Si las estadísticas están para
creérselas a medias, la mitad que tienen de verdad nos explica con solo unos
pocos números lo que está pasando o los cambios que se producen en la sociedad.
Un dato: “en los primeros seis meses de
2013 se publicaron 1.379 libros (un 4%) de temática deportiva. El libro más
vendido fue el de Antoni Daimiel sobre la NBA”. Quizá la literatura deportiva
(¿hablaremos ya de un género?) no haya interesado tanto a lectores-espectadores
y deportistas-protagonistas porque la cultura, no sé si por una tradición mal
entendida, ha conciliado poco o nada con el ejercicio físico. A pesar de que los
tiempos de Pahíño quedan ya muy lejos, aún la opinión pública se sigue
sorprendiendo de que los deportistas en general, y los futbolistas en
particular, tengan inquietudes culturales e intelectuales. Hace unos días, en
una entrevista reportaje a Juan Mata, el flamante fichaje del Manchester
United, el periodista destacaba las dos carreras universitarias que estaba
estudiando y sus gustos lectores, entre los que citaba a Haruki Murakami. Y no
por casualidad he nombrado antes a Pahíño, porque hace también un tiempo que
leí en un periódico cómo este jugador, que se llamaba en realidad Manuel
Fernández y Fernández y que militó durante la década de los años 40 en equipos
como el Real Madrid y el Celta de Vigo, gustaba de leer a los novelistas rusos,
lo que junto con algún incidente con un cierto general de la época, le valió no
pocos disgustos. El caso de Pahíño lector de Tolstoi, Dostoievski e incluso
Hemingway por aquellos terribles años de la postguerra sí era una rarísima
excepción, pero que aún se siga destacando en Juan Mata su gusto por la lectura,
en pleno siglo XXI, es una forma de decirnos que el mundo del fútbol en este
aspecto ha cambiado muy poco o casi nada. Y es una lástima porque, ya lo he
dicho en otras ocasiones, no habría mejor campaña para la lectura que saliera
Messi o CR7 en la televisión recomendando un libro. Aunque, y perdonen mis
prejuicios, no me los imagino. José López Romero.
Julio Cortázar
"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)
viernes, 7 de marzo de 2014
sábado, 22 de febrero de 2014
MIS LIBROS
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| Pintura de Jonathan Wolstenholme |
De entre los cientos de libros que
tengo en mi casa y que ya abarrotan y hasta desbordan las estanterías, los
muebles y cualquier otro espacio susceptible de colocar un libro, aunque sea de
canto, hay tres o cuatro que llevan varios meses detrás de mí con el afán de
que los lea. En más de una ocasión, al pasar cerca de ellos he notado como un
siseo y a veces hasta un suave agarrón de la manga, todo para que les preste
atención y decida, de una vez por todas, leerlos. Y en más de una ocasión he
tenido que pasar más deprisa que de costumbre y con un “no es el momento. No
tengo tiempo ahora”, tan apresurado como mi paso, me he escabullido, como
cuando te asalta en la vía pública una señorita para explicarte las magníficas
ofertas de una tienda de perfumes o las últimas novedades en telefonía móvil. Y
al volverme, ya pasado el estante, noto la profunda decepción marcada en sus
portadas y vuelven a ordenarse en el anaquel, del que se habían adelantado unos
centímetros con el fin de abordarme a mi paso. Y aunque ya la situación es de
por sí desagradable, la tensión aumenta cuando me dispongo a coger otro libro
para su lectura. Percibo una cierta agresividad en el ambiente, y más de una
vez he creído oír un “¿y por qué este, si lo has comprado hace menos tiempo que
a nosotros? ¿Es acaso más interesante? ¡Si ni siquiera nos has visto por dentro
para comparar! ¡Qué ingratitud!”. Yo soy el primero en reconocer que un libro
está escrito con el único fin de que sea leído, y hasta puedo seguir
reconociendo que todo libro tiene algo que puede interesar a cualquier lector, hasta
del peor algo se aprende, suele decirse aunque en esto tengo mis serias dudas,
casi certezas de lo contrario después de llegar a mis manos alguna publicación
última. Pero la compra de un libro obedece a muy variadas razones. Unos son
exclusivamente de consulta; otros, la mayoría, se compran para saber que se
tienen en el momento en que se decide su lectura; y los menos, para leerlos de
inmediato por algún motivo especial o incluso profesional. Y más de un libro
del tercer grupo ha pasado al segundo por falta de tiempo o porque ese motivo
urgente ha terminado por dilatarse hasta posponer sine die su lectura. Y si
abundamos en ello, cada vez estoy más convencido de que hay libros y, si me
apuran, tipos de libros, que tienen una edad para leerse (¡aquellas obligadas
lecturas de infancia y adolescencia!), y la mayoría un momento del año, y que
pasados estos ya nos cuesta más esfuerzo emprender su lectura, o no se digiere
esta si las condiciones hubieran sido las idóneas. Pero estas razones ¿quién se
las puede explicar a mis descontentos libros? Hoy me he acercado a ellos y les
he dicho que en estos días voy a coger uno. A la media hora me grita mi mujer: “¡Ya
estamos otra vez! ¿qué les has hecho a los libros? En esta estantería hay tres
o cuatro peleándose a hoja partida y diciéndose unos a otros “yo el primero”.
