Julio Cortázar

"Un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última página" (Julio Cortázar)
"Mientras se puede dar no se puede morir" (Marceline Desbordes-Valmore)

martes, 29 de diciembre de 2020

RESEÑAS



La ciudad y las sierras. Civilización

Eça de Queirós. Acantilado, 2020.

Todo un acierto, como es habitual en Acantilado, la edición de esta novela del gran escritor portugués que incluye el relato corto ‘Civilización’, germen de la anterior. Así el lector puede comprobar el proceso de composición del novelista partiendo de un relato menor. El antiguo tópico del “menosprecio de corte y alabanza de aldea” se convierte en una elegante y sutil historia en la pluma de Queirós. Zé Fernandes nos va contando, a modo de narrador-protagonista, la vida de su amigo Jacinto, en cuya espléndida mansión parisina se hospeda. Rodeado de los últimos adelantos modernos, Jacinto termina por hundirse en el tedio de una existencia que no le ofrece ilusión alguna, “¡Qué fastidio!” es la exclamación que no se le cae de la boca. Pero basta una visita a sus tierras de Tormes en Portugal, para que su vida dé un giro total: el tedio, el fastidio deja paso al esplendor de la naturaleza. Una prosa magistral, elegante del gran Eça de Queirós. Pura Literatura. J.L.R.  

 

Años de hotel

Joseph Roth. Acantilado, 2020.

Con el subtítulo “Postales de la Europa de entreguerras”, se publica esta colección de artículos que el gran escritor del antiguo imperio austro-húngaro fue publicando en distintos periódicos de la época. Seleccionados por Michael Hofmann y traducidos por Miguel Sáenz, los textos son exactamente lo que reza en el subtítulo: postales de los viajes que Roth fue haciendo por pueblos, ciudades y países y que tienen como centro de atención los hoteles, sus empleados, las gentes que van y vienen, la vida, en definitiva, de una Europa que intentaba sobreponerse a la devastación de la Gran Guerra, pero que terminaría por caer en una destrucción mayor. En la mirada de Roth se mezcla la ironía y la ternura, pero también la crítica, la denuncia de pueblos y gentes abandonados a su suerte. Una visión de nuestro continente en unos tiempos siempre convulsos con una prosa excelente. J.L.R.

viernes, 11 de diciembre de 2020

LA LITERATURA DE MI YO

Emmanuel Carrère
Tenía el propósito de dedicar este artículo a un grupo de escritores franceses que en los últimos años he ido siguiendo y que merecen al menos una recomendación a los lectores. Iba a citar a Philippe Claudel, a Pierre Michon, a la siempre pasional Delphine de Vigan, o los entrañables Inés Cagnati y Philippe Delerm, por no citar al ya clásico Michel Houellebecq y al deslumbrante Pierre Lemaitre, y tantos otros. Pero se me han cruzado últimamente dos novelas a las que no me resisto dedicar al menos uno de estos artículos. Las dos están en la misma línea narrativa: la novela autobiográfica (otro ejemplo, el descarnado relato ‘Nada se opone a la noche’ de la Vigan), y las dos en la misma línea, en mi opinión, intencional. Me refiero a ‘Un buen hijo’ de Pascal Bruckner y a ‘Una novela rusa’ de Enmanuel Carrère. Con la primera ya me despaché a gusto en una entrada de mi blog (http://colomapepelopez.blogspot.com/) y a ella remito al lector curioso. Y así como no pude dejar pasar la ocasión con la de Bruckner tampoco me resisto, como he dicho, a la segunda. Y la verdad es que empieza bien. La historia del húngaro loco que ha permanecido yo no sé cuántos años en un manicomio de la ciudad rusa de Kotelnich y ahora devuelto a una casa y una familia que ya ha olvidado en calidad del “último prisionero de la II Guerra Mundial” tiene, no lo niego, cierto interés. Pero aquí se acaba este y empieza la larga travesía de una lectura que termina por ser insufrible. ¿Motivo de este cambio tan radical? La literatura de “mi yo”. A partir de aquí la novela “rusa” es una sucesión de acontecimientos que, bajo la supuesta intención de saldar cuentas con su familia de origen ruso, especialmente con un antepasado precisamente gobernador de Kotelnich y, sobre todo, con su abuelo materno, dichos acontecimientos solo sirven para que Carrère nos haga una exaltación de su “yo” en sus más variados registros: familiar, personal, social, literario… Y que tiene como uno de los sucesos más importantes su relación amorosa con la joven Sophie; una muchacha hermosa pero con un lamentable complejo de inferioridad, porque (¡claro!) está muy buena, pero es de extracción plebeya, con amigos de cultura justita que no les llegan a la suela del zapato intelectual a los amigos de Carrère. Que la pobre Sophie no haya seguido al pie de la letra las indicaciones, escrupulosamente preparadas por su amante, para leer en un tren un relato erótico (incluido en la novela) que había publicado ex profeso en Le Monde, desencadena una tormenta emocional que termina con la ruptura de la pareja. Un análisis de las turbulencias sentimentales en el que se recrea el autor que resulta por momentos patética. Como patético es el rodaje de una película sobre Kotelnich que también nos describe Carrère, aunque bordeando ya el ridículo son las referencias que va incluyendo en el relato, en pleno tormento pasional, de los correos de admiración que recibe de los lectores que tuvieron la oportunidad de leer el relato erótico de marras. En resumidas cuentas, una novela en la que el autor no para de decirnos lo encantado que está de conocerse y de lo agradecidos que debemos estar los demás mortales por sus novelas. Pues con su yo se lo coma. José López Romero.

