Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

sábado, 28 de noviembre de 2015

VISOR

Ahora sí. A diferencia de semanas pasadas, esta vez estoy decidido a comentar aquella entrevista que le hicieron al editor Chus Visor, publicada por los medios allá por principios del verano y que tanta polémica levantó. “Dicen que los novelistas son vanidosos pero ¡hay cada poeta!”, es el titular que en ella se destacaba y no era precisamente lo más grueso o fuerte con lo que el dueño de una de las más prestigiosas colecciones de poesía de habla hispana se dejaba caer. La entrevista tenía su razón de ser porque con 70 años recién cumplidos también se celebraba que llevara 45 de ellos intentando ganarse la vida con la edición de poesía, toda una heroicidad en un país que se lee poco y mucho menos poesía, aunque el propio Visor no está de acuerdo con esto y pone como ejemplo los 45 años de su sello (seguro que más de una y de dos subvenciones le habrán salvado algunos balances anuales) y los 25.000 ejemplares vendidos del poemario de Joaquín Sabina (pero es que Sabina vende lo que toca). En cualquier caso, esos 45 años de editor y sus 70 de vida le permiten a Chus Visor ocupar un lugar de privilegio desde el que no solo puede observar toda la fauna literaria, sino también decir lo que sobre esta piensa, porque a esas alturas de la profesión y de la vida uno se puede permitir ciertos lujos y entre ellos el de decir lo que le da la gana. Por eso, comenta sin tapujos la mediocridad de muchos poetas actuales (“poetas infames” los llama) que sin embargo venden bastante bien lo que publican, o que la poesía femenina no está a la altura de la narrativa, o la enemistad que se ha granjeado de los poetas que no ha editado, así como niega la acusación de manipular premios para dárselos a sus amigos (¡qué va a decir él!). Al margen de polémicas y declaraciones más o menos escandalosas y siempre discutibles, hay que reconocerles a editoriales como  Visor, Tusquets o Renacimiento (por poner otros ejemplos), su papel decisivo en el prestigio internacional de nuestra poesía. José López Romero.

sábado, 21 de noviembre de 2015

ROMANOS

“-Padre –pregunté-, ¿ha merecido la pena? Quiero decir, el poder, esta Roma a la que has salvado, esta Roma que has construido… ¿Ha merecido la pena todo lo que has tenido que hacer? Mi padre me miró durante un largo tiempo, y después desvió la mirada. –Debo creer que sí –dijo-. Los dos debemos creer que sí”. Es parte de la conversación que mantienen Octavio César y su hija Julia, después de que el emperador de Roma le proponga la obligación de casarse con Tiberio, hijo de Livia, la esposa de Octavio. Una obligación que Julia debe aceptar aunque regañadientes por el bien de esa Roma a la que su padre ha dedicado y sacrificado toda su vida, como la misma Julia, quien ya lleva a sus espaldas, pese a su juventud, dos matrimonios de conveniencia. Es la famosa y siempre socorrida “razón de estado” que sigue vigente hasta nuestros días. Pero no interesa tanto esa excusa o justificación bajo la cual tiranos, dictadores y gobernantes de la peor calaña han cometido a lo largo de la historia toda clase de atrocidades, sobre todo, delitos de lesa humanidad, sino la pregunta que Julia le hace a su padre, la que  nos deberíamos hacer pasado el climatérico lustro de nuestra vida, pero que en un gobernante se hace más acuciante y necesaria. Los acontecimientos políticos que actualmente nos preocupan, los ataques terroristas, las guerras que asolan países y se cobran miles de vidas, perdidas o desarraigadas ya para siempre de la tierra en la que vieron por vez primera una luz que ya no les alumbra… no creo que la respuestas de los responsables de estos sucesos, de tanta tragedia sea la que Octavio César le dirige a su hija, ellos no pueden creer que sí. Porque no han dedicado ni sacrificado sus vidas en salvar a su Roma, en construirla, sino en destruirla y arrasarla. La vocación de servicio a su país, a la ciudad que se observa en Octavio y que este le reclama una vez más a su hija Julia se ha transformado en intereses económicos, en soberbia e inhumanidad. La conversación con que empezaba estas líneas pertenece a la novela de John Williams ‘El hijo de César’ (reseñada hace unas semanas) y la refiere Julia en una de las cartas que escribe años más tarde en su destierro en la isla de Pandateria, obligada a permanecer alejada de la ciudad a la que tantos sacrificios personales dedicó, pero también en la que fue feliz y se dejó llevar por una vida disoluta. En todas las novelas o libros que tratan de la Roma antigua, se destacan los vicios sin cuento, las intrigas, los asesinatos y crímenes de toda clase que se cometían, pero también se puede observar el inmenso amor, el orgullo de sus ciudadanos de aquel imperio, de aquella urbe que era el centro del mundo. “Quiero que sepas que soy consciente de la dificultad que entraña tu misión de gobernar esta extraordinaria nación, a la que amo y odio, y este Imperio, aun más extraordinario, que me horroriza al tiempo que me enorgullece”, le dice un personaje de la novela de Williams a Octavio. Otra lección de los romanos que debemos aprender. José López Romero. 

