través de la mentira o la maledicencia su verdadera condición. Y contra ellos, nuestra alegría de vivir, no una alegría pasiva, sino activa, como le propone a Houellebecq  B-H Lévy: “la alegría te hace inteligente y fuerte; la maldad es un veneno y este veneno, más o menos a largo plazo, mata”. José López Romero.

sábado, 28 de abril de 2012

EL ÁTICO


Cuando le hicieron el tercer encargo, una biografía de aquel político inepto que había sido una verdadera ruina para su país, respiró aliviado. Se había metido en algunas deudas (un hermoso ático con vistas al mar) y ese nuevo libro le reportaría unos ingresos que le iban a venir muy bien para reducir la hipoteca y pagar la decoración caprichosa de su mujer. En la editorial de toda su vida de escritor estaba bien considerado, aunque no dejaba de ser un autor de segunda fila, muy por debajo en emolumentos y prestigio de las grandes firmas con que aquella editorial contaba. Sin embargo, era una pluma disciplinada, en absoluto conflictiva,  sumisa y que  aceptaba hasta de buen grado las campañas de promoción y, sobre todo, obediente a las líneas comerciales de la empresa. Sin ir más lejos, le habían recomendado que en la manera de lo posible (aunque bien sabía que esta expresión era un simple eufemismo que escondía una verdadera imposición), tratara al infame político con cierta benevolencia, (“tú ya sabes –le habían dicho- una página de fracasos y cuatro de éxitos”), porque su partido había prometido hacer una aportación económica para su publicación; una cantidad apreciable que él no acertaba a imaginar de dónde iba a salir pero que poco o nada le importaba porque, al fin y al cabo, de ahí iban a salir sus honorarios. Una obediencia que él prolongaba hasta en sus artículos periodísticos que publicaba en los diarios más afines a esa línea ideológica o (¿para qué engañarnos?) puramente comercial de su editorial. Unas semanas atrás le habían llegado felicitaciones por un artículo titulado “Violencia”, en el que denunciaba la situación de la mujer en nuestro país a todos los niveles. Un artículo repleto de tópicos manipulados, pero que él sabía sentaba muy bien en ciertas esferas. Lo mismo en su propia editorial se discriminaba a las mujeres en salarios, en puestos de trabajo, pero eso a él tampoco le interesaba. Sin embargo, en su fuero interno él reconocía que toda su literatura, la de encargo, en la que se había convertido en un especialista, y las novelas y relatos que tenían a bien publicar de vez en cuando, aunque un poco a regañadientes porque apenas cubrían gastos, más algún que otro poemario totalmente deficitario, no era el tipo de literatura que él había soñado escribir. Muchas de sus páginas no eran más que agujeros negros, llenas muchas de ellas hasta de incorrecciones porque las urgencias de tiempo no le habían permitido hacerles una última revisión, páginas llenas de mentiras, escritas contra sus lectores y contra la literatura misma, con la que –reconocía- no se había portado como un buen hijo. Pero mirando al mar desde la terraza de su flamante ático, con un vaso de whisky en la mano como si fuera su pequeña y diaria dosis de cinismo de la que ya no podía prescindir, pensaba que él no era culpable de todo aquello, en todo caso una víctima más de un mundo podrido por la crisis y por los resultados económicos, un mundo que se bastardeaba hasta en lo más sagrado: la palabra desnuda, limpia y verdadera de la literatura. José López Romero.

