Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 8 de junio de 2012

LOLITA


Gustav Klimt

“Cuando ya tenga mis años y esté en edad de casarme, quisiera encontrar un marido como usted”, me comentó un compañero que le dijo una alumna hace unos años, en una de esas cenas de despedida de promoción de Bachillerato. La adolescente, vestida para la ocasión, es decir, con todos sus encantos expuestos y elevados a la máxima potencia, le recordó de inmediato –me confesaba mi compañero- a esa “Lolita” que acuñó Nabokov, aunque reconvertida en titulada en bachiller, que no deja de ser un grado y unos años más de diferencia con aquella otra caprichosa y cruel de la literatura. No había maldad en aquella frase, sino todo lo contrario, admiración, y como halago la entendió mi compañero; aunque pensada con más calma, pronto se dio cuenta de que la muchacha cuando pasara más tiempo del que él querría, buscaría un marido para que le calentara los pies en las frías noches de invierno e incluso le leyera en la cama mientras ella esperaba que le llegara el primer sueño. Sin embargo, no desdeñemos el porcentaje de elogio que la frasecita contenía, porque en ella implícito se encuentra el efecto Pigmalión que tan exquisitamente supo llevar al teatro George Bernard Shaw, es decir, el prestigio de la cultura, del conocimiento, e incluso del magisterio en todos los aspectos educativos que aquel compañero ejerció sobre la adolescente, aspectos que habitualmente no se tienen en cuenta cuando de valorar la enseñanza se trata, y sólo se recuerdan con los años, los mismos que iban a pasar para que aquella Lolita encontrase un marido, lo cual no deja de ser un pírrico consuelo habida cuenta de la escena que les relato. “Entonces, lo de amantes ni se contempla” –le respondió con cierta retranca mi compañero para ver por dónde salía la señorita-. Ésta, le echó una mirada de complicidad al compañero de curso que tenía al lado y le dijo al profesor: “Profe, lo que usted nos ha repetido tantas veces en clase: cada uno sirve para lo que sirve”. Touché, querida. José López Romero. 

sábado, 2 de junio de 2012

SUBRAYAR


Jonathan Wolstenholme

Tuve yo en mis ya lejanos (¡muy lejanos!) años de estudiante universitario a un profesor de crítica literaria, poeta por aquellos tiempos en ciernes y hoy consagrado, que afirmaba, seguramente por su propia experiencia, que el poeta está en permanente búsqueda de un verso feliz, ése sobre el que hace gravitar todo el poema o, incluso, el que puede salvarlo del olvido; pero para esto último, más que feliz, habría que calificarlo de divino. Es posible. Concedámosle a la teoría de aquel profesor al menos el beneficio de lo plausible, porque en esto de la poesía cualquier afirmación puede convertirse en dogma; ese dogma que, a partir de cierto momento como lector, he seguido y rastreado en buena parte de los libros que he leído en busca de ese verso o de una frase, siquiera una, que me iluminara la novela o el poema que estaba leyendo. Y así, me he convertido en subrayador de fragmentos en los que (me atrevo a decirlo) adivino la inspiración celestial que alienta al creador, o quiero destacar por alguna experiencia personal o porque los considero simplemente interesantes. En un principio hacía el subrayado de forma inconstante y apresurada (aún me acuerdo de aquel inicial “Narciso y Godmundo” de Hermann Hesse), pero con el tiempo he perfeccionado la mecánica y no falta en mi mesa la regla y el lápiz de color (rojo o azul), instrumentos callados pero sabedores de la importancia que les he concedido en mis lecturas. Y así, cuando reviso o releo alguna obra, siempre encuentro la huella que dejé en aquella primera lectura, huella a veces inexplicable pasados los años, aunque en la mayoría reconozco el pálpito que me hizo destacarla sobre el resto de las páginas. Permítanme que, a modo de ejemplo, ponga la última obra que estoy leyendo (aún no acabada), se trata de “Balas de plata”, interesante novela del mexicano Élmer Mendoza. En una de sus páginas he subrayado la frase siguiente: “Como dice Rudy, reflexionó, la comida para que sea buena debe hacer un poquito de daño”; una frase que seguramente responde a mis vivencias personales, más cuando uno ya está amarrado al duro banco del omeoprazol. Y, en la misma página, he subrayado: “los asesinos carecen de algo que él tiene a mares (se refiere a un sospechoso): aptitud para la tristeza”. Una frase que, en mi opinión, salva toda una novela, al margen de la  indudable calidad del relato de Élmer Mendoza. Sin embargo, hay novelas y autores que por mucho que he intentado subrayar pasajes, frases o pequeños fragmentos, me ha sido del todo imposible, porque tendría que gastar cajas y cajas de lápices: “El amor en los tiempos del cólera” o el relato “El rastro de tu sangre en la nieve” del gran García Márquez, por ejemplo, y últimamente “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez. De los muchos, muchísimos pasajes que he ido subrayando de esta excelente novela, me quedo con el siguiente: “Él y yo sabemos qué largo es el tiempo sin un beso y ahora, probablemente, no nos quede suficiente para resarcirnos. El miedo, el frío, el hambre, la rabia, la soledad desalojan la ternura”. El dedo de Dios. José López Romero. 