domingo, 15 de noviembre de 2015

LITERATURA SOBRE LITERATURA

“Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página”, dice Julio Cortázar en una conferencia titulada “La literatura latinoamericana de nuestro tiempo”, que se recoge como apéndice en su libro Clases de literatura. Berkeley, 1980 (ed. Punto de lectura, 2013). Y cuando terminé de leer este libro de Cortázar no pude por menos que recordar la frase cargada de razón. Los buenos libros, los que marcan al lector son realmente aquellos para los que estábamos preparados, consciente o inconscientemente, para leer y aquellos que no olvidamos durante toda nuestra vida, que nos hacen reflexionar, que nos producen un placer o nos provocan unas emociones que nos acompañarán para siempre. Clases de literatura es un libro sobre literatura porque en él se recoge el curso que Cortázar impartió en la Universidad de Berkeley en 1980; forma parte, por tanto, de ese género ensayístico del que aquí hemos reseñado algunos trabajos, por el interés que siempre tiene un libro sobre literatura escrito por los que a ella se dedican desde el lado de la creación y no de la crítica o la investigación. Y en esto, La verdad de las mentiras de Vargas Llosa o Diez grandes novelas y sus autores de Somerset Maugham (que hemos reseñado aquí en otro tiempo) son títulos muy recomendables. Pero el ensayo de Cortázar tiene el interés añadido, a diferencia de estos dos libros citados, de que el escritor argentino reflexiona sobre su propia obra, sobre las etapas que cree advertir en su carrera literaria y, sobre todo, las claves de creación de sus insuperables relatos, así como de sus dos grandes novelas: Rayuela  y Libro de Manuel. Una reflexión cargada de literatura, pero también de vivencias personales que nos acercan al escritor, pero aún más al hombre y sus circunstancias. Y en este sentido, aunque Cortázar hable de la importancia de la fantasía, de la música, del humor y del erotismo en la literatura latinoamericana, las páginas más sobrecogedoras son aquellas en las que reflexiona sobre la responsabilidad (prefiere esta palabra a “compromiso”) del escritor latinoamericano con la realidad de sus países de origen. La denuncia de las sangrientas dictaduras que asolaron buena parte del continente americano, y el papel que le corresponde al escritor en la recuperación de los derechos de los pueblos a decidir su futuro y enfrentarse al abuso de poder establecido ocupa la última parte del libro, en especial esas dos conferencias que se incluyen en el apéndice final y de las que destacábamos al comienzo una de las frases. Y si esa frase ya nos plantea la relación del escritor y del lector con los libros, tampoco debemos olvidar la cita inicial extraída de Unamuno: “… aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo los libros que hablan como hombres”. Las Clases de literatura  de Cortázar es, sin duda, un libro que habla como un hombre, con la imponente estatura del escritor argentino. José López Romero.



sábado, 7 de noviembre de 2015

FLAMENCO

Por los mismos días en que se destapaba el sueldo fantasma del director del Centro Andaluz de Flamenco, que había percibido 2.200 euros al mes durante tres años sin llegar a pisar siquiera tan bien remunerado puesto de trabajo (ver Diario de Jerez, 30 de octubre), llegaba a todos los centros de enseñanza de nuestra sufrida región las “Instrucciones de la Dirección de Ordenación Educativa de la Junta para la celebración del Día del Flamenco”, cuyo punto primero reza lo siguiente: “Todos los centros docentes no universitarios sostenidos con fondos públicos de esta Comunidad Autónoma celebrarán el día 16 de noviembre de cada año o con anterioridad al mismo si recayese en día no lectivo, el Día del Flamenco”. La casualidad es otra de las grandes ironías de la vida que, en este caso, se convierte en un caso más de ese cinismo tan característico ya de nuestros gobernantes. Para celebrar el Día del Flamenco ¿podríamos ponerles a nuestros escolares un comentario del texto periodístico en el que se trata el “asuntillo” del sueldo fantasma? Sin duda sería una buena actividad complementaria, porque por ella se daría cuenta nuestro alumnado del desprecio más absoluto con que las administraciones públicas tratan a la cultura en todas sus manifestaciones. Mientras que todos los centros educativos ya se disponen a preparar estas actividades, aunque  la cultura de nuestros adolescentes no se mejora con la celebración de “Día de”, en el que se suele programar una serie de actos forzados, algunos sin convicción, contando siempre con la voluntad de docentes, escolares y hasta familias, y con escasos por no decir ningún medio, las famosas Instrucciones del Día del Flamenco afirma rimbombante: “… corresponde a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz”, o lo que es lo mismo: 2.200 euros, y encima nos mandan tocar las palmas. José López Romero.