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

CENTENARIO

 

Está pasando con mucha más pena que gloria (ninguna) el centenario de la muerte de don Benito Pérez Galdós. Una lástima. Una lástima, digo, para este país tan necesitado de que grandes, enormes autores como Galdós se conviertan en lectura obligatoria para cualquier ciudadano o ciudadana con derecho a voto (otro gallo nos cantaría). Galdós ya en vida no logró la aclamación de sus iguales (aunque pocos estaban a su altura literaria), ya se sabe: la envidia patria. Y con el correr del tiempo, lo que fue una injusticia se ha ido convirtiendo en una costumbre. Más de un escritor, de esos que van o iban por ahí vanagloriándose de su pedigrí intelectual, no hace mucho tiempo le negó el pan y la sal al que estudiosos, sobre todo extranjeros, consideran a la altura de los grandes novelistas del XIX: Dickens, o su amigo Wilkie Collins, Tolstoi, Balzac, Zola o Eça de Queirós. Está claro, no tengo ninguna duda de ello, de que si Galdós hubiera nacido en Inglaterra o en Francia sería una gloria nacional, uno de los grandes clásicos al que todos venerarían. Pero no es el caso en este país que prefiere enterrar a sus grandes hombres antes incluso de que mueran. Por mi parte, desde este verano me estoy dedicando a rendir mi particular homenaje al gran Galdós. Leí ‘La incógnita’ y ‘Realidad’ (reseñadas en esta página), seguí con ‘Las novelas de Torquemada’ y estoy finiquitando ‘Miau’. Y de las cuatro obras puedo decir lo mismo: enseñan y entretienen, que es la máxima clásica por excelencia de la literatura. Otros, los sesudos intelectuales de pedigrí podrán pensar que la literatura no es eso, sino una lucha sin cuartel entre un autor que se las da de intelectual y el pobre lector indefenso ante páginas y páginas en las que el punto y aparte brilla por su ausencia. Allá ellos con sus platos exquisitos de narraciones huecas. A pesar de las circunstancias, que siempre para estas cosas son adversas, yo sugiero a los lectores que se paseen por las páginas de cualquier obra de Galdós. No les va a defraudar. Será un merecido homenaje, el que siempre le niegan. José López Romero.

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

LA PEQUEÑA MOIRA


Así como la lectura de unos libros te llevan a otros, hay libros y autores o autoras que te llevan a reflexionar sobre estilos, corrientes, formas de entender la literatura, en definitiva. La lectura de ‘La pequeña muerte de Moira Molloney’, segunda novela que publica Mariela Arévalo Barquero, no solo te traslada a ese mundo entre fantasía, sueños y cruda y dura realidad que ya forma parte o incluso define un tipo de literatura especial, que no es de este tiempo, sino de mucho tiempo atrás. Ya en la primera novela, ‘Los hombres de los ojos violetas’ nos había dado muestras inequívocas Mariela de por dónde quería y sabía llevar su literatura: por la senda de una sensibilidad que tiene sus referentes más insignes en esas grandes escritoras del siglo XIX, especialmente las inglesas, nos estamos refiriendo a las hermanas Brönté o Jane Austen. No establecemos comparaciones; solo señalamos una corriente o una visión de la literatura en la que prevalecen los sentimientos, las relaciones personales y, sobre todo, una enorme y sin fisuras confianza en el ser humano por encima de las dificultades, de las circunstancias y de la maldad. Porque esta se entiende siempre no como propia de la naturaleza humana, sino como consecuencia de la ignorancia o del momento que a cada uno le ha tocado vivir. Moira Molloney es un espíritu puro, que irradia felicidad y belleza interior dentro de su mundo perfecto en un pueblo de su Irlanda natal. Hasta que la niña se muere “un poco”. Es a partir de aquí que comienza el largo calvario de la familia Molloney. La ausencia del padre, Dorran, es la que marca ese largo y doloroso camino de desgracias que va asolando a la familia. Pero Dorran no ha abandonado a su única hija, se ha ido a luchar por unos ideales, por dejarle a ella un mundo mejor, más libre, más igualitario y más justo. Por eso lucha en la Guerra Civil española y más tarde se enrola en la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial. Y mientras, los latidos de vida de Moira se acompasan al ritmo de esa ausencia, es decir, su corazón se ha muerto un poco. Pero dos serán las fuerzas que se conjuran para sacar a Moira de ese estado: la medicina convencional, representada por los médicos Ryan Byrne, amigo de la infancia de la muchacha, y el doctor MacGrath, y sobre todo la medicina natural, esa fuerza de la naturaleza a la que invoca la sanadora o curandera Biddy. Así contada, a grandes y gruesos trazos, y sin desvelar los acontecimientos que desencadenan el final de la narración, podemos confirmar la afirmación anterior: estamos ante una novela de pura sensibilidad, de personajes generosos, que se duelen y se compadecen con el dolor de los demás. Estamos ante un tipo de literatura que nos hace mejores cuando la leemos, porque nos toca las fibras más sensibles de nosotros mismos, y sobre todo le agradecemos a la autora, a Mariela Arévalo, que nos ponga por delante esta pequeña muerte de Moira Molloney para devolvernos nuestra confianza en el ser humano, tantas veces y por tantos motivos perdida. José López Romero.

