Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

sábado, 29 de abril de 2017

UN PRÉSTAMO

El otro día acudí a una entidad bancaria a pedir un préstamo. Me gusta más esta palabra que “crédito” porque así no me olvido de que los bancos no son más que al fin y al cabo unos prestamistas. Y cuando llegó el siempre espinoso y desagradable asunto de las garantías, saqué de una maleta que llevaba unos cuantos libros, lo más granado y selecto de mi biblioteca: clásicos en ediciones rigurosas, primeras ediciones de poetas contemporáneos, y hasta alguna novela del siglo pasado ya agotada. Mientras los iba poniendo encima de la mesa, noté que el cliente de la mesa de al lado (es lo bueno que tienen ahora las sucursales, que al no disponer de despachos, la privacidad es más bien escasa, por lo que los clientes pueden consolarse y resignarse en su paupérrima situación financiera), me observaba con cierta expectación (seguro que ya estaba intentando recordar los libros que tenía en su casa). El empleado, aunque con la misma amabilidad que durante toda la conversación había mantenido, me preguntó por lo que estaba haciendo. “No saque, por favor, más libros, caballero”, me dijo en un tono tan cortés como sorprendido, aunque percibí un matiz de incomodidad. La verdad es que le estaba llenando la mesa. “¿Y esto?”, me preguntó cuando di por finalizado mi trabajo. “Desde el siglo XII, caballero –le expuse- los libros eran considerados objetos comerciales y los prestamistas los aceptaban como garantía subsidiaria, como así lo afirma el gran Alberto Manguel en ‘Una historia de la lectura’ y recuerda Jorge Carrión en su libro ‘Librerías’. Así pues, yo vengo a pedir un préstamo y le pongo encima de la mesa (literal) mis libros más valiosos. Fíjese en este ‘Quijote’ de Crítica, o en estas ediciones de la RAE de las obras cervantinas. Mire, mire esta bella edición de las poesías completas de Antonio Colinas…”. “Pare, pare usted, caballero. Usted mismo lo ha dicho, los libros valían algo en el siglo XII, pero me temo que poco o nada valen ahora”. Y tal como los saqué, los fui metiendo en la maleta (el cliente de al lado me echó una mirada triste pero solidaria, se notaba su decepción). Y salí de aquella casa de préstamos sin un euro pero aliviado y contento. José López Romero.

viernes, 21 de abril de 2017

FÁBULAS


Aunque sus raíces se hunden en el mundo clásico, con el griego Esopo y el latino Fedro a la cabeza, quizá la consideración general de la fábula es la de ser un género menor dentro de la historia de la literatura, que disfrutará de un espléndido renacer en el siglo XVIII con Félix María Samaniego y Tomás Iriarte en nuestro país, herederos de una amplia tradición que tiene como referencia al mundo clásico, a la literatura didáctico-moral de la Edad Media (‘Libro del Conde Lucanor’ o el ‘Libro de buen amor’), a la literatura paremiológica y de emblemas renacentista y al francés Jean de la Fontaine. Porque las fábulas no son nada más y nada menos que, como define el diccionario de la RAE: “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. Pero lo que ya no sabe tanta gente es que el género, lejos de desaparecer con los ilustrados dieciochescos, alcanzó un esplendor inusitado a lo largo de la centuria siguiente, el siglo XIX, con colecciones dirigidas especialmente al mundo infantil para su formación académica y, sobre todo, moral, con lo que la intención didáctica, consustancial al género, no solo se mantenía sino que incluso se intensificaba. Y como paradigma de esta literatura para niños y niñas puede citarse ‘El libro de los niños’ (título elocuente), obra de la que se publicaron más de setenta ediciones, de Francisco Martínez de la Rosa, el famoso dramaturgo romántico (‘La conjuración de Venecia’). Todo un éxito de ventas. Y ya que el género estaba de moda, otros escritores lo aprovecharon para adoctrinar moral y religiosamente al público adulto, mucho más necesitado de estos mensajes o sermones que la tierna infancia; y así nos encontramos con los ‘Solaces poéticos’ de la marquesa de Pardo Figueroa, hermana del célebre asidonense Doctor Thebussem, cuyos versos hacía imprimir para recaudar fondos destinados a obras benéficas. Pero también las fábulas decimonónicas sirvieron para criticar y exponer a la pública vergüenza vicios y malas costumbres de la época que son, al fin y al cabo, los mismos en todos los tiempos, y los nuestros no son en este sentido y por desgracia una excepción. Pongamos un ejemplo tomado de la ‘Historia de la Literatura Española. Siglo XIX’ (tomo II, Espasa, coordinada por Leonardo Romero Tobar). El escritor Fernández Baeza critica en su fábula del perro y el gato cómo los gobernantes no cumplen las promesas hechas en las elecciones y  se enriquecen a costa del erario público, y tanto la oposición como la prensa, que tienen a su cargo denunciar los abusos, dejan de hacerlo cuando les conviene: “A cuantos como el perro he conocido / que lanzando al Gobierno ataques rudos / un trozo de turrón los dejó mudos”. Intemporal. José López Romero.


