Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

jueves, 21 de julio de 2016

LECTURAS DE VERANO II

Tren nocturno
Martin Amis. Anagrama, 2015.

La editorial Anagrama lanzó el pasado año una nueva colección de libros a módico precio (Anagrama Edición limitada), que viene a sumarse a la ya asentada Compactos Anagrama, y toda iniciativa que haga más asequible al común de los bolsillos la literatura tiene aquí nuestra rendida admiración. Uno de los títulos editados es esta novela del polémico escritor británico Martin Amis titulada Tren nocturno, un relato policiaco, al mejor estilo clásico del género, con la protagonista femenina, la detective Mike Hoolihan, exalcohólica y fumadora empedernida, a quien le toca resolver la muerte de la joven Jennifer Rockwell, hija del coronel de policía, antiguo superior de Mike, y novia del profesor de Filosofía Trader Faulkner, con el que hacía una pareja modelo. ¿Suicidio? Los tres balazos encontrados en la cabeza hacen sospechar que muy difícilmente pudo la joven suicidarse, pero... J.L.R. 

Una letra femenina azul pálido
Franz Werfel. Anagrama, 2015.


Y de la misma colección (Anagrama, edición limitada) recomendamos también esta novela corta del escritor checo Franz Werfel (Praga, 1890), amigo de Kafka, que tuvo que emigrar a EE.UU. en 1940, a consecuencia de la II Guerra Mundial; en  Beverly Hills moriría cinco años más tarde. Autor polifacético (novelista, poeta y dramaturgo), Werfel con este tan atractivo título nos relata la historia de Leónidas, jefe de sección del Ministerio de Educación, que desde su casamiento con la rica Amelie Paradini disfruta de una vida llena de tranquilidad y placer. A sus cincuenta años recién cumplidos es un hombre satisfecho sobre todo consigo mismo. La carta que recibe una mañana, escrita con letra femenina azul pálido le lleva a recordar una vieja historia de amor que mantuvo, al poco de casarse, con Vera Wormser, y con el recuerdo el desasosiego. Magnífica. J.L.R.


viernes, 8 de julio de 2016

LECTURAS DE VERANO I

Stoner

John Williams. Baile del Sol, 2010.
John Williams publicó por vez primera esta novela en 1965 y durante décadas –según nos cuenta Vila-Matas en un artículo- permaneció ignorada por público y crítica, los mismos que desde su reedición a principios de este siglo no escatiman el justo elogio, porque Stoner  es sin ninguna duda una magnífica novela. Una novela quizá mal entendida por las modas o corrientes literarias imperantes en los sesenta, porque uno tiene la sensación al leerla de que se encuentra ante una de las grandes narraciones del siglo XIX, es decir, ese tipo de novelas que lejos de perder con el tiempo, se han ido agrandando hasta formar parte de ese pequeño y selecto número de obras universales. El gris y aparentemente desapasionado profesor de la Universidad de Columbia (Missouri), William Stoner es uno de los grandes personajes literarios del siglo XX. J.L.R.

El hijo de César

John Williams. Ediciones Pàmies, 2008

Y por no hacer mudanza en mi costumbre de leer alguna obra más del autor cuya primera novela me ha gustado, como es el caso de J. Williams y de la antes reseñada ‘Stoner’, no me resistí a ‘El hijo de César’, es decir, a sumergirme en la figura de Octavio Augusto a través de la serie de cartas que los diversos personajes que van apareciendo por la vida del gran emperador romano se envían, muchas de ellas abordando el mismo asunto pero desde perspectivas distintas. Una magnífica novela histórica con todo lo que de este género se espera cuando se hace con maestría: rigor histórico y enorme calidad literaria. La estructura epistolar nos recuerda otra obra maestra del género que precisamente se ambienta en la misma época: ‘Los idus de marzo’ de otro escritor norteamericano: Thornton Wilder. J.L.R.   

domingo, 26 de junio de 2016

CAMPAÑAS

Desechada ya por falta de verosimilitud y decoro (“relación entre lo que se puede esperar de los personajes y lo que estos efectivamen­te hacen”), dos conceptos que tanto gustaban a Cervantes, la idea de hacer una campaña de promoción de la lectura con Cristiano Ronaldo y Messi leyendo un libro (aún recuerdo emocionado una foto del Fari con un libro en sus manos), no queda más remedio que atacar el inveterado desapego o repelús de nuestros ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, de la letra impresa con campañas más agresivas o, al menos, más originales. Y para ello nada mejor que ponernos en el papel de aquellos antiguos arbitristas que durante los siglos XVI y XVII mandaban memoriales al rey con las propuestas más peregrinas para solucionar los problemas endémicos de nuestro país, sobre todo los económicos, y que tanto ridiculizaron los escritores de aquellos siglos, sirva como ejemplo la insuperable sátira que don Miguel incluye en su “Coloquio de los perros”. Y puestos a jugar, se podría satisfacer el apetito lector con libros cuyas páginas pudieran, una vez leídas, comerse. Y si el libro en papel higiénico ya está inventado, aunque con escaso éxito, unos preservativos  con poemas de amor no digo yo que no le añadiría más sentimiento o, al menos, más poesía al asunto, tan necesitado de ello en estos últimos tiempos (ya lo veo: “deme una caja de doce de Pablo Neruda”). Pero si tuviese que elegir una buena idea, sin duda me quedaría con la ocurrencia de un iluminado de finales del siglo XVIII para recuperar el peñón de Gibraltar: que cinco mil soldados llevaran al cuello un escapulario de la Virgen del Carmen, que los haría invulnerables a las balas de los herejotes ingleses. Ante el fracaso estrepitoso de las campañas que han intentado mejorar los índices lectores de nuestro país, yo voto por el escapulario. Es simple cuestión de fe. José López Romero.

