Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

lunes, 13 de diciembre de 2021

SIGNOS

 

“¿Qué diferencia notas, father?” Habíamos coincidido mi hija y yo en la librería de cabecera y la preguntita hizo que girara a mi alrededor y al poco me di cuenta de que ¡toda una estantería estaba vacía! Solo colgaba el nombre de la sección “Astrología”. Ante la curiosidad, más que la sorpresa, el librero se adelantó a la pregunta: “Sí. Hemos tenido que retirar todos los libros y especialmente los relativos al zodíaco por obsoletos. Ha aparecido un nuevo signo y ya esos libros están anticuados”. No daba crédito. Pero mi hija, siempre ella, me guardaba (esta vez sí) la gran sorpresa. “Father, ¿y a que no sabes cómo se llama ese nuevo signo y qué fechas del calendario ocupa? Cáete: se llama “ofiuco” y lo más grande: ¡tú perteneces a ese signo!” Uno, aunque nunca ha sido llamado por las divinidades astrales por los caminos de la fe horoscopaliana, tiene su corazoncito y sus años a la espalda para que ahora le digan que en vez de sagitario eres un ofiuco indeterminado. La verdad es que, a pesar de mantener la compostura, no  me hizo la menor gracia la novedad. ¿Eso quería decir que durante toda mi vida había tenido una personalidad que no me correspondía? ¿Que respondía a unos rasgos emocionales, intelectuales e incluso a una eventual fortuna que no eran los míos? ¿Sería ahora compatible con mi mujer? ¿podría haberme tocado el euromillón si hubiera sabido antes que era ofiuco? Demasiadas preguntas se me agolpaban en la cabeza, demasiadas inquietudes. Tenía la sensación de haber vivido una vida impostada, un engaño, una vida que no me correspondía. Y lo que es más grave ¿cómo es un ofiuco? ¡Al menos para intentar dar el perfil y hasta la cara! Y llevar mi nueva identidad con la dignidad requerida y con orgullo para que puedan decirme “¡Pero qué ofiuco estás hecho!” José López Romero.

viernes, 26 de noviembre de 2021

APLAUSOS

 

“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal.”, así comienza el libro titulado ‘Historia de la estupidez humana’ de Paul Tabori, y si a esta cita le añadimos la afirmación de que “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.”, que podemos leer en ‘Las leyes fundamentales de la estupidez humana’ de Carlo M. Cipolla; y abundando en el asunto traemos aquí la idea de que la estupidez es otro de los factores que nos diferencian de las máquinas por su imprevisibilidad, que leemos en ‘Lo imprevisible’, libro muy recomendable, como los anteriores, de Marta García Aller, ya tendríamos, en tres notas, una buena definición de la estupidez humana. El catorce de octubre pasado, en sesión plenaria del Congreso de los Diputados, al bajar de la tribuna Alberto Rodríguez, que había sido condenado unos días antes por el Tribunal Supremo por patear en una manifestación a un policía, compañeros y compañeras de su partido y de la coalición, entre ellas la vicepresidenta del gobierno, le dedicaron un aplauso. Es decir, los representantes del pueblo, los supuestos garantes de la democracia y el cumplimiento de las leyes aplauden a un individuo que le pegó patadas a un policía. Una versión moderna de aquel viejo tópico del “mundo al revés”, el de los estúpidos. Un día antes, el eterno Alfonso Guerra lamentaba que algunos asistentes al desfile de la Hispanidad hubieran abucheado a Pedro Sánchez y aplaudido a una cabra. Pues si me dieran a elegir entre la cabra y Alberto Rodríguez… José López Romero. 

