“-Padre, acabo de leer una novela” -mi hijo que es toda una caja de sorpresas-. Y una escena me ha hecho pensar”. Qué digo una caja, la catedral de Burgos de las sorpresas. Y yo me puse a la defensiva, es decir, indiferencia y a ver por dónde salía. En la novela el protagonista tiene que hacer una obra de arte para aprobar una asignatura, y se le ocurre entregar un lienzo en blanco, aunque acompañado de toda una tesis o principios artísticos en los que basa su obra, para que sean los espectadores los que completen el cuadro, es decir, lo pinten en su imaginación. “¡El negocio perfecto!”, padre. ¡Ese sí era ya mi hijo! Y… permanecí a la defensiva y a la expectativa. “Pues muy sencillo. Edito un libro de poemas con los títulos. Por ejemplo, “Amor”, “Tristeza”, “Besos”… y que sean los lectores los que vayan creando el poema. Incluso pueden hacerlo en pareja, en trío, en familia, en grupo de amigos… Una nueva forma de entender la Literatura. Infinitas posibilidades. ¡Hasta la IA podría intervenir! Y ya tengo hasta el nombre para este nuevo arte de hacer poemas: “Vacui”. El nombre le viene como anillo al dedo -le lanzo la ironía. “¡Qué comparación! -ahora el irónico era él-. Pero fundamentado en la teoría del horror vacui. He prescindido del horror, para dejar el vacío, la nada. Toda una incitación para que sea el lector quien cree su obra”. La mirada de satisfacción del genio debía parecerse mucho a la que me dirigió mi hijo. Yo había leído hace tiempo ‘Intento de escapada’ de Miguel Ángel Hernández, una excelente novela en la que se critica la manipulación del arte contemporáneo, pero no me acordaba de la escena que produjo en la cabeza de mi hijo ese choque interestelar, la conjunción planetaria, la llamada divina de la inspiración artística. Realmente, si de fraudes y timos de arte se trataba, su idea entraba de lleno en ese negro capítulo del arte moderno titulado “¿Cómo quedarse con el prójimo”, con el subtítulo “¿y cómo hacerse con un pastizal?” “Yo lo veo”, apostilló mi hija, que ya se relamía con su porcentaje del negocio. Te propongo que seas tú el primero en rellenar el libro. “Padre, nunca puede romperse la distancia entre creador, espectador y obra”. ¡Qué bien se había leído la novela el jodío! José López Romero.
Julio Cortázar
domingo, 10 de noviembre de 2024
viernes, 25 de octubre de 2024
60 POEMAS
Aunque las efemérides solían contarse por periodos de cincuenta (y digo “solían” porque ahora cualquier cumpleaños es motivo de celebración), en este caso el sesenta tiene su razón de ser (y nunca mejor dicho lo de “ser”), porque Mauricio Gil Cano ha querido con este poemario celebrar, a modo de balance personal y poético, la sesentena de años de su ser y estar entre los vivos. Aunque lo de “vivos” es mucho decir en un poeta que tiene a la melancolía y el pesimismo entre sus términos más entrañables. Sesenta poemas conforman un recorrido por todos los aspectos que han hecho de Mauricio un poeta que ahora se siente en plena madurez, quizá un tanto desengañado, pero que se aferra a la amistad, término fundamental en la definición de su mundo poético, a su tierra, Jerez, con la que establece en sus poemas una relación íntima, tan personal con su historia, sus vivencias, sus tabancos con la bandera roja del vino nuevo (“Aquí en Jerez a punto de que el frío / incendie de banderas los tabancos,/ rojas, porque es el tiempo de los mostos…”) o a la soledad que es plenitud (“La soledad redonda / de aristas imposibles. / El vacío que es la plenitud. / Un instante con todo el universo”) al amor y a la pasión como elementos imprescindibles para la conciencia del ser (“Amada mía”), o incluso a las palabras, como el más preciado intermediario con la vida (“Sólo puedo aferrarme a las palabras, / pues ellas me remiten a la vida / cuando escucho tus labios encendidos…”). Y