Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

miércoles, 29 de abril de 2009

Héroe


Lo tengo dicho hasta en arameo: por desgracia, la historia de la literatura en las aulas escolares hoy por hoy empieza en Jordi Sierra i Fabra o en Joan Gisbert y otros bultos sospechosos y termina, en el mejor de los casos, en el Marca o en el Superpop. Por eso cuando en los famosos currículos (palabra a la que no logro acostumbrarme, prefiero la tradicional “programa” o, en su defecto, “pograma”) ya desde tiernas edades se insiste en explicar el Poema de Mío Cid, aunque en versiones edulcoradas, me sigo poniendo las manos en la cabeza y vuelvo a mis blasfemias en arameo. En los últimos años en los que me he atrevido a acercar la épica a la boca de aquellos cuyos paladares ya no están hechos a platos tan fuertes, he preferido aligerarlo con un repaso general por la figura del héroe desde el mismísimo Ulises hasta llegar a los personajes de los tebeos. Así, intento dar una visión de un personaje universal, el héroe, a través de la historia; y aunque en más de una ocasión los intentos se queden en fracaso y de ahí la frustración ya consustancial a la labor docente, otras veces parece como si ese repaso abriese o iluminase ciertas mentes y éstas terminan por llegar a la conclusión de que personajes como Zidane, o Raúl, o Messi, o Iniesta, o Madonna, o Britney Spears bien podrían ser ahora nuestros nuevos héroes y heroinas, con lo cual volvemos al punto de partida o de destino: el Marca y el Superpop. ¿Estudios al respecto? Los que queramos y más. La figura de Rui Díaz de Vivar ha sido desde los estudios de Pidal ampliamente tratada, así como la épica en general, tanto nacional como extranjera, por no hablar aquí de los trabajos sobre Homero y todo el elenco de sus héroes (Héctor, Aquiles, Ulises) o el propio Virgilio y su Eneas. Y sobre personajes como Superman ahí tenemos un trabajo magnífico de Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados, al que en más de una ocasión he citado aquí y que se ha reeditado en edición de bolsillo (¡aprovechen!). Y a pesar de la distancia en el tiempo y los cambios de época, a todos adornan las mismas virtudes aunque en dosis o matices distintos. Ya sean héroes posibles (de carne y hueso, como el Cid), ya sean imposibles (con poderes extraordinarios, como Superman), a todos adornan las mismas virtudes y son a través de ellas cómo componemos la figura universal del personaje: el valor, incluso el arrojo en la batalla, pero también la prudencia y la astucia, la generosidad, la buena estrella (de esto sabe bastante mi amigo Juan Cienfuegos) o la protección de la divinidad, la compostura personal, la belleza física como manifestación externa de la belleza interior, etc. Pero, sobre todo, uno de los rasgos consustanciales a todo héroe, fuente de muchas de las virtudes antes señaladas, es su inteligencia. Por eso, cuando Sarkozy hace unos días le negaba a nuestro presidente esta cualidad, al mismo tiempo que le negaba su calidad de héroe le reconocía el mérito de haber ganado dos elecciones. ¿Elogio o insulto?, se preguntaban algunos periodistas. Sin ser ningún héroe ni haber ganado ni las elecciones a la comunidad de vecinos, yo prefiero pasar por inteligente.¡Qué quiere que les diga!. José López Romero.

jueves, 23 de abril de 2009

Crítica


Creo recordar que fue en uno de aquellos magníficos artículos que publicaba Gabriel García Márquez en un periódico nacional, hace de esto ya sus buenas décadas (por lo que pido de antemano perdón si la memoria me traiciona), donde comentó entre la sorpresa y el lamento la anécdota sucedida en un examen que unos escolares habían hecho sobre su Cien años de soledad; entre las preguntas que el profesor había preparado, una de ellas consistía en que explicasen los sufridos alumnos el significado del gallo que aparecía, a modo de ilustración, en la portada de la edición que habían manejado. El gallo, se puede uno suponer, no era más que el motivo ornamental de la publicación. En esto de las portadas y por poner dos ejemplos sobre el mismo tema, a todos los miembros que componemos el club de lectura de la biblioteca municipal nos sorprendió la escasa, por no decir nula relación que las portadas de los libros Apartamento en Atenas, de Glenwey Wescott, y Un hombre soltero (éste quizá algo más), de Christopher Isherwood, guardan con el contenido de estas dos novelas en la colección Debolsillo. Viene la anécdota de García Márquez a cuento porque el papel de la crítica, por su propia naturaleza, siempre está en entredicho. Famosa es la frase de que detrás de un feroz crítico sólo hay un escritor frustrado. Periódicamente las revistas dedicadas a los asuntos artísticos en general reflexionan sobre la figura del crítico, es decir, de aquellos a los que los escritores desprecian, o dicho de otro modo, de aquellos que odian a los escritores. En la revista Mercurio de este mes, en la entrevista que le hacen a Juan Marsé días antes de que recoja su bien merecido Premio Cervantes, comentaba el catalano-castellano: “sobre mis personajes hay críticos y estudiosos de mi obra que han escrito cosas que han sorprendido al propio autor, que soy yo”. En cierta ocasión, una chica universitaria le hizo ver que su novela Las últimas tardes con Teresa era un ajuste de cuentas que Marsé hacía con la burguesía; a lo que el escritor le respondió que realmente la había escrito “porque siempre soñé con irme a la cama con una chica rubia y con los ojos verdes y los muslos que tú tienes, y como no pude conseguirlo, me inventé a Teresa.” Dice Marsé que la chica cogió su carpeta y salió despavorida. Por eso siguen escribiendo, y no por otra razón, Juan Marsé y tanto otros. José López Romero.