viernes, 23 de octubre de 2020

CABEZA DE VACA


 Quizá por Cabeza de Vaca muchos de nuestros paisanos no logren identificar al personaje, y a algunos solo les traiga ecos de un ilustre apellido jerezano que se pierde en los laberintos de una historia ya casi olvidada. Pero si le anteponemos el nombre y su primer apellido: “Álvar Núñez”, ya muchos identificarán al personaje con el centro de enseñanza al que le da nombre o con el monumento sito en la calle Ancha, el mismo que ha sido mutilado en varias ocasiones, sin que en ello hubiera reivindicación racial, sino por puro vandalismo, que es otra manera (o la misma) de reivindicar la procedencia de algunos especímenes de la fauna humana. Álvar Núñez realizó dos viajes a las Indias, de cuyos trabajos y enormes vicisitudes que padeció, sobre todo en el primero, nos dejó cumplida crónica en dos relaciones, del primero en sus ‘Naufragios’ y del segundo en la titulada ‘Comentarios’. Dos magníficos ejemplos de ese género que proliferó a lo largo del siglo XVI y que se dio en llamar las “Crónicas de Indias”, y en el que se inscriben todos aquellos que tuvieron un papel importante y trascendente en el descubrimiento y posterior conquista de América, escritores como el Inca Garcilaso de la Vega, Bernal Díaz del Castillo, el mismo Hernán Cortés o el padre fray Bartolomé de las Casas, por citar algunos. La aventura de Álvar Núñez ya había sido novelada por el escritor argentino Abel Posse con el título ‘El largo atardecer del caminante’ y ahora, dentro de unos días, se va a presentar en nuestra ciudad la novela ‘Cabeza de Vaca’ del periodista Antonio Pérez Henares, quien aprovecha su narración no solo para presentarnos a Álvar Núñez desde su niñez en Jerez y su juventud en Italia y en la guerra de las Comunidades de Castilla, sino que nos ofrece un cuadro muy acabado de lo que fueron aquellas expediciones hacia las Indias, sus preparativos, su salida desde Sanlúcar de Barrameda, hasta los graves padecimientos que sufrió nuestro protagonista en su primer viaje a las órdenes de don Pánfilo de Narváez. Una novela en la que descubrimos a uno de nuestros grandes paisanos. José López Romero.  

 