sábado, 8 de abril de 2017

EL COCINERO ERA MESSI

En una reciente entrevista, Messi confesaba que el único libro que leía era el que compartía por las noches con su hijo. Nada que reprochar, muy al contrario. ¡Cómo reprocharle al mejor jugador del mundo (soy madridista, pero la verdad es la verdad, aunque duela) que lea con su hijo, si precisamente hace varias semanas a propósito de una anécdota de Gorki, a quien el cocinero del remolcador donde trabajaba le insistía en que leyese, defendía la lectura en familia! En más de una ocasión he comentado que no habría mejor campaña de animación a la lectura que Cristiano Ronaldo o/y Messi leyendo un libro, aunque por lo difícil de imaginar, lo mismo no tendría el éxito esperado. Pero la enternecedora escena de los dos mejores futbolistas del momento leyendo con sus respectivos retoños sería sin duda un excelente reclamo publicitario y dispararía al menos las ventas de libros. Aún recuerdo cuando Alfonso Guerra, al preguntarle un periodista por sus lecturas, puso de moda ‘La Regenta’ y no digamos la ola de ¿lectores? que alcanzaron las poesías de Antonio Machado porque era el poeta preferido del que fuera todopoderoso vicepresidente del gobierno socialista. O más recientemente aunque ya lejos, la resurrección de ‘El señor de Bembibre’, novela histórica del XIX de Enrique Gil y Carrasco, que fue el regalo que le hiciera doña Letizia al entonces príncipe don Felipe con motivo de su compromiso de boda. Desconozco cuántos de los que compraron o fueron obsequiados con un ejemplar de ‘La Regenta’, o de las poesías de Machado,  o incluso con ‘El señor de Bembibre’ terminaron por ser sus lectores; en cualquier caso, habría que agradecerles a Guerra y a doña Letizia si por su prestigio, fama o celebridad se logró aumentar el número de lectores de este país. Por eso, solo nos falta que Messi nos diga el título de ese libro que lee con su hijo, éxito de ventas seguro. José López Romero.