sábado, 26 de mayo de 2012

VENERACIÓN


“Sospecho que esta novela debe de ser una gran novela”, me dijo el otro día una amiga a la que no dudo en considerar una lectora inteligente y capaz de distinguir lo bueno de lo malo, la buena de la mala literatura. Y es que ante ciertos nombres que forman parte del parnaso actual, muchos lectores terminan por agachar la cabeza, algunos hasta se ponen de rodillas en una veneración casi religiosa que les embota no sólo los sentidos, sino hasta el poder de discernimiento. Y sin embargo, en más de un caso esta elevación a los cielos de las letras se debe a campañas publicitarias bien diseñadas, con toda la artillería de medios de comunicación potentes puesta a disposición del encumbrado, cuya calidad literaria aparece y desaparece, como el Guadiana, entre sus libros. No todo lo que escribe un determinado autor debe ser bueno, por el simple hecho de llamarse como se llame, y porque ese nombre haya terminado por considerarse sagrado en ciertos círculos de influencia. El miedo infundado de enseñar nuestras vergüenzas de lector limitado o fácil, nos lleva a ocultar nuestra opinión de lo que nos ha parecido un verdadero bodrio. Es el eterno cuento del traje del rey convertido en crítica literaria: nadie se atreve a gritar que el rey va desnudo por temor a las distintas represalias que cambian según las versiones de la tradición oral. Y son tantas las circunstancias que pueden hacer mala una novela, las cuales se escapan a los lectores, que no debemos renunciar a nuestro espíritu crítico por mucho nombre y muy venerado que éste sea: el tirón comercial, que incluso ha obligado a más de uno a desempolvar viejas novelas de juventud; las urgencias en el cumplimiento del contrato firmado con la editorial y ya cobrado y gastado; la literatura fácil, etc. “Por eso dejé yo –me decía en la misma reunión otra lectora igualmente inteligente- de leer a cierto autor, porque en las continuaciones de cierta saga detectivesca me parecía que se aprovechaba del éxito de la primera novela”. Y nada de sospecha, con toda la razón del mundo. José López Romero.