lunes, 24 de agosto de 2020

"OPERACIÓN ESTRAPERLO". Un nuevo caso del inspector Castilla

La última novela escrita  por Ramón Clavijo y José López, “Operación estraperlo” (Canto y Cuento, 2020), es casi un verdadero viaje en el tiempo al Jerez de mediados de los años cuarenta. Conocíamos al inspector Castilla, su protagonista, de “La ciudad que no sueña” (2018). Todo un personaje. Huraño a veces y taciturno siempre, casi siempre escoltado por su subordinado, el subinspector Romero, un policía barbilampiño de ingenio desbordante. Esta vez la pareja tiene que lidiar con un caso que se cruza con la llegada de los restos mortales de quien fuera presidente de gobierno entre 1923 y 1930, el jerezano Miguel Primo de Rivera. Acontecimiento que trajo a la ciudad a personajes relevantes del momento como José María Pemán, Manuel Halcón o  el general Fidel Dávila, el ministro del Ejército que se fue de rositas después de estampar su firma en un manifiesto que solicitaba la restauración de la monarquía en la persona de D. Juan de Borbón en 1943. Marzo de 1947. Un vehículo con matrícula de Gibraltar se estrella en una calle de Jerez. En su interior encuentran al conductor muerto con un tiro en la cabeza, suceso que lleva al inspector Castilla a introducirse en el turbio mundo del estraperlo. Son unos momentos de incertidumbre política y muchos creen que el régimen de Franco será empujado inevitablemente por la presión internacional, a claudicar en favor de la monarquía en la figura de D. Juan de Borbón. Las investigaciones se van desarrollando mientras el veterano inspector nos pasea por la plaza del Arenal, Pescadería Vieja, Letrados, San Antón, Berrocalas…, pero también por lugares emblemáticos de Cádiz, El Puerto, Gibraltar o Madrid.  “Operación Estraperlo” es la segunda novela de una trilogía sobre la posguerra española, protagonizada por el inspector de la policía franquista Castilla. Una  aproximación literaria a la posguerra pero sustentada en un importante cuerpo documental, que permite dar verosimilitud a la historia que aquí se narra, y que se logre eso que es tan difícil en el género de la novela histórica, - en este caso con su pizca también de “noir”- , cual es que no se noten excesivamente las costuras que unen ficción y realidad. Novela de ritmo trepidante que divierte al mismo tiempo que instruye y que nos  evade de esta dura realidad  que nos rodea, siguiendo las andanzas de este atípico inspector Castilla, que cuando puede se escapa a tomarse un oloroso viejo al tabanco de Lina, su debilidad. O a buscar un bar donde no pongan esa infumable mezcla de malta y achicoria sino café-café. De estraperlo, por supuesto. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

lunes, 20 de julio de 2020

NUESTRA NUEVA NOVELA: "OPERACIÓN ESTRAPERLO"


Marzo de 1947. Un vehículo con matrícula de Gibraltar se estrella en una calle de Jerez. En su interior aparece el conductor muerto con un tiro en la cabeza. Este suceso empuja al inspector Castilla y al subinspector Romero a introducirse en el turbio mundo del estraperlo en Jerez. Mientras, la ciudad se prepara para recibir  los restos mortales del general Miguel Primo de Rivera, que será enterrado definitivamente en su ciudad natal.  Esta circunstancia es aprovechada por algunas figuras relevantes de la época para convertir Jerez en centro de intrigas políticas en un momento en el que el Régimen franquista parece arrastrado inevitablemente, por la presión internacional, a claudicar en favor de la monarquía.
Un nuevo caso del inspector Castilla en el asfixiante ambiente de la posguerra española.



viernes, 12 de junio de 2020

TOPLES


De todos son conocidos los filtros que algunas empresas de servicios de Internet imponen para que no se cuelguen fotos o vídeos subidos de tono, es decir, de contenido sexual. Pero también sabemos de las artimañas y argucias de las que muchos se sirven para regatear estas prohibiciones, sobre todo si el personaje se dedica al mundo del espectáculo, y necesita de algún empujón suplementario para atraer la atención, y así subir sus índices de popularidad, o incluso por el simple placer del escándalo. Unas semanas atrás aparecía en algunos medios de comunicación digitales, es decir, en la propia red, la noticia de una actriz española que para colgar en Instagram una foto suya en toples y saltarse esos filtros censores, no se le había ocurrido mejor idea que taparse los pechos con un libro, pero no dejándolo caer, a la manera en que muchos hemos hecho mientras reflexionábamos durante dos horas de siesta, sino en posición de en apariencia sesuda y concentrada lectura. Y digo “en apariencia” porque los ojos cerrados de la actriz me dan que sospechar o que la posición de la cabeza no es la idónea, o que solo ha tomado el libro para hacerse la foto. En cualquier caso, sus admiradores nunca habrán odiado más ese vicio que algunos tienen por la lectura y en los momentos más inoportunos. En honor a la verdad, hice mis averiguaciones por Internet y resulta que el libro que sostiene la mano y oculta las tetas se titula ‘Tu lado del sofá’, un poemario de la escritora Patricia Benito, un título muy sugerente y toda una invitación a compartir la lectura y la tumbona donde descansa la actriz. No es aquí ni el lugar ni el momento para enumerar las infinitas bondades, todas útiles que tiene un libro, incluso como ladrillo, pero quizá la foto, aunque involuntariamente y nunca más lejos de la intención, esconda uno de los grandes mensajes de la literatura: dejar volar la imaginación. José López Romero.