sábado, 21 de abril de 2012

Madame Poitrine


La exhaustividad y la profundidad en todos los aspectos con que Stefan Zweig trata a todos sus personajes biografiados, son las características más sobresalientes con que podemos definir las biografías que el gran escritor austríaco fue escribiendo y publicando a lo largo de su vida, y en esto la que dedicó a  María Antonieta no es una excepción, sino uno de sus ejemplos más acabados. En el cuadro que nos pinta de la aquella reina frívola no sólo se dibujan con detalle la psicología y costumbres de la bella mujer de Luis XVI, sino también toda la corte francesa, entre la que destaca la figura del simple e insustancial rey. Cuando nace, después de ciertas vicisitudes en las relaciones maritales, el 22 de octubre de 1781 el Delfín Luis José, de inmediato se lo ceden a una ama de cría llamada Geneviève Poitrine, “Madame Poitrine” nos dice Zweig, cuyo apellido le iría, debemos suponer, a la perfección con la exuberancia de sus pechos. Sin duda, la historia desde aquella Venus de Willendorf de generosas ubres, pasando por la loba capitolina, hasta llegar a esas amas de leche a las que seguro se debe la salud de más de un rey, abunda en órganos mamarios pródigos y acogedores, como aquellas dos tetas (y pongo un ejemplo literario) que alimentaron los últimos días de don Sebastián Romero Bárcenas, el protagonista de la novela “En la casa del padre” de J.M. Caballero Bonald, que al no admitir ya leche, vino oloroso, tisana de poleo con belladona y caldo de pichón como única comida, se pasó sus últimos meses de vida agarrado a las tetas de la ama de cría que la familia contrató y con el pezón entre sus encías. Aquel pobre y frágil Luis José padeció en su corta existencia de toda clase de enfermedades, hasta la tuberculosis atribuida a la leche de su nodriza, aquella “madame Poitrine”. La historia de sus padres ya la saben ustedes: la revolución de 1789 y la guillotina. ¿A qué tetas se arrimará el sr. Valderas? José López Romero. 

domingo, 15 de abril de 2012

RELACIONES

“El mapa y el territorio” es la última novela del siempre polémico escritor francés Michel Houellebecq que, como todas sus obras, no deja a ningún lector indiferente, y menos aún a la crítica, que rastrea en cada línea las virtudes de su prosa, si aquella le es afecta; o los más nimios defectos si, por el contrario, no es de su particular gusto o afición. Sin ir más lejos, los pasajes que el escritor copia de Wikipedia ya fueron motivo de censura por la propia fuente de información utilizada; y sin embargo, la novela obtuvo el Premio Goncourt, el galardón más prestigioso de las letras francesas. Mi compañero Ramón ha manifestado en varias ocasiones en esta misma página su admiración por esta última entrega del que sin duda es el escritor más célebre del país que tanta envidia nos tiene. Por mi parte y en esto de elogiar a Houellebecq creo que he ido más lejos que mi amigo en esta misma página, y sin riesgo de caer en fanatismos literarios, no dudaría en calificar a este autor como uno de los grandes novelistas actuales, seguramente candidato al Nobel en poco tiempo, aunque mucho me temo que los suecos lo rechazarán, porque no suelen ver con buenos ojos a esos escritores cuya vida y costumbres son, cuando menos, poco convencionales. Pero vayamos a “El mapa y el territorio”. Si tuviera que entresacar una nota de las muchas que podría destacar de esta novela, yo me inclinaría por el sentido crepuscular de las relaciones humanas cuando llegados a una edad se siente con más angustia el paso del tiempo y, con éste, la sensación de pérdida y, en consecuencia, de algo, cosas, gestos irrepetibles. Y es la despedida de los personajes el símbolo o la manifestación más ejemplar de ello. Cuando el protagonista, Jed Martin, se despide de su padre después de pasar la Nochebuena, o cuando le entrega el retrato al propio Houellebecq, o cuando se cita con su galerista Franz para poner en venta el mismo cuadro recuperado, es Jed quien se da cuenta con resignación de que puede ser la última vez que los vea. Incluso y para no poner ejemplos del mismo personaje, el comisario Jasselin tiene esa sensación de momento irrepetible cuando está comiendo con su compañero Ferber en el pequeño restaurante de París que ha elegido para despedirse de él, una vez que ha conseguido su jubilación. Y sin embargo, no son personajes tristes, apenados por la pérdida de un amigo o un familiar; parecen más bien conformes con una vida, un tiempo que no les va a permitir, o ellos mismos no quieren, volver a entablar una relación que ha tocado a su fin o, al menos, algunos de ellos así lo entienden. ¿Para qué forzar situaciones o amistades que pueden considerarse cerradas cuando tuvieron en otro tiempo su sentido y su provecho? ¿Para qué prolongarlas hasta el desgaste, hasta el tedio? Final de trayecto (porque eso parece: amistades de tren que se dan por concluida cuando cada pasajero decide apearse), en el que no hay tristeza ni amargura. Sólo les falta por decir: “fue bonito mientras duró”, pero eso es imposible en Houellebecq, mejor un “c’est la vie”. José López Romero.