¡Que los libros se peleen por su lectura, mientras los humanos se pelean por no
leer! El mundo definitivamente al revés. José López Romero.
RESEÑAS
La civilización del espectáculo
Mario Vargas Llosa.
Punto de lectura, 2012.
Su faceta como
novelista ha oscurecido un tanto su labor como finísimo crítico literario, con
una serie de trabajos que tiene en títulos como “García Márquez: historia de un
deicidio”, “La orgía perpetua” (un ensayo dedicado a Flaubert y su “Madame
Bovary”), o “La verdad de las mentiras” (magnífico repaso por las veinticinco
mejores novelas del siglo XX) excelentes ejemplos de su dedicación a la
literatura. Pero Vargas Llosa es mucho más que eso. Es sobre todo un hombre
preocupado por el mundo en el que le ha tocado vivir, y por ello concienciado
de que ningún problema le debe ser ajeno, y que aborda incansablemente en sus
artículos periodísticos. Y en relación con ello, tenemos “La civilización del
espectáculo”, un trabajo en el que critica la banalización de la cultura actual
que lejos de ser el motor y transformador de la sociedad, se ha convertido en
puro entretenimiento y diversión. Un libro muy recomendable en todos los
aspectos. J.L.R.
Viaje sentimental
Laurence Sterne.
Debolsillo, 2012.
Laurence Sterne está
indisolublemente unido a su gran novela “Vida y opiniones del caballero
Tristram Shandy” (buena edición en Cátedra, Letras Universales; aunque más
famosa es la traducción de Javier Marías, premio Fray Luis de León de
traducción de 1979). Y con el “Tristram Shandy” su no menos íntima relación con
el “Quijote”, del que se convirtió Sterne en uno de sus grandes seguidores
ingleses. El “Viaje sentimental” relata las experiencias vividas por el propio
Sterne cuando decide viajar por Francia e Italia en busca de climas más
templados para su maltrecha salud. Se respira en toda la obra esa fina ironía
tan característica de los novelistas ingleses del XVIII (Fielding, por ejemplo)
y que en Sterne es uno de sus rasgos más sobresalientes. A pesar de los recelos
de los británicos por el continente, el calificativo de la obra, “sentimental”,
define a la perfección el tono y la actitud de Sterne. Un libro para disfrutar.
J.L.R.
sábado, 15 de febrero de 2014
MALES
Salvando el natural rechazo que
produce el asunto, más cuando todos nos deseamos, sobre cualquier otra cosa,
salud… y un poquito de dinero, de siempre me ha gustado la palabra “males”
referida o como sinónimo de enfermedad. “Tiene males en la familia”, le oía a
mi madre cuando de compadecer a algún conocido o amigo se trataba. Pues bien,
al margen del gusto y el disgusto por las palabras, he detectado en los últimos
años dos enfermedades, dos males que afectan a buena parte de la población
española, uno por exceso y otro por defecto y que tienen a los libros como
causa primera y única. El primer mal, al que podríamos denominar “voluminosis”,
se presenta en aquellos individuos que suelen leer de forma compulsiva, devoran
libros y libros, sin que quede en ellos sedimento alguno de una lectura, que se
hace apresurada y falta de las condiciones mínimas para que esta vaya creando un
poso de conocimiento e información. Los libros se miden por cantidad, es decir,
por número de páginas por minuto, por volúmenes fagocitados por día. Y con ser
esta enfermedad de pronóstico reservado, la segunda no podemos por menos que
calificarla de grave. Consiste en una especie de repugnancia al formato libro.