sábado, 2 de mayo de 2020

DOÑA EMILIA Y DON BENITO


Hace unas semanas (¿o ya meses?) tuve la satisfacción de acompañar a Juan Manuel Hernández en la presentación del libro ‘Miquiño mío’, del que es coeditor (junto con Isabel Parreño). Una reedición del que ya publicara la editorial Turner Noema en 2013. El título está recogido de una de las cartas que doña Emilia Pardo Bazán le dirige a don Benito Pérez Galdós, de un total de noventa y tres que conforman el libro, la cantidad que por ahora se conserva de una relación que empezó siendo de admiración de la escritora por el que consideraba su maestro y que tuvo su punto más álgido en un íntimo conocimiento, un romance tórrido y pasional, para diluirse finalmente en la distancia cortés de dos personas que tanto se quisieron. El epistolario comienza en 1883 cuando doña Emilia tiene treinta y dos años y Galdós, cuarenta, y se detiene en 1915, a cinco años de la muerte del escritor y a seis de la Pardo Bazán. Hay que aclarar antes que nada que no se conservan las remitidas por Galdós y que, por supuesto, se debe suponer que el epistolario de doña Emilia no se redujo a este número, pues quedan muchos huecos temporales por cubrir. Pocos documentos, por no decir ninguno, nos definen mejor una personalidad que las cartas a veces íntimas, otras corteses que estos dos grandes escritores se fueron enviando durante lo que podríamos considerar su etapa de madurez tanto personal como literaria. Porque a través de la letra de la Pardo Bazán no solo descubrimos a esa personalidad arrolladora, apasionada de una mujer en permanente lucha a brazo partido contra un mundo de hombres, sino también el talante moderado, discreto, por momentos tímido y siempre reservado de un Galdós que si bien tuvo siempre el reconocimiento de sus lectores, no disfrutó tanto del favor y la consideración de sus iguales (póngase como ejemplo las dificultades para entrar en la Real Academia). Ni en vida, ni después de muertos estos dos grandes monstruos de la literatura española del siglo XIX han gozado de la fama y el reconocimiento que se les debe. Se queja ella amargamente en sus cartas de las enormes dificultades, tan insalvables que a veces claudica en su lucha, para que los colegas, con muchos menos méritos que ella, la acepten como una más de entre ellos. Mujer independiente, viajera, políglota, una mujer de rompe y rasga, llevó siempre como un distintivo de orgullo su naturaleza femenina en tiempos en que las mujeres estaban condenadas a la vida doméstica bajo la autoridad del marido. Y si Galdós también tuvo que sufrir los desplantes de sus presuntuosos e ignorantes contemporáneos, más lleva padeciendo desde que algún que otro “exquisito” no consintiera en sumarse al homenaje que se le iba a rendir en el cincuentenario de su muerte. Pues bien, este año se está cumpliendo el centenario de esta, y el año que viene se cumplen los cien años de la muerte de doña Emilia. Seguramente, como suele suceder en este país, estas efemérides pasen sin pena ni gloria. Pero no tengo la menor duda de que a ellos dos les importa eso bien poco. Que les quiten lo bailao. José López Romero.  


martes, 7 de abril de 2020

ABASTECIMIENTO


Aunque a estas alturas quién más quién menos estará del coronavirus hasta la punta de lo que a cada lector se le ocurra, no me resisto a comentar una circunstancia que me llena de nuevo de ese pesimismo cuando del ser humano se trata y, en concreto, de nuestros conciudadanos. Cuando se dio la voz de alerta o alarma, de inmediato todos a la carrera frenética, al asalto a los supermercados; el abastecimiento de alimentos de primera necesidad era la obsesión, y mi pregunta, iluso de mí, fue ¿y las librerías? Por muchas imágenes que salían en la tele, no aparecía ninguna en ellas, solo los rollos de papel higiénico que surcaban los aires con destino al carrito de la compra. En ‘El infinito en un junco’ (un libro que es un pozo sin fondo de posibles artículos y que no me cansaré de recomendar), Irene Vallejo hace un repaso por esas historias en las que el ser humano, ante situaciones límites, ha encontrado el consuelo y la salvación en los libros. Por ejemplo, el testimonio de Nico Rost, prisionero en Dachau, que se atrevió a desafiar las duras condiciones de aquel terrible campo de concentración y que escribió: “Quien habla del hambre acaba teniendo hambre. Y los que hablan de la muerte, son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones” (pág. 239). O el ejemplo de Elena Korybut, condenada a diez años en las minas de Vorkutá (más allá del círculo polar), para quien un libro de Pushkin, que pasó por miles de manos, fue su salvación (pág. 241). O el de Michel del Castillo en Auschwitz, salvado por ‘Resurrección’ de Tolstói (pág. 242). No estamos afortunadamente ni en un campo de concentración nazi ni en las minas de Vorkutá, pero el efecto liberador, terapéutico de un libro nunca se ha perdido. En estos malos tiempos que a todos nos ponen a prueba, la lectura sigue siendo un alimento de primera necesidad. José López Romero.