viernes, 29 de octubre de 2021

LO IMPREVISIBLE

‘Lo imprevisible’ es el título de un libro escrito por la periodista especializada en temas tecnológicos Marta García Aller y publicado el pasado año por Planeta. Un ensayo que tiene como denominador común la relación del ser humano con las nuevas tecnologías y, en consecuencia, con el llamado big data o almacenamiento de datos de todo tipo y asunto que vamos acumulando a diario y de los que apenas tenemos ni conciencia ni control sobre ellos. Así visto ese dichoso big data, al lector un tanto sensible y un poco avisado en estos temas si, por un lado, no le coge de sorpresa mucha de la información que García Aller va analizando a lo largo de su trabajo; por otro lado, no resiste la tentación a medida que va leyendo de mirar a un lado y a otro, e incluso, si me apuran, a echar un vistazo por debajo de la cama, no vaya a ser que una cámara se nos haya colado por algún intersticio de la pared y nos estén convirtiendo en un pequeño pero muy visitado vídeo de TikTok. A poco que estemos documentados, no nos extrañan los avances en medicina, en relaciones personales, o en meteorología debidos en gran medida a las máquinas, por poner asuntos que trata con humor y un tono divulgativo admirables, lo que hace del libro una lectura amena y muy aleccionadora. Pero los datos van mucho más allá del simple conocimiento superficial del que solo se informa a través de algunos medios de comunicación. La ¿peregrina? idea de que el cambio climático se combatiría mejor con una humanidad más bajita, o el “furor” desatado por la novedad de los robots como juguetes sexuales, o que sepan las empresas de relaciones personales cuándo los clientes son menos exigentes en establecer o aceptar encuentros, o los algoritmos que pueden predecir y, por ello, prevenir los incendios en Seattle o los delitos en Nueva York, son trabajos que nos facilitan en la actualidad las máquinas, estos últimos citados a través de estudios realizados (¡asómbrense!) por una empresa española fundada y dirigida por una ingeniera española (¡Qué lejos queda ya aquella mítica y enorme Deep blue creada por IBM para intentar ganar al campeón del mundo de ajedrez Boris Kásparov allá por 1996!). Pero si de entre tanto dato y análisis tuviéramos que quedarnos con alguno, por mi parte me quedaría con tres. Uno, el control e información de los Estados y las empresas sobre los ciudadanos y usuarios o clientes a través de las cámaras de reconocimiento facial y de nuestros gustos y hábitos (cada “me gusta” es una fuente de información que nos identifica y clasifica, de ahí que debamos mirar a un lado y a otro antes de apretar el ratoncito); el segundo, que el humor es la única arma que tendremos los humanos si alguna vez las máquinas deciden pensar por su cuenta. Y el tercero, el llamado “crédito social” que inventaron los chinos (en esto del control son unos adelantados, menos en el virus), por el que un ciudadano ejemplar puede gozar de exenciones fiscales y descuentos de todo tipo. Pero, claro, en una sociedad en que los valores éticos e intelectuales están bajo mínimos, y la estupidez se cotiza por todo lo alto, ¿a quién calificaríamos como “ciudadano ejemplar”? Y no me obliguen a decir nombres. José López Romero.

  

jueves, 21 de octubre de 2021

DAVID GISTAU

Que nuestro país siempre ha contado con excelentes periodistas no es ningún descubrimiento. Desde los tiempos de aquel “Fígaro”, pseudónimo bajo el que se escondía el gran Mariano José de Larra, en la primera mitad del XIX, con quien sin duda comienza el periodismo moderno, y la inabarcable cantidad de periódicos que proliferaron a lo largo de aquella centuria, hasta nuestros días, la nómina de periodistas del pasado siglo que podríamos citar sobrepasaría con creces los límites de esta página y de las siguientes. Los nombres de Manuel Chaves Nogales y César González Ruano, gozan actualmente del suficiente prestigio como para llenar ellos solos la primera mitad del XX; y ya en el último cuarto, el de la democracia, me voy a permitir citar, por simple gusto personal, a  Martín Prieto y a Joaquín Vidal, pues inolvidables fueron del primero las crónicas del juicio a los acusados por el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y del segundo sus inigualables crónicas de las corridas de toros; sin ser yo aficionado al arte, las leía con verdadero placer. Cuatro nombres que son solo una mínima representación de la riqueza y calidad de nuestro periodismo. Por eso, cuando a través de distintos periódicos me topé con los artículos de David Gistau, no pude por menos que reconocer en su estilo a uno de los grandes del género. Y cuando hablamos de “grandes” nos referimos a aquellos escritores que consiguen darle una vuelta más a la forma clásica de tratar los textos y las noticias, los que logran un estilo tan propio como reconocible. Cada artículo de Gistau es una exigencia para el lector, un reto por alcanzar su altura e inteligencia, para llegar a ese grado de complicidad con el autor. Hace unos meses se publicó una selección de sus artículos bajo el título de ‘El penúltimo negroni’ (Random House), en homenaje a su prematura muerte a los cincuenta años. Una pérdida irreparable. José López Romero. 