jueves, 16 de abril de 2009

Recuerdos


De los muchos recuerdos que uno conserva de la infancia y primeros años de la adolescencia, cuatro son en mi caso los que con más intensidad se han grabado en mi memoria: la caja de lápices de colores marca Alpino, la primera pluma estilográfica, la primera máquina de escribir y la enciclopedia que antes de nacer ya mi padre había comprado. Tener aquella caja de lápices en perfecto estado de revista, es decir, en su orden correspondiente y con sus puntas bien afiladas, dispuestos a colorear cualquier dibujo, era realmente una verdadera satisfacción. Comenzaba el antiguo y siempre llorado Primero de Bachillerato (yo soy de aquel Bachillerato de seis años, del que ahora tanto nos acordamos) y el profesor de Lengua exigió como material obligatorio una pluma estilográfica, una vez pasada aquella etapa de la caligrafía a plumilla y tintero, también tan añorada. Mis padres me compraron una Parker, la más barata que encontraron, conocedores como eran de lo delicado del objeto y el poco cuidado que un estudiante suele tener por los utensilios de su trabajo. Mi, o mejor, “nuestra” primera máquina de escribir ya fue una necesidad para que tanto mi hermano como yo pudiéramos hacer los trabajos de clase y presentarlos con la decencia que ya aquellos tiempos requerían; yo creo que si no todos, buena parte de nuestra generación aprendió a escribir a máquina con dos dedos (técnica rudimentaria que hemos trasladado al teclado del ordenador) en aquellas Olivetti verdes (todavía alguna queda entre los armarios de mi casa), a las que en unos años o se le iba una tecla o se agolpaban si uno era más rápido de lo que la pobre podía admitir. El ruido de una máquina de escribir sigue siendo uno de esos recuerdos imborrables que lamentablemente nos llevaremos con nosotros cuando a Dios le dé la gana. Pero mucho de lo que yo escribí por aquellos siempre “maravillosos años”, a pesar de la modestia familiar, con aquella estilográfica y después en la máquina de escribir, lo saqué de una enciclopedia que acompañó a la vida de la familia durante mucho tiempo. La componían unos doce tomos de pastas duras de color burdeos, había sido publicada por la editorial Labor, y era una enciclopedia temática. Después se fueron comprando una Espasa abreviada ya organizada alfabéticamente y alguna otra, que utilizábamos ocasionalmente a modo de diccionario para aclarar significados o para ampliar alguna materia. Pero aquella de Labor era para nosotros el perfecto modelo de lo que podría llamarse el “saber enciclopédico”, desde las Matemáticas, la Física, la Literatura, la Historia, y hasta las reglas de un deporte o las medidas de una cancha de baloncesto o de una mesa de ping-pong; y todo profusamente ilustrado con fotos, dibujos o imágenes que reproducían la materia explicada. ¿Internet? Al lado de este teclado desde el que escribo, al que por cierto le falla ya alguna tecla, tengo algunos lápices de colores que ahora me sirven para subrayar, varias plumas (una Parker, por supuesto) y en el salón sigo teniendo una enciclopedia, por si se va la luz. José López Romero.

jueves, 2 de abril de 2009

Elegía


El sábado, 21 de marzo, se publicaba en la sección “Cartas al Director” de este periódico el “hasta luego” con que un padre despedía a su hijo fallecido en accidente de tráfico. Después de leer la carta, y sin haberme repuesto aún de la honda impresión que me produjo, no pude por menos que acordarme de toda la corriente elegíaca que jalona la historia de nuestra literatura. Desde las famosas “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique hasta llegar a la “Elegía a Ramón Sijé” de Miguel Hernández, o el “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía” de Lorca, por citar las más conocidas, la literatura elegíaca se ha ido ampliando en cantidad y calidad a lo largo de los siglos. No les podemos negar a ninguna de ellas el sentimiento de dolor que en su día las alumbró, porque la muerte de un padre o de un amigo produce los mismos efectos: el desamparo de los que aquí quedamos y el vacío que deja en todos la persona querida. Pero las tres piezas literarias señaladas no dejan de ser eso: literatura. En el caso de Manrique, ya el propio Pedro Salinas se encargó de estudiar con rigor toda la influencia de la tradición, los tópicos a los que acudió Manrique para componer su obra; más sentidas e intensas nos parecen por su proximidad las de Hernández y Lorca. Pero hay otra elegía que quizá se acerque más al dolor de ese padre que se despide de su hijo: el último acto de “La Celestina” ocupado exclusivamente por el llanto de Pleberio ante el cuerpo sin vida de su amada hija Melibea. A pesar de que la influencia de Petrarca es poderosa en la composición de Rojas, Pleberio lamenta un suceso tan inexplicable como antinatural: que un hijo muera antes que su padre, en la flor de la edad, cuando tiene toda la vida por delante. El final de su llanto no puede ser más conmovedor: “¿por qué me dejaste triste y solo in hac lachrimarum valle?” La carta publicada el pasado día 21 en este periódico no es literatura; más lejos de la intención de su autor convertir su despedida en una pieza estética, no busquemos en ella, por tanto, ni influencias de otros escritores ni tópicos que pone a nuestra disposición la tradición; porque el “hasta luego” de ese padre a su hijo no es una expresión más del dolor, es realmente el dolor mismo, ese dolor tan inconmensurable como desconsolado que ningún padre querría sentir nunca. José López Romero.