viernes, 28 de febrero de 2020

A(NA)LFABETOS


Leyendo el otro día ‘El infinito en un junco’, el maravilloso libro de Irene Vallejo que ya reseñara hace unas semanas en esta misma página mi compañero Ramón Clavijo, me acordé de la historia contada por el explorador y reportero John Wilkins en su viaje a Norteamérica en 1641, que Umberto Eco incluyó en su  ‘Los límites de la interpretación’, en la que refería el asombro de un joven esclavo indio por su ignorancia ante el papel escrito, que lo había delatado por dos veces cuando, encomendado por su amo, le había llevado unos higos a un amigo y en el camino había dado cuenta de buena parte de ellos. La relación de la anécdota terminaba con estas palabras: “Pero como fue reprendido con más firmeza que la vez anterior, confesó su falta y admiró la divinidad del papel, prometiendo cumplir en el futuro todas sus encomendaciones con fidelidad”. Irene Vallejo también aborda en su libro el problema del analfabetismo y nos ofrece el dato extraído del I.N.E.: 670.000 en España, en 2016. Pero lo que interesa no es el dato, sino el sufrimiento que padece el analfabeto en esta sociedad de hoy, definida por todos y por antonomasia como la sociedad de la información y la comunicación. En un relato que nos estremece y nos parece de otros siglos ya lejanos, cuenta Irene Vallejo las graves limitaciones de una persona analfabeta a la que conoció, y los trucos a los que tenía que acudir para solventar situaciones comprometidas, el más socorrido era el olvido de las gafas. I. Vallejo termina con este fragmento: “Recuerdo sobre todo el desamparo, el repertorio de pequeñas mentiras necesarias para pedir ayuda a los desconocidos sin pasar vergüenza”. Es ese mismo analfabetismo el que condena a Hanna, la protagonista de ‘El lector’ de Bernhard Schlink. Hoy, como la propia Vallejo dice, “damos por hecho que todo el mundo aprende a leer y escribir en la infancia”, y es cierto en apariencia. Hoy, a excepción de esas 670.000 personas, nadie puede considerarse analfabeto: todos hemos ido al colegio y allí nos han enseñado a leer, escribir y otros y variados conocimientos, que hemos aprovechado con suerte diversa. ¿Y solo con eso ya podemos considerarnos alfabetizados? Bastaría con ponernos a la puerta de una gran superficie comercial para darnos cuenta de que con eso solo no basta. Leer exige su práctica, como escribir, como incluso actualizar diversos conocimientos y, sobre todo, exige reflexión y sentido crítico ante los problemas que acucian a esta sociedad y que son de todos; pero echamos una mirada a nuestro alrededor y el panorama está más cercano al analfabetismo: no se lee, no se escribe y, según mi compañero y amigo Cipriano, nada se sabe y, lo que es peor, ni ganas de saber que tiene ese vulgo, del que decía Lope de Vega que había que “hablarle en necio para darle gusto”. Hoy todos sabemos leer un rótulo de una calle o la carta de un restaurante (ejemplos que aduce Irene Vallejo), pero eso a muchos no los hace menos analfabetos. José López Romero.

viernes, 7 de febrero de 2020

DISPERSO


“Te noto disperso, father”. Mi hija y su ojo clínico. “¿Y eso?”, le pregunto sorprendido. “Es que te he visto de acá para allá, que si ahora coges un libro, que si después otro… La edad, father, esos años de más, como los kilos”, mi hija y sus magníficos métodos de motivación y autoestima. Y la verdad es que razón no le falta, lo reconozco (no los años, que también). Desde que le dieron el Premio Nobel a Peter Handke he intentado leer al menos tres novelas y de ninguna de ellas he logrado pasar de la página veinte. ¡Yo, que no cerraba un libro hasta que no me lo hubiera metido entre pecho y espalda, aunque no me hubiera enterado de nada! ¿La edad? Pues habrá que concederle toda la razón a mi hija. Uno se da cuenta de que ya no tiene tiempo suficiente para perderlo en libros o, más extensamente, en una literatura que tiene la descripción por castigo del lector (algún ejemplo podía poner del tal Handke que roza casi lo absurdo). ¿Nobel? Pues con su pan se lo coma. No será el alemán el primero ni el último de una cada vez más larga lista de escritores indigestos. Quizá ya no le encuentre tanto gusto (¿o masoquismo?) a los libros de escritores que como el citado o, por poner un ejemplo patrio, Juan Benet, tienen por uno de sus principales objetivos la tortura lectora. Y sin embargo, siempre he admirado a Bernhard o a Juan José Saer, por citar escritores de estilos poco condescendientes con el lector. Es posible que mi dentadura lectora ya no esté para carnes demasiado duras. Pero ha dado la casualidad de que al mismo tiempo que mi dispersión de Handke, me he topado con ‘Génie la loca’, una novela de Inès Cagnati (reseñada en esta misma página). ¡Y con cuánta sencillez, con cuánta simplicidad se puede transmitir tanta sensibilidad y estremecedora belleza! Y aunque todo estilo es respetable y tiene su lugar, muchos de privilegio bien ganado en la historia de la literatura, uno no puede por menos que preguntarse si es necesaria tanta complicación, cuando Cagnati nos da una lección de lo que es una literatura que está al alcance de muy pocos por su extrema y conmovedora sencillez.  José López Romero. 