de la vida, de la pasión al tono elegíaco de la pérdida: de los seres queridos que al rememorarlos intenta el poeta recuperar su presencia (el entrañable soneto a la “Memoria de Ramón Epifanio” o el poema “A mis amigos muertos”, o “Tras de un amoroso lance” dedicado a Manolo Muñoz López a través de un verso cómplice de San Juan de la Cruz); del tiempo que se nos va irremisible; del otoño como estación de los poetas y como símbolo de la edad que ahora requiere de ese retiro que ya cantara fray Luis de León (“Retiro”). Pero Dios no abandona a sus criaturas, ni siquiera después del paso definitivo a la otra vida (“Todo es verdad”). El poeta encuentra siempre razones para conmemorar su fe en un Dios que nos ha hecho libres, nos ha dado toda clase de dones (“Los dones del vino”), no deja desamparados a los hombres. Los versos endecasílabos (el gusto de Mauricio por el soneto) se alternan con versos cortos (octosílabos) en la mejor tradición clásica de nuestra literatura. En este sentido, los poemas de Mauricio Gil Cano respiran clasicismo y tradición; clasicismo de las mejores raíces: la huella de nuestros grandes poetas (fray Luis de León; san Juan de Cruz; Garcilaso, Lope de Vega), y la tradición de los cancioneros y romanceros viejos castellanos. Hace unos meses, concretamente el pasado 4 de abril, se presentó en la Fundación Caballero Bonald este poemario. La presentación corrió a cargo del poeta José Lupiáñez, quien realizó un análisis de este libro y de la trayectoria poética de Mauricio Gil Cano excepcional e inigualable. José López Romero.
viernes, 11 de octubre de 2024
DOÑA IA
El otro día me encontré a doña IA. Coincidimos en el ascensor. Me dio los buenos días, muy educada, aunque noté su mirada por encima de mi hombro. Su presencia me cohibía y acudir al clima como el socorrido tema de conversación entre vecinos me pareció improcedente y pobre ¡Qué iba a pensar de mí! Por lo que me atreví a preguntarle: ¿Cómo estamos de Literatura? “¡De Literatura! -me contestó un tanto airada- ¡Me tiene el bloque contenta con la dichosa Literatura! La niña del quinto me pidió el otro día un trabajo sobre Jorge Luis Borges que le habían mandado, y como no tenía ni idea ni quién era ese señor, ni interés tenía en ello, no se le ocurrió otra cosa que acudir a la de siempre, a mí. El vecino del tercero, el crítico literario, me pidió anoche desesperado una crítica de la última novela de Paul Auster que tenía que entregar de madrugada y ni siquiera había empezado a leerla. ¡Ah! Y me olvidaba, el escritor, o eso dice que es, del segundo me ha encargado una novela porque la tiene apalabrada para un premio que le van a dar y está en plena crisis creativa, o eso dice lloriqueando. Me ha asegurado que con la dotación del premio, que no es moco de pavo, se va a comprar un ordenador más potente para que yo esté más cómoda. ¡Será idiota! Y el político del sexto, me insistió que en el discurso que me había pedido incluyera una cita de algún intelectual de izquierdas, porque dice, el muy inútil, que eso enfervoriza a las masas. Por cierto -siguió pero esta vez la ira se trocó en sorna-, el otro día le puso usted un nueve a un trabajo que le entregó el alumno del sexto. Se puso usted un poco quisquilloso con las tildes. La verdad es que los correctores automáticos son unos ineptos, pero la culpa la tuvo el niño que ni se molestó en leer el trabajo que le había hecho y revisar la ortografía”. Y ante mi silencio, un tanto amedrentado, me lanzó con aire de superioridad: “Y usted, ¿no necesita nada? Pida usted por esa boquita”. Y me atreví de nuevo: ¿podría hacer que mis alumnos leyeran? Me miró con desprecio y me dijo: “usted no ha entendido nada”. José López Romero.
viernes, 23 de agosto de 2024
LECTURAS DE VERANO III
Un grano de trigo
Ngugi
wa Thiongo. Debolsillo, 2017.