viernes, 1 de octubre de 2021

EL OCASO DEL IMPERIO

Desde la ventana puede ver entre los picos las últimas nieves que el tibio sol de primavera aún no ha logrado fundir. Él, arrebujado en una manta, achacoso de mil dolores y cicatrices, espera y recuerda. Retirado en aquel rincón de La Rioja, después de tantos afanes, de guerras, viajes, estrecheces e intrigas solo le queda la memoria pero también el olvido. Después de toda una vida al servicio del imperio, nada le queda salvo ese rincón de la tierra que lo vio nacer, allá por 1518, y que será también la que lo cubra, porque ya solo espera a la muerte. “Yo, Ioan de Spinosa, humil vasallo de Vuesa Magestad, dize que hauiendo partido de su corte por el mes de abril del año presente con orden de Vuesa Magestad para boluer a servir a Venecia, se puso en camino y siguió su viaje con harto trabajo y necesidad, por no hauer querido ser molesto a Vuesa Magestad en demadalle ayuda de costa y que llegado a Milán cayó malo de calenturas…”, escribía en 1565. Sus recuerdos se agolpan en tropel en su cabeza. Aquellas fiebres por poco se lo llevan por delante. ¡Y Venecia! A la que por fin, después de dos meses, “en que se puso en nuevas deudas”, pudo arribar para ponerse de nuevo al frente de toda la información sobre la construcción de la armada y de los movimientos que el Turco preparaba para castigar las costas de la cristiandad. Venecia era un hervidero de espías, de buitres al acecho de noticias que él bien sabía hacer llegar a la secretaría del emperador y después de este a la del gran don Felipe II. “Por las últimas cartas que esta Señoría tiene de Constantinopla de 24 hasta 30 de agosto, se entiende que el Turco hauía mandado que se fabricasen de nueuo quarenta galeras…”. A sus sesenta y dos años repasa toda su vida. Su bautismo de armas, cuando apenas contaba con diecisiete años, en la guerra de Túnez que el emperador conquistó, o acompañando a don Pedro González de Mendoza en las guerras del Piamonte, o cuando tuvo que sofocar a la infantería española amotinada, hasta su asentamiento en Venecia, como “secretario de la cifra y de las cosas de Estado”. Pasa por su memoria como en postales toda la geografía de Europa en la que guerreó: Francia, Sicilia, Nápoles, Toscana, Romagna, Lombardía, Piamonte, Flandes y Alemania. Y siempre con peticiones de amparo para su necesidad y para saldar deudas contraídas al servicio del imperio: 150 escudos de renta; merced de 200 escudos concedido por don Gabriel de la Cueva, gobernador de Milán; al menos 20 escudos para cubrir los gastos de aquellas malditas fiebres de Milán… En 1580 publica Juan de Espinosa el ‘Diálogo en laude de las mugeres’, y confiesa: “algunos errores tocantes a la orthographía o cosas semejantes, excúseme el no podello emendar  la enfermedad grave con que al tiempo que se imprimía yo me hallaba”. Cae la tarde y con ella ese sol de primavera que no alcanza a calentar a un viejo olvidado por la historia. Tres siglos y medio más tarde otro viejo español escribiría uno de sus últimos versos: “estos días azules y este sol de la infancia”. José López Romero.