miércoles, 22 de enero de 2020

"UN BUEN HIJO" DE PASCAL BRUCKNER


Un buen hijo es el título de un relato autobiográfico que publicara en 1992 el filósofo, ensayista y novelista francés Pascal Bruckner (París, 1948). En España la editorial Impedimenta lo publicó en 2015. El comienzo no puede ser más impactante: el narrador-protagonista-autor tiene diez años y antes de acostarse suele cumplir con sus oraciones, como le ha enseñado su madre, pero en esta ocasión le pide a Dios: «Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate». Tiene sus buenos motivos para ello. Su padre es un maltratador que por cualquier motivo, a veces provocado por él mismo, les pega  sus buenas palizas a su madre y a él, además de ejercer la violencia psicológica en la que es un verdadero maestro. Varias son las escenas con que el narrador ilustra este vil y despreciable comportamiento de su padre, al que para completar su perfil nos lo presenta como un nazi en ideología y en la práctica (antisemita, racista, etc.). La novela o relato autobiográfico con estos mimbres podría haberse convertido en una narración de una dureza insoportable para cualquier lector; sin embargo, el autor lo va suavizando al relatarnos que la familia (los tres miembros: padre, madre e hijo) también disfrutaban de momentos de felicidad, que también nos describe. De esta manera, el monstruo que es su padre, se va destiñendo, va perdiendo su categoría de maltratador y nazi para, a través de un proceso de ridiculización, frivolizarlo hasta convertirlo en un payaso digno más de lástima que de repulsión. Así, acaba por resultar ridículo el olfato que tiene para detectar a los judíos; sus vaivenes ideológicos (llega a votar a la izquierda), cómo llora en brazos de su propia mujer el abandono de una de sus amantes (lo que le parece conmovedor al narrador); su obsesión por distinguir su apellido Bruckner del Brückner (con diéresis) judío, o las deudas y sablazos que les pega a amigos y familiares al final de su vida, o la suciedad o desaseo en que cae antes de ser internado en un hospital donde, jugadas del destino, lo cuidan enfermeras negras y árabes.
¿Y la madre? Aguanta hasta llegar a cierto masoquismo los malos tratos de su esposo, del que nunca ha querido separarse a pesar de los consejos de su hijo y familiares y de que no tenía dependencia económica de aquel. El único motivo de su negativa es sus firmes convicciones religiosas, como miembro de una familia católica en la que no están bien vistas las separaciones matrimoniales. La madre queda en el relato de su hijo en un segundo plano, una mujer sumisa, plegada a la voluntad de su marido, aunque se cruzaban insultos en sus continuas peleas; una mujer que nunca supo hacerse con las riendas de su vida, porque siempre se sintió dependiente de alguien, su marido que la maltrataba, o de algo, su fe católica, que le impedía separarse de aquel. El narrador, su hijo, se compadece de ella pero le reprocha su debilidad.
Y ahora viene el narrador, el “buen hijo”. ¿Es un buen hijo el que prefiere “poner entre paréntesis” a su familia antes que enfrentarse a sus problemas? ¿Es un buen hijo el que prefiere cerrar la puerta y largarse cuando el padre le ha pegado una paliza a su madre? ¿El que pide que lo internen en un centro educativo para alejarse de un padre violento y una madre débil, a la que nunca ha defendido, sino solo compadecido? El narrador confiesa que nunca ha querido a su padre, pero que si en algún momento le hubiera reconocido su maldad, hubiesen llorado juntos y lo hubiera perdonado. El padre termina en el relato por aparecer, así nos lo muestra el narrador, como un pobre hombre, un mal marido y un padre regular, pero un buen abuelo que tuvo durante toda su vida el problema de sus convicciones nazis acompañadas de esa agresividad y violencia que ejercía en el ámbito familiar.
         En la parte más personal, Bruckner quiere presentarse a los lectores como un hombre hecho a sí mismo a pesar de las condiciones de su familia. Supo desvincularse de sus padres y encontró en los libros y en algunos de sus profesores, tanto en el instituto como en la universidad, a los padres sustitutos o adoptivos que le dieron el calor emocional que no tuvo en su casa. Sin embargo, ninguno de estos sale bien parado en el libro: el admirado profesor de Filosofía se le viene abajo cuando visita su casa y conoce a su mujer; el prestigioso Roland Barthes, quien le dirigió la tesis, se rebaja a llamar a una editorial para que no publicaran un libro del narrador antes que uno suyo, y termina por representárnoslo como un homosexual que no se sobrepone a la muerte de su madre (el narrador se arrepiente de no haberlo reconfortado en aquellos momentos, ¿y a su madre, cuándo la reconfortó o defendió cuando su padre le pegaba?) Y a todo esto, cuidar a su padre al final de la vida de este no hay que entenderla como una obra de caridad, sino como una carga de la que está harto hasta el punto de sugerirle a su progenitor que se haga un “Stefan Zweig”. Y por último, el envanecimiento del narrador por el éxito fulgurante de todos sus libros, de cómo supo elegir la libertad que le daba la escritura antes que el trabajo docente, que le daba seguridad pero le coartaba la creatividad (¡Cuántos grandes escritores han compaginado sus labores creativas con sus labores docentes!). En realidad y aunque no sea, por supuesto, la intención del autor, resulta menos ridículo su padre, un ser repulsivo en tantos aspectos, que el propio autor, tan presuntuoso y ególatra que logra sin proponérselo por cansar al lector.
         Cuando terminas de leer esta novela la pregunta es obligada: ¿un buen hijo?   

