Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

lunes, 18 de diciembre de 2017

INFLUENCER

“¿Estás leyendo algo? No”, con ese lacónico “No” despachaba la pregunta una tal Dulceida, para el siglo Aida Domenech, barcelonesa, veintiséis años, y de profesión ‘influencer’ o, como ella prefiere, 'fashion blogger'. Para introducir la entrevista la periodista nos adelanta unos datos que a aquellos más que iniciados, enviciados en ese mundo de las redes sociales  pueden parecerles estratosféricos: “una marca que vale dos millones de seguidores en Instagram y atrae colaboraciones de firmas de lujo”. Apabullante. Y ya tenía yo ganas de habérmelas con una de estas ‘influencers’, sobre todo para saber de sus gustos, sus estudios, a qué se dedican, sus lecturas… Y aquella entrevista me vino que ni pintiparada para satisfacer mi curiosidad que, después de leída, se trocó en decepción. La entrevista, tanto las preguntas como las respuestas, no era más que un cúmulo de frivolidades que iba perfilando una vida superficial, expuesta a la contemplación en las redes de esos dos millones de seguidores tan vacíos como la protagonista, la tal Dulceida. Que si su línea de ropa, que si los enormes armarios de su casa, que si su móvil, sus viajes, la música que prefiere, cuándo se pone los cascos… Pero mi curiosidad fue aún más lejos, no quería quedarme solo con la imagen hueca de la entrevista, y me metí en su página: cientos de fotos de todos los colores, y en todos los espacios y tiempos, pero nunca leyendo, en ninguna aparecía un libro. Una pregunta como ¿qué estás leyendo ahora? presupone el hábito lector del interrogado, quizá por eso la entrevistadora la formulase en estos términos “¿Estás leyendo algo?” lo que ya es altamente significativo, ¿qué puede haber dentro de ese “algo”? nada, como la respuesta de Dulceida, a la que siguen dos millones de replicantes, un rotundo “No”. Pues bien, estos son los modelos, las influencias que los jóvenes reciben de las redes sociales. Por eso, a la pregunta ¿qué quieres ser de mayor? La mayoría responde “famoso”, es decir, “algo” o nada. José López Romero.

viernes, 1 de diciembre de 2017

FIRMAS

Empezó en una presentación de un libro cuyo autor apenas conocía; una amiga le había insistido tanto que no encontró excusa para no acompañarla aquella tarde de un abril lleno de actividades en torno al libro. “Cuando termine el acto, nos compramos el libro para que nos lo dedique el autor”, le había dicho su amiga con la ilusión dibujada en su cara. Y fue aquella dedicatoria y la firma como un pistoletazo de salida de lo que con el tiempo se fue convirtiendo primero en una afición, para terminar en una obsesión por el autógrafo. Había escuchado que incluso grandes intelectuales habían sucumbido a lo que algunos llamaban mitomanía, hasta el punto de acudir a subastas internacionales con tal de hacerse con fragmentos del manuscrito del ‘Fausto’ de Goethe o una página de un cuaderno de trabajo de Leonardo, preciados tesoros que se contaban entre la colección que había logrado reunir un tal Stefan Zweig. Pero ella no llegaba a tanto, se conformaba con la dedicatoria y la firma de los escritores, y para ello no escatimaba ni el esfuerzo ni la tenacidad. No se perdía ni una presentación de libro, a la que acudía ya no con la ilusión dibujada en su cara, que le notó a su amiga aquella primera vez, sino con la obsesión por hacerse con un ejemplar dedicado y firmado de puño y letra. Y todos los años preparaba al detalle su viaje a la feria del libro de Madrid. Apuntaba en una libreta su recorrido por las diversas casetas para que ningún escritor o escritora se le pasara, aunque tuviera que esperar horas en una cola. Y así fue formando toda una colección de libros dedicados y firmados que enseñaba a sus amigos y visitas con el orgullo y la satisfacción de los que se saben privilegiados, únicos, distintos por el prestigio de su afición. Y contaba las anécdotas más sustanciosas para lograr el ansiado botín. Y en la soledad de su casa, cuando se sabía libre de la mirada de los suyos, pasaba sus dedos por los libros, sacaba alguno de sus estanterías, lo abría por la página de la dedicatoria y lo volvía a colocar en su sitio. Leerlo habría sido una profanación. José López Romero.