sábado, 18 de marzo de 2017

LA FAMILIA

Sé que algunos libros no están a gusto en mi casa y que otros están muy molestos con el lugar que les he asignado, y es una decepción que comprendo, pero que no puedo aliviarles. Otros, en cambio, gozan de un lugar de privilegio, cerca de mi sitio de trabajo o bien localizados y de fácil acceso. Es cierto que cada vez tengo menos espacio y termino por acumularlos sin orden ni concierto en las estanterías repartidas por toda la casa, y muchos se amontonan y creen sufrir la indiferencia, si no el olvido; ellos no saben que a casi todos los tengo en la memoria (para tenerlos a todos sería Mendel) y de que todos cuentan con mi cariño sin condiciones. Cuando entro en mi librería de guardia y veo los libros, todos expectantes ante su compra, y me acerco a los anaqueles y los observo nerviosos unos, otros resignados y pacientes por el manoseo a que se ven sometidos, me transmiten una ternura indescriptible. Cojo uno, le acaricio la portada, lo abro y al azar leo algunos pasajes o seis o siete versos de un poema, y con la misma delicadeza lo devuelvo a la estantería, y no puedo por menos de notar su decepción: “¿No me compras?, ¿No te ha gustado lo que me has leído?”, parece que me reprochan. Y cuando me decido por adquirir uno, puedo palpar entre sus páginas la ilusión, ese cosquilleo que a todos nos entra cuando vamos a visitar por vez primera una ciudad, y en el caso del libro recién comprado, el que va a ser su nuevo hogar. Creo que la primera impresión de mi casa, de mi familia no les decepciona, aunque un cierto recelo en sus más profundas páginas sientan, pero cuando se dan cuenta de que van a ser uno más de entre cientos y, me atrevería a decir, que de miles, y que todos se reparten por todas las habitaciones de la casa, una mueca de desilusión e inquietud puedo percibir en sus lomos. Y los comprendo. Un lugar nuevo, nuevos dueños en cuyas manos está su destino: “¿me leerá?; y en cuanto me lea ¿se olvidará de mí? ¿dónde me colocará cuando esto pase?; ¿me tirará a la basura?; ¿será capaz de prestarme a otra manos que no sientan lo mismo con mi lectura?”, son preguntas que sin duda se harán recelosos y compungidos. Y aunque a todos les tengo cariño, como he dicho, la verdad es que no los quiero a todos por igual: a la mayoría de ellos los tengo en gran estima y a muchos los llevo en mi corazón, y a estos cuando me detengo a mirarlos, noto en ellos la complicidad de los sentimientos y emociones compartidos, y al sacarlos de la estantería, acariciarlos, leer alguna de sus páginas que señalé o subrayé con especial cuidado en una lectura sin duda inolvidable (y Borges añadiría: “y ya olvidada”), y hasta abandonarme en toda su geografía (los valles de sus líneas, los montes de sus páginas. Ella sabe lo que escribo), puedo advertir cómo se estremecen. Porque los libros son también mi familia. José López Romero.


sábado, 4 de marzo de 2017

DE VIEJOS

Hace unas semanas mi compañero Ramón recordaba no sin cierta melancolía a aquellos encuadernadores, a los que bibliófilos o simples aficionados al libro podían llevar lo que para ellos eran las joyas de su biblioteca particular con el fin de restaurar una ya envejecida y mal conservada encuadernación. Aquel oficio por falta de trabajo, terminó cayendo en la rutinaria labor de los fascículos y hoy están en alarmante proceso de extinción. Solo quedan los pocos que mantienen el espíritu de aquel viejo menester. De la misma manera, las librerías de viejo han ido también desapareciendo, aunque en las grandes ciudades aún quedan excelentes ejemplos de las que le describió Rilke a su mujer Clara: “A veces paso delante de tiendecillas en la rue de Seine, por ejemplo: anticuarios o libreros de viejo, o vendedores de grabados, con sus escaparates bien repletos. Nunca entra nadie y, al parece, no hacen negocio; pero si se curiosea en el interior, están leyendo despreocupados (a pesar de no ser ricos). No se inquietan por el día de mañana, ni se angustian por las ganancias…” (Wiesenthal, p. 570). Las librerías de viejo siempre han venido acompañadas en nuestra imaginación por efecto de la literatura (¿o es la pura realidad?) de un librero abichado y giboso, como el Zarastustra de ‘Luces de bohemia’, o el desarrapado y ajeno al mundo que le rodea Mendel, el de los libros, que con tanta maestría nos describió Stefan Zweig. Más distantes de estas figuras se nos quedan el William Buggage y su “ayudamante” Muriel Tottle, de la novelita ‘El librero’ de Roal Dahl. En cualquier caso, para los que tenemos a los libros por un bien más apreciado que su propia lectura, entrar en una de estas librerías de viejo que encontramos a veces casualmente en nuestro pasear por una ciudad a la que hemos viajado por simple turismo, es siempre un placer que despierta nuestros más entrañables sentidos: el olor del papel, el tacto de la vieja encuadernación, la vista de tantos libros amontonados sin orden y el silencio reverencial que domina el establecimiento. Lugares así quedan ya fuera del tiempo. José López Romero.