sábado, 18 de junio de 2016

LECTORES / LECTURAS

“Me recuerdas a alguien que solo lee el primer capítulo de un libro. Nunca llegas a averiguar qué sucede después”, le reprocha su amigo Asif a Jay, el protagonista de ‘Intimidad’, la novela de Hanif Kureishi que hace unas semanas reseñamos en esta página. Y esta frase me ha llevado a recordar la pregunta, tan socorrida pero también tan esclarecedora, que se le suele hacer en las entrevistas a toda persona relacionada de una forma u otra con los libros o la cultura en general: “¿has dejado algún libro sin terminar de leer?”. Y en las respuestas pocos son ya los que aseguran que una vez abierto un libro no paran hasta terminarlo, aunque en ello empeñen tiempo y esfuerzos baldíos. La gran mayoría confiesa que a lo largo de su vida lectora, más de uno y de varios, por no decir muchos libros, se les han resistido o, dicho de otro modo, son ellos, los lectores, los que no han tenido la suficiente fuerza de voluntad para acabarlos, o lo han pensado mejor y han decidido no invertir ese tiempo y ese esfuerzo en algo que en poco o nada les va a beneficiar. Por mi parte, confieso que en mi ya lejana juventud fui lector persistente hasta la terquedad: libro abierto, libro que debía acabar, hasta que en un periodo de crisis lectora (todos pasamos en un momento u otro de nuestras vidas por distintas crisis), tomé la difícil decisión de cerrar un libro sin terminar. Aquel acto, no exento de una sensación de pecado fue, sin duda y en cambio, una liberación. Liberación que, sin embargo, ahondó más la crisis y atravesé un periodo de lector de las primeras veinte páginas, es decir, en lector de primeros capítulos, como le reprochaba Asif a su amigo Jay. Hace unas semanas me distraía soportando (¿o soportaba distraído?) la película titulada ‘Alex y Emma’ (Kate Hudson y Luke Wilson), en la que Emma reconocía que antes de empezar un libro, tenía que leer las últimas páginas; si estas le llegaban a interesar, emprendía su lectura; un tipo cuando menos extraño o raro de lectora esta Emma, como así se lo echaba en cara Alex. A veces la forma de leer, nuestros hábitos lectores dicen mucho más de nuestra personalidad e incluso nos definen de forma más clara que un psicoanálisis. Vivir la vida con la inconstancia del lector de primeros capítulos (que es la verdadera intención de Asif y de ahí su reproche a Jay), puede ser tan perjudicial como empecinarse en terminar un libro que ya no nos va aportar nada, que en nada nos va a beneficiar. Los libros son al fin y al cabo como las relaciones humanas: los amigos de la infancia y juventud o aquellos que permanecen para toda la vida; las novias y novios ocasionales (de primeros capítulos) y el libro que leeremos una y otra vez hasta el fin de nuestros días; el trabajo que no nos gusta porque aspiramos a un libro mejor… Y así, abrimos los libros de la misma forma que conocemos a las personas. Algunas no aguantan ni las veinte primeras páginas, y a otros (como los políticos) mejor conocerlos por las veinte últimas. José López Romero. 

sábado, 4 de junio de 2016

LA CONFUSA

“La Confusa” es el título de una obra teatral del gran Cervantes que permanece desaparecida, a pesar de los siglos transcurridos y del número, ya incontable, de rastreadores de biblioteca que a lo largo de todos estos años han dedicado sus esfuerzos a investigar el teatro de don Miguel y, de camino y si la fortuna fuera propicia, a encontrar pieza tan deseada, porque su hallazgo es sinónimo sin duda de gloria y fama. Y a pesar de su pérdida, sabemos de su existencia porque el propio Cervantes la cita y pondera en la “Adjunta al Parnaso” en los siguientes términos: «Mas la que yo más estimo, y de la que más me precio, fue y es de una, llamada La Confusa, la cual, con paz sea dicho de cuantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado, bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores». Una opinión tan favorable, aunque pueda parecer imputable al amor que siente un padre por la criatura de la que es creador, se puede confirmar por la excelente acogida que tuvo esta obra entre el público durante mucho tiempo, ya que en 1627 todavía formaba parte del repertorio de la compañía de teatro dirigida por el cómico Juan Acacio, cuando “La Confusa” puede fecharse antes de 1585, es decir, en los años en que Cervantes escribió buena parte de sus obras teatrales y alcanzó en las tablas no poca admiración y reconocimiento. Y precisamente cuando en este año celebramos el cuarto centenario de la muerte de nuestro príncipe de las letras y, por tanto, debemos enorgullecernos del idioma a cuyo esplendor tanto contribuyó, se nos aparece la señorita Barei en el festival de Eurovisión, seguramente confusa entre tanta celebración, y nos canta en el idioma del gran Shakespeare, de cuya muerte también se cumple su correspondiente efeméride. Sin embargo, el resultado final no dejó lugar a la confusión: el puesto 22º de 26 participantes; nada que ver con el éxito que cosechó en su tiempo aquella otra “Confusa”. José López Romero.