Gracias a todos los miembros del Club de Lectura de la Biblioteca Central de Jerez. Sin la sesión que celebramos el sábado, 17 de enero de 2020, esta opinión nunca se hubiera redactado.

domingo, 19 de enero de 2020

A LA ALTURA


En la historia de las diversas manifestaciones artísticas, en las que incluyo por supuesto a la Literatura, se consignan con especial tipografía aquellos artistas que se adelantaron, se anticiparon a su tiempo, que fueron precursores de los movimientos y épocas que ellos, en su brillante y excepcional inspiración, supieron ver antes que los demás, y por ello se convirtieron en los grandes referentes o maestros de generaciones sucesivas. En esas historias se les suele denominar con el galicismo “avant la lettre”. Russell P. Sebold, uno de los grandes investigadores de nuestra literatura de los siglos XVIII y XIX, por poner un caso que ahora se me viene a la cabeza, ya advirtió hace muchos años lo que de precursor del movimiento romántico tuvo ‘Noches lúgubres’, la obra de José Cadalso, que se anticipaba incluso al éxito del ‘Werther’ de Goethe y la oleada de suicidios que en toda Europa esta obra provocó. Por su parte, la inmensa mayoría de artistas y escritores que llenan las páginas y páginas de los manuales son hijos de su tiempo, y crean sus obras dentro de los límites y cánones de un movimiento o época que se define a través de unas características comunes, de unos planteamientos artísticos compartidos, e incluso en algunos casos de vivencias y amistades. Y en muchas ocasiones, ponerse al margen del tiempo que a uno le ha tocado vivir, puede traer graves consecuencias, porque no hay peor castigo para un artista o escritor que su falta de definición y a veces encasillamiento en grupo, generación o movimiento; tiene que ser muy bueno para que se le consideren méritos y sobre todo se le consienta su marginalidad. Pero el peor castigo se convierte en la más trágica condena cuando ese artista no está a la altura de su tiempo, porque el olvido será su pena; ni una breve reseña, ni un mínimo comentario merecerá su obra en los manuales. Pero cuando no se está a la altura de los tiempos históricos, entonces más que el olvido es la ignominia lo que cae sobre ellos. Baroja se lamentaba de lo mal que estaban actuando algunos de sus compañeros de generación, él entre ellos, al comienzo de la Guerra Civil; un ejemplo de cómo el intelectual sabe perfectamente cuándo no está a la altura de lo que la historia espera de él. Pero mucho más ignominioso es que un político no esté a la altura que se le exige. Y en esto la Guerra Civil (cualquier época de la historia de España) nos da ejemplos más que ilustrativos. Cuando vamos a cerrar la segunda década del siglo XXI, de nuevo vivimos momentos que exigen de nuestros políticos que estén a la altura de las circunstancias, para que no tengamos que lamentar y sufrir las consecuencias, como ya lo hicieron generaciones no tan lejanas. Y si a los artistas se les olvida, a los políticos se les recuerda por lo que hicieron o dejaron de hacer, se les recuerda en la historia, la que permanece en letra impresa, la que no se olvida. José López Romero.