viernes, 18 de mayo de 2012

EL MÉTODO


Federico Zandomeneghi
Era tal su admiración por Paul Auster desde que cayeron en sus manos las primeras novelas del escritor norteamericano, que para él era como un ritual la lectura de sus nuevas publicaciones, las mismas que se apresuraba a comprar en cuanto aparecían en los escaparates de las librerías. Con devoción casi mística se sumergía en las páginas de aquellas “obras de arte” sin que problema externo lograra distraerlo o lo sacara de su arrobo. Y allá por los años finales de la década de los noventa leyó o devoró “Leviatán”, que años antes había obtenido el premio Médicis. Pero el personaje que más le fascinó de aquella novela fue María Turner, aquella fotógrafa que perseguía durante todo un día a la primera persona que se cruzaba por la calle por la mañana, y le iba haciendo fotos clandestinas para después imaginarse su vida; en verdad, aquella María Turner era todo un personaje lleno de posibilidades literarias. Y aquel era, lo tenía decidido, el método que necesitaba para convertirse él también en escritor, como lo eran el complejo Sachs y Peter Aaron, los protagonistas del relato de Auster. Y durante años se dedicó a perseguir a personas por la calle, anotar sus movimientos, sus conversaciones, hacer fotos sin ser visto por sus observados, y de ellos fue sacando toda la información que después convertía en novelas, pequeños relatos y hasta ensayos del comportamiento humano. El método funcionaba a la perfección y la materia de trabajo era sin duda inacabable; en realidad no había encontrado un método sino un filón inagotable, sólo tenía que sentarse en la terraza de un bar observar y escuchar, y la novela se escribía sola. Y cuando ya disfrutaba de una más que holgada posición económica y un cierto prestigio en los círculos intelectuales del país, le dio por disfrazarse (no quería correr el riesgo de que lo reconocieran) y empezar a perseguir a sus lectores. Quería saber no la opinión que de sus escritos podían tener, no le interesaba lo más mínimo, sino más bien en qué casas vivían y cómo estaban decoradas, qué coches o amistades tenían; sus familias, especialmente sus cónyuges, o incluso qué les gustaba comer y beber. Para su observación, se trasladaba a una ciudad cercana, entraba en una librería o gran superficie y esperaba con la paciencia de los santos a que alguien eligiera una de sus obras. De inmediato, pasaba a la persecución discreta, en la que ya era un consumado maestro, e iba anotando y tomando fotos de vida, costumbres y hasta vicios ocultos de sus lectores. Se dio de plazo un año de investigaciones, y una vez cumplido decidió hacer balance de sus pesquisas. Comparó sus conclusiones con esas estadísticas de lecturas y lectores que publican libreros y editores y en verdad poca diferencia había entre ambas: las mujeres superaban con creces a los hombres; el nivel cultural era de medio a alto, se leía más pasados los cuarenta, etc. Nada nuevo. Sin embargo, sí le sorprendió una nota que podía diferenciar a sus lectores del resto: después de leer sus libros, inevitablemente leían a Paul Auster. José López Romero.   

sábado, 5 de mayo de 2012

PASIONES TRISTES


Uno de los libros más inteligentes de los que he leído en los últimos tiempos es, sin duda, “Enemigos públicos”, una colección de cartas que se intercambian Michel Houellebecq, muy conocido y transitado por esta página de libros, y el filósofo también francés Bernard-Henri Lévy. Un intercambio epistolar en el que se tocan todos los temas y preocupaciones que hoy día deben hacernos reflexionar, al menos a los que sentimos como propios un mundo y una civilización que hemos y estamos ayudando a destruir, cada uno con su modesta aportación diaria. En una de estas cartas, el lamento de Houellebecq sobre la voracidad con que muchos periodistas, aves de rapiña, suelen atacar a ciertos escritores, entre ellos él mismo, cuando se airea algún lado oscuro o intimidad (el caso de sus relaciones con su madre), y los escasos medios de defensa que contra la infamia se pueden esgrimir, provoca la respuesta de B-H Lévy en la que intenta demostrarle a su interlocutor que esa “jauría” no merece la menor consideración por tres rasgos que la caracterizan: tiene miedo, es débil y es idiota. Pero lo que más me ha interesado de la argumentación de Lévy es la teoría que recoge del filósofo holandés Baruch de Spinoza sobre las pasiones tristes. Hay personas, pocas aunque más de las que quisiéramos y creemos, y lo peor, más cerca de lo que pensamos, cuyas vidas no se mueven más que por “la envidia, la burla, el resentimiento, el odio, el rencor, la maldad, la cólera, la crueldad, el escarnio, el desprecio”, éstas son las pasiones tristes de las que habla Spinoza que no dan fuerza, sino debilidad e impotencia. Mala gente, envenenada por dentro, que manifiesta a través de la mentira o la maledicencia su verdadera condición. Y contra ellos, nuestra alegría de vivir, no una alegría pasiva, sino activa, como le propone a Houellebecq  B-H Lévy: “la alegría te hace inteligente y fuerte; la maldad es un veneno y este veneno, más o menos a largo plazo, mata”. José López Romero.