Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

viernes, 26 de enero de 2018

LA FAMILIA

Cuando el padre murió, los hijos ya bien sabían que apenas la casa familiar y unas cuantas acciones les iba a dejar por herencia. Las acciones se venderían sin problemas, y la casa, donde había vivido toda la familia durante varias décadas, estaba muy bien situada, era espaciosa, y seguro que también se vendería a buen precio. El pobre anciano había dejado este mundo con la misma discreción y modestia como había vivido durante toda su vida. Solo una cosa incomodaba a la familia: la enorme cantidad de libros que había ido acumulando en la casa y que ahora cubrían por completo las paredes de casi todas las habitaciones, solo la cocina y los baños apenas se libraban de tal invasión. A medida que sus hijos habían ido abandonando la casa, el padre no había hecho más que meter estanterías en sus cuartos para albergar lo que había sido su única afición, o incluso vicio: los libros. No se le había conocido a aquel señor otra afición que la lectura, y a ella se había dedicado en los ratos libres que le dejaba su profesión. ¿Qué hacer con tantos libros? Se preguntaban los familiares, porque la casa se debe poner a venta totalmente vacía. Y lo que había sido un alivio (papá se entretiene con sus libros, no necesita que lo visitemos), ahora se había convertido en un problemas de enormes dimensiones. Hasta que alguien hizo una propuesta: crear cuadrillas para ir poco a poco tirando los libros a los contenedores de basura con “nocturnidad y alevosía”, como apostilló queriendo hacer la gracia fácil y grosera. Todos se miraron y no encontraron otra solución. Así, tres días a la semana, para no levantar muchas sospechas, cuatro miembros de la familia se turnaban y sacaban en cajas aquellos libros y los tiraban sin contemplaciones en los contenedores de basura más cercanos. Cuenta la leyenda que avisado por un conocido, un bibliotecario del municipio esperaba pacientemente, protegido por la oscuridad, a que la familia hiciera su trabajo, se acercaba al contenedor y recogía los libros. A los pocos meses, el diario local se hacía eco del hallazgo en la basura de un ejemplar de la edición príncipe de la Gramática de Nebrija de valor incalculable. José López Romero.


sábado, 20 de enero de 2018

TERAPIA

Se consideraba una joven como todas las de su entorno. Tenía sus amigas y amigos, con los que se corría las juergas propias de esos diecisiete años (la edad del pavo, que continuamente le lanzaba como reproche su madre cuando ambas discutían por casi nada), y estaba enganchada al móvil con una adicción que nadie, ni ella misma, quería reconocer. No iba del todo mal en los estudios, hacía el mínimo esfuerzo por aprobar, y con sacar adelante los cursos aunque por los pelos, se creía con derecho a utilizar la frase que cerraba toda discusión familiar sobre su futuro y sus capacidades desaprovechadas: “dejadme en paz”. Cuando le pasaron por “washap” un pequeño vídeo de los cambios en las costumbres producidos en la juventud islandesa, apenas le prestó atención. Los índices de consumo de alcohol y de drogas habían llegado a tales niveles, que las autoridades de aquel lejano país del norte de Europa, habían tomado medidas al respecto; la más importante: atractivas actividades culturales y deportivas que le ofrecían a la juventud. Una oferta que bien vendida y llevada a cabo por los ayuntamientos, había hecho disminuir hasta extremos insospechados aquellos niveles de alcohol y drogas que querían combatir. Todo un éxito. Pero ella no se dio por aludida ¡Los islandeses no saben disfrutar de la vida! Pero de vez en cuando esa misma vida te tira un pellizco donde más duele y nos hace ver la realidad con otros ojos. Bastó un pequeño accidente para que todo cambiara. Una pierna rota tras una tonta caída de la moto de su amiga. A pesar de que no revestía gravedad, la operación y la posterior rehabilitación fueron muy complicadas; y fue en el propio hospital que le ofrecieron un libro de relatos para aliviar esos momentos de aburrimiento, sin poder apenas moverse de la cama. Y recordó que el año pasado en clase de Lengua, el profesor había traído un texto para comentar, en el que se hablaba del poder curativo de los libros, y cómo unas investigadoras  inglesas habían abierto una consulta en la que se recetaban libros a los pacientes en vez de medicinas; recordaba que los alumnos, ella misma, habían discutido con el profesor al dudar de aquella terapia, quizá indicada para ciertas depresiones, pero ¡¿para una pierna rota?! Y le dio por probar si aquello que en su día le había parecido una chorrada, era verdad o, al menos, podía funcionar con ella. Se aficionó a la lectura, hasta el punto de que mientras hacía los ejercicios de rehabilitación o le daban las sesiones de masaje, siempre tenía un libro en las manos. Y con la lectura la recuperación se fue haciendo menos dolorosa.  Los padres no daban crédito al cambio que había experimentado su hija, que ahora pedía para Reyes o por su cumpleaños libros y más libros, en vez del último modelo de móvil, y que a veces prefería quedarse en casa leyendo que irse de juerga con los amigos… Escrito este artículo bajo los efectos aún del espíritu navideño ya pasado, perdónenme, amables lectores, que me haya dejado llevar por los sueños. Era solo un cuento. Pero a veces la vida después de darte un pellizco, “te besa en la boca”. José López Romero.   

viernes, 12 de enero de 2018

BIENESTAR

“Sé que cientos de millones de nuestros congéneres prefieren el fútbol a la música de cámara y que se quedarán absortos ante un culebrón o una película porno antes que coger un libro, y menos un libro serio. Amén a todo eso, dice el capitalismo. Que elijan libremente. Que se cocinen en su bienestar”, dice un personaje de la novela ‘Pruebas’ de George Steiner. La verdad es que algunas de las opciones o alternativas al libro o a la música de cámara expuestas tienen su punto. Como aficionado al fútbol y, por tanto, espectador impenitente hasta el cansancio y el aburrimiento (mi mujer dixit) de varios partidos a la semana (“hasta de la liga de Guinea Conakry”, mi mujer dixit), no puedo engañar a nadie: para mí la música de cámara, de vez en cuando y en pequeñas dosis. Sin embargo, nunca he seguido un culebrón en la tele, aunque algún amigo tengo por ahí que no paraba de recomendarme aquel “Caballo viejo” o don Epifanio del Cristo Martínez, por nombre del protagonista, que tanto éxito tuvo por los años finales de los ochenta y que incluso llegó a estudiarse en la universidad. Ahora, en estos tiempos tan azarosos, la libertad de elección que tenemos todos entre las alternativas a la música de cámara o a ese libro serio de lo que se lamentaba el personaje de Steiner ya no es el fútbol o un culebrón; la queja que entonamos los que nos lamentamos del bajo nivel cultural general de este país, y en concreto de la escasez de lectores, va dirigida a las nuevas tecnologías: los móviles, las plays, incluso Internet como instrumento de distracción. No se lee, la gente, sobre todo nuestra juventud, cada vez es más inculta (analfabetos funcionales) porque el mundo de hoy les ofrece muchas más posibilidades de entretenimiento que la música de cámara o la telenovela. ¿Y hay remedio a esto? ¿se puede revertir la situación? ¿qué hacer para formar a una sociedad lectora cuando, como dice Steiner, cada uno se cocina su propio bienestar, es decir, su modelo de vida? Una propuesta: ¿y si los actores de las pelis porno salieran leyendo? Mejor no. Nadie se fijaría ni en el título del libro. José López Romero.