Los individuos que la padecen sufren como mareos y vómitos con la sola visión
de un libro, y llegan al desmayo cuando se encuentran entre sus manos con un ejemplar
de una novela que encima tienen que leer. El rechazo a la letra impresa ha sido
desde los comienzos de aquel infernal invento de Gutenberg, una de las
enfermedades más extendidas en la población española, hasta el punto de que por
momentos, estos mismos que nos han tocado vivir, puede llegar a alcanzar la
categoría de epidemia. Muchos escolares confiesan sin pudor su aversión al
formato libro, a ese cúmulo de páginas encuadernadas que les obligan a leer en
los colegios, sin saber, como tampoco lo saben sus propios profesores, que es el
síntoma de una enfermedad. Y aunque soy partidario de la terapia de choque, en
este asunto aplico el concepto de las dietas: “la que es original, no es buena;
y la que es buena, no es original”. Por tanto, vida sana y buena educación.
José López Romero.
sábado, 8 de febrero de 2014
PROHIBICIÓN
El 9 de junio de 1765, el rey
Carlos III se sirvió “mandar prohibir absolutamente la representación de los
autos sacramentales, alegando ser los teatros lugares muy impropios y los
comediantes instrumentos indignos y desproporcionados para representar los
Sagrados misterios de que tratan”. La Real Orden de prohibición era el
resultado final de una campaña de acoso y derribo contra la representación de
estas piezas teatrales tan populares en el Barroco, que habían orquestado
escritores como Clavijo y Fajardo y Nicolás Fernández de Moratín emprendida
años antes. Con esta medida tomada por el rey ilustrado por excelencia, se inicia
una sucesión de prohibiciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII
que llegaría hasta la primera década del siglo siguiente. Vayamos a los datos.
El 17 de marzo de 1788, reinando aún Carlos III, se prohíben las comedias de
magia en virtud de un auto expedido por el Juzgado de Protección de los Teatros;
el 28 de diciembre de 1799 la prohibición afecta a la ópera italiana; y finalmente, en 1800 se
prohíben las comedias de jaques y bandoleros. En el abigarrado y complejo mundo
teatral del siglo XVIII, donde se mezclan las tragedias y las comedias al gusto
neoclásico con los epígonos de un teatro barroco a veces reformado y, las más
de las veces, corrompido hasta lo irreconocible con tal de halagar el gusto de
la plebe, a lo que hay que añadir la ópera y sus derivados procedentes de
Italia; en este mundo, decimos, no es de extrañar que las voces intelectuales
más autorizadas intentaran y consiguieran poner coto a tanto despropósito y
hacer limpieza para aclarar el panorama teatral. Hoy, verbos como “prohibir” e
“imponer” no tienen precisamente buena prensa y concilian poco o nada con el
interés de un pueblo (ese “vulgo que gusta más de lo admirable que de lo
verosímil”), que ejerce su soberanía democrática como le viene en gana. Sin
embargo, cuando del dinero público se trata, quienes están encargados de
administrarlo deberían ser más cuidadosos con las subvenciones a espectáculos y
representaciones artísticas, porque tras la apariencia o excusa de “arte” se
esconden auténticos bodrios que ya ni por lo necio y grosero da gusto. La
penúltima: “Los amantes pasajeros” del inefable Almodóvar, mala hasta el
delirio. Con esto ni se pretende comparar la horrorosa película con los autos
sacramentales y ni mucho menos proponer su prohibición, pero no estaría de más
que la propia gente de la cultura, sobre todo la más beligerante con los
tiempos y las dificultades que ahora sufren y de las que tanto se quejan,
mostrara su desacuerdo con la asignación de subvenciones a películas de ínfima
calidad que en nada prestigia a nuestro cine, pero está claro que la sombra y
la influencia del más que irregular director manchego es demasiado alargada y
muy pocos, o nadie se atrevería a negarle o discutirle una suculenta
subvención. ¡Y para colmo, según señalan las estadísticas, “Los amantes
pasajeros” es la película española más taquillera del pasado año! “Father,
vengo de ver la última película de Almodóvar”, me acaba de decir mi hija. ¡Ea!
¿Y ahora cómo publico yo esto? José
López Romero.
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