Ngugi
wa Thiongo es un novelista, dramaturgo y ensayista keniata que actualmente
ejerce la docencia en la Universidad de California. Es uno de los autores más
reconocidos en el panorama literario africano. ‘Un grano de trigo’ se ambienta
en los días previos a la fiesta de independencia de Kenia, liberada de
colonialismo inglés. Acontecimiento que lleva a la narración a un flash-back
sobre los grupos de guerrilleros, los Mau Mau, que se organizaron para combatir
el dominio abusivo del blanco y de los negros colaboracionistas. Personajes
legendarios como Jomo Keniatta o Kihika, colgado por su pertenencia al
movimiento independentista, contrastan con otros personajes que terminan por
colaborar con los ingleses, como Mugo y Karanja. Una gran novela. J.L.R.
El señor Nakano y las mujeres
Hiromi
Kawakami. Debolsillo, 2018.
Hiromi
Kawakami (1958) es una de las escritoras más célebres en el panorama literario
japonés actual. Títulos como ‘El cielo es azul, la tierra blanca’ y ‘Amores
imperfectos’ dan fe del éxito de esta autora. En ‘El señor Nakano y las
mujeres’ todo gira en torno a la tienda de segunda mano, que no de antigüedades, que posee el señor
Nakano, y en la que trabajan Hitomi, joven dependienta, y Takeo, el joven que
acompaña y ayuda a Nakano a transportar los objetos que después pondrá a la
venta en la tienda. Además, dos mujeres marcan la vida de Nakano: su hermana
Masayo y su amante, Sakiko, quien regenta una tienda de antigüedades. Un
pequeño mundo amable, sin sobresaltos, rutinario en el que los sentimientos y
las relaciones personales marcan el ritmo del relato. Una novela muy japonesa.
J.L.R.
sábado, 10 de agosto de 2024
LECTURAS DE VERANO II
Nosotros, los Caserta
Aurora Venturini. Tusquets, 2021.
Aunque poco conocida para el común de los lectores, Aurora Venturini (1921-2015) puede considerarse una de las figuras más sobresalientes de la cultura argentina del siglo XX. Sus dos novelas más reconocidas son las publicadas también por Tusquets: ‘Las primas’ y ‘Las amigas’, en las que ya se define el estilo tan particular de esta escritora. Un estilo y un universo narrativo que se reconoce también en ‘Nosotros, los Caserta’. Una serie de personajes marcados por la relaciones y deformaciones familiares. Así, la protagonista, Mª Micaela Stradolini, Chela, en su cuerpo diminuto encierra la desmesura de un cerebro privilegiado. La falta del amor maternal y la severidad de su padre le llevan a la automarginación, primero en el desván de su casa y luego en un internado y en los sucesivos viajes por Europa, hasta encontrar a su familia en Caserta. Lo más destacado, esa forma de narrar tan Venturini. J.L.R.
Ladrilleros
Selva
Almada. Lumen, 2014.
Selva
Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973) está considerada una de las escritoras
más importantes de Argentina, a pesar de su aún corta producción literaria
(tres novelas y cuatro libros de cuentos). ‘Ladrilleros’ es la segunda
narración y puede decirse que ya se observa en ella su potencia estilística y destreza
narrativa. Con continuos cambios temporales, pero que el lector puede seguir
sin dificultad, el narrador va desarrollando la enemistad entre Óscar Tamai y Elvio
Miranda, dueños de dos ladrillerías contiguas; una hostilidad que se
transmitirá a sus dos hijos mayores, el Pájaro Tamai y Marciano Miranda, a
pesar de los esfuerzos de sus respectivas madres, Celina y Estela, para que los
pecados de los padres no tengan que heredarlos los hijos. Una narración llena
de fuerza con un final un tanto inesperado. Muy